Quinox III: Revelaciones

viernes 17 de abril de 2009

Los habitantes de Raven City habían pasado la noche sin luz. Por eso la gente salió a la calle y se dirigió a sus trabajos y obligaciones con especial entusiasmo. Por fin, algo volvía a iluminar sus vidas.

Y ese entusiasmo fue aún mayor cuando vieron una figura en el aire que se desplazaba a toda velocidad, atravesando como un rayo el cielo de la ciudad.

Las pocas personas que no conocían la existencia de Quinox preguntaron extrañados que era aquello. El resto, alzó la mirada y lanzó un grito al aire.

-¡Quinox! –llamaban.

Algunos, incluso le agradecieron a voces que les librara de Caos. Pero Quinox no contestó. Se limitó, simplemente, a atravesar la ciudad desde las alturas y se dirigió hacia el norte.

Tom observaba la ciudad desde el cielo. Pasaba muy rápido debajo de él, pero podía ver a la gente alzando las manos en su dirección, e incluso había llegado escuchar su nombre en algún momento. Volaba lo suficientemente alto como para que no le reconocieran aunque ya no hacía falta. Todo el mundo conocía la existencia de Quinox, pero no les iba a decir quien era.

Había dejado a Jenny en su casa u poco bruscamente. Odiaba tener que hacer eso la primera vez que pasaban la noche juntos pero no tenía otra opción. La imagen de Frankie en la foto le había hecho plantearse muchas cosas. Intuía de algún modo que su padre tenía algo que ver con sus poderes, e incluso con Caos. Pero no habría sospechado para nada de Frankie. El hecho de que su maestro conociera a su padre le hacia suponer a Tom que todo formaba parte de un plan. Que Frankie no lo había rescatado de ahogarse por pura casualidad. Pero esperaba equivocarse.

A lo lejos, vio por fin la pequeña casita de madera que era el hogar de Frankie. Lentamente, comenzó a descender.

Lo encontró partiendo leña, como el día que lo vio por primera vez, un mes antes. El hombre lanzó una sonrisa al verle.

-¡Tom! –exclamó. –No esperaba verte tan pronto aquí.

-Tenía que hablar contigo –repuso el muchacho secamente.

Frankie frunció el entrecejo, visiblemente preocupado, y le lanzó una mirada. Una mirada que a Tom se le antojó de culpabilidad.

«Dios mío», pensó Tom. «Realmente parece saber algo».

-¿Qué pasa? –preguntó el hombre un tanto azorado.

Tom lanzó al suelo el álbum de fotos que había tenido en la mano durante todo el viaje. Una vez a los pies de Frankie lo abrió con la mente. El álbum mostró la foto de su padre con el hombre.

Frankie la observó un momento visiblemente preocupado y levantó la mirada hacia Tom.

-Deberías entrar –suspiró el hombre. –Tenemos que hablar.

-Supongo que debí habértelo dicho en su momento –decía Frankie mientras servía en la mesa dos tazas de café. –Pero no podía.

Tom se inclinó sobre la silla cuando Frankie puso la taza de café frente a él pero ni siquiera la tocó.

-¿El que debiste haberme contado, Frankie? –preguntó el chico, impaciente. -¿Y por qué no podías decirmelo?

-Será mejor que vayamos por partes. Ponte cómodo –Frankie se arrellanó en la silla y cogió su taza de café. –Todo empezó hace dieciocho años –comenzó después de beber un poco. –Tu padre había contraído cáncer y eso, como es lógico, le destrozo. Yo trabajaba con él en un pequeño laboratorio de Raven City y, sinceramente, también me afectó –suspiró presa de una repentina tristeza. –Tu padre era mi mejor amigo.

-Conozco ese laboratorio –comentó Tom, intentando apartar los recuerdos de Frankie. –He estado allí.

-Estará destrozado ¿no?

-No sabes cuanto –repuso Tom con una sonrisa.

Frankie le respondió sonriendo también y continuó:

-El caso es que desde el día que supimos que tu padre estaba enfermo los dos nos pusimos a trabajar día y noche en encontrar una cura. Pero nos equivocamos –dijo sacudiendo la cabeza. –No encontramos precisamente una cura. Creamos sin querer un virus. Un virus que nosotros creíamos que iba a ser la salvación y resultó ser nuestra perdición.

«Caos», pensó Tom, atando cabos.

-El virus evolucionaba rápidamente –continuaba Frankie. –Y además era indestructible. Lo intentamos todo pero nada lo hacía desaparecer porque tenía la habilidad de cambiar su densidad de forma que cualquier cosa le atravesaba y ningún antivirus o vacuna era capaz de destruirlo. Finalmente decidimos esconderlo en un lugar seguro. Construimos secretamente una especie de bunker en una explanada poco transitada de la ciudad y allí metimos al virus, en el interior de una capsula de cristal. Había evolucionado un poco más y se había hecho más grande. Los dos temíamos que creciera demasiado y fuera peligroso, pero no podíamos hacer nada y decidimos dejarlo por el momento. De todas formas, aún tardaría en crecer. Habíamos retrasado la búsqueda de la cura para el cáncer. Los dos acordamos buscar una solución a lo del virus cuando consiguiéramos nuestro objetivo.

Frankie hizo una pausa y perdió la mirada en el infinito, sin duda, triste por tener que rememorar aquellos momentos.

-¿Qué sucedió después? –preguntó Tom suavemente, intentando devolver al hombre al hilo de la historia.

-Entonces llegó él –dijo apretando los dientes, como si se enfadara al recordarlo. –Necesitábamos un ayudante. A tu padre no le quedaba mucho tiempo y debíamos darnos prisa. Así que contratamos a un muchacho. Era aplicado y trabajador y avanzamos mucho gracias a su ayuda. Pero su intención no era encontrar una cura para el cáncer. En secreto había estado investigando por su cuenta otra cosa… y lo logró.

-¿Qué era? –preguntó Tom impaciente, aunque, no sabía por qué, ya intuía la respuesta.

-Buscaba una manera de alterar el ADN de la gente para…

-Adquirir superpoderes –completó Tom.

Frankie asintió con la cabeza.

-Sí. Y eso no es todo. Descubrió el virus una vez que siguió a tu padre al pequeño bunker en el que lo teníamos encerrado y decidió usarlo para su propio beneficio.

-¿Por qué? ¿Para qué podía servirle?

-Nos lo ocultó todo –Frankie no escuchó o no quiso contestar la pregunta de Tom. –Tenía un objetivo y nos usó para lograrlo. El problema que tenía la encima que había creado era que modificaba el ADN muy lentamente, con lo cual tendría que esperar mucho tiempo antes de obtener plenamente sus poderes. Así que uso el virus que tu padre y yo habíamos creado.

«Fue todas las noches al bunker a trabajar en el virus. No se exactamente como lo hizo, pero logro darle unas pautas de comportamiento y acelerar su evolución. Tu padre lo descubrió. Descubrió todo lo que planeaba y supo que tenía que darle una solución.

Frankie miró entonces a Tom con cara de culpabilidad.

-La solución fuiste tú, Tom.

Tom frunció el entrecejo, pero no dijo nada.

-Tu padre –continuó Frankie -le robó furtivamente una muestra de su enzima y te la inyectó, para que pudieras enfrentarte a él llegado el momento. Por eso, tienes esos poderes.

Tom iba a hablar pero Frankie le interrumpió.

-Eso no es todo, Tom –dijo. –Tu padre descubrió algo más. El plan del muchacho era fingir su propia muerte y esconderse en algún sitio, aislado del mundo para desarrollar sus poderes al máximo, con tranquilidad. Para eso le dio las pautas de comportamiento al virus. Cuando terminara de evolucionar se convertiría en una criatura inteligente, con conocimiento de sí misma, que le rescataría del lugar en el que se habría recluido.

A la mente de Tom llegaron las imágenes de Caos en la central eléctrica. Recordaba haber pensado que parecía estar buscando algo. Ahora sabía lo que buscaba.

-Tu padre –continuó Frankie –pensó que lo mejor sería que destruyeras a la criatura en la que se convertiría el virus, pero no podrías hacerlo. El virus cambiaba su densidad y aunque tuvieras superfuerza no podrías golpearle. Así que cogió una muestra muy pequeña del virus y te la inyectó. Eso te daría tambien la habilidad de cambiar tu densidad y no sería perjudicial para tí. Al menos eso esperaba él.

Tom sintió un escalofrío y se levanto de golpe.

-¿Qué? –preguntó sin dar crédito a lo que oía. –¿Me inyectasteis el virus?

-Era la única manera, Tom. Debías detener a ese hombre. Y lo mejor era que destruyeras a la criatura para que no pudiera sacarle de su cárcel auto impuesta. Tienes que comprenderlo.

-Pues no lo entiendo –susurró Tom, un poco más tranquilo. –Sigue. ¿Qué pintas tú en toda esta historia?

-Tu padre me lo contó todo y me pidió que te ayudara en el futuro. Que te enseñara a usar tus poderes.

-Así que todo esto estaba planeado de antemano ¿verdad? Mi encuentro contigo, mis poderes. Tú ya sabias que podría volar cuando me lo dijiste hace un mes ¿no? Todo ha sido una mentira –entonces cayó en la cuenta de algo. ¿Y Jake? ¿Qué tiene él que ver en todo esto?

-¿Jake? –pregunto Frankie sin saber de que hablaba.

-El tío que me tiró por el puente –explicó Tom. –Gracias a ello tú me encontraste y pudiste entrenarme.

Frankie emitió una leve risita.

-Bueno, eso fue fruto de la casualidad -contestó. -Yo no tenía planeado que sucediera así, pero sucedió. Y era una manera tan buena como otra cualquiera.

Tom miró a Frankie, odiándolo, de repente. Se sentía sucio por tener a Caos corriendo por sus venas. Entonces comprendió por qué su mano se volvía negra, por qué pudo golpear a Caos. Fulminó a Frankie con la mirada.

-Pues ya no tienes que preocuparte –le dijo escupiendo las palabras. –He matado a la criatura. La ciudad está a salvo.

Frankie abrió los ojos de par en par.

-¿Ya lo has hecho? –preguntó sin poder ocultar su sorpresa. -¿Cómo?

-Ahogandolo.

-Entonces no está muerto, Tom –dijo.

Esta vez fue el propio Tom el sorprendido.

-Sólo puedes matarle arrancándole su núcleo, que esta en el pecho –explico Frankie. –Solo así puedes acabar con él.

Tom soltó una maldición. Así que Caos seguía vivo. Se giró para marcharse pero antes, una duda asaltó su mente.

-Por cierto –dijo sin mirar a Frankie. -¿Cómo se llamaba ese hombre?

-Jones –contestó el hombre. -Ryan Jones.

Tom asintió.

-Si es verdad que la criatura no está muerta significa que Jones ha vuelto. Voy a ir a por ellos y los mataré. A los dos. Después de eso no quiero volver a verte.

-Tom, lo siento. Yo… –Frankie intentó disculparse pero Tom lo interrumpió.

-Me usasteis como un conejillo de indias –dijo Tom enfadado. –Manejasteis mi vida a vuestro antojo y la arriesgasteis inyectándome virus y enzimas.

-No te usamos como un conejillo de indias, Tom –se excusó Frankie.

Pero Tom no quiso escucharle. Ni siquiera se giró para despedirse.

-Ahora discúlpame –dijo mientras se elevaba en el aire. –Tengo una ciudad que salvar.

Y se fue. Frankie se quedo en la casa mirando como se alejaba y bajó la mirada, triste.

Pete, “el rompehuesos” observaba el cielo, que poco a poco se cubría de gris presagiando lluvia, desde la ventana de su celda, en la prisión de Raven City. Llevaba ya un año y medio entre rejas por haber matado a varias personas. Y no se arrepentía. Volvería a hacerlo. Normalmente los asesinos negaban sus acciones, intentaban encubrirlas con falsos testimonios de locura. Él no. El disfrutaba matando y así lo había dicho en su juicio. Daría lo que fuera por salir de la carcel y volver a hacerlo. Lo que no sabía es que su deseo estaba a punto de hacerse realidad.

Primero sintió un temblor y luego el sonido de una pared al derrumbarse. Inmediatamente, las sirenas de la prisión comenzaron a sonar ensordecedoramente. Las luces que había instaladas en el techo empezaron a girar rápidamente. Y los pasillos de la cárcel se convirtieron en una vorágine de policías que corrían de un lado para otro.

Pete se levantó de su catre y examinó el exterior. Todo parecía en calma. El problema debía estar al otro lado de la prisión.

-¿Qué sucede? –gritó a uno de los policías que pasaban frente a los barrotes de su celda. El hombre lo ignoró y siguió pasillo abajo hasta perderse por una puerta.

Instantes después la puerta estallaba en pedazos. El rompehuesos se tiró al suelo para protegerse de los escombros que pasaban entre las barras de hierro de su celda. Cuando levantó la vista comprobó que montones de hombres corrían de un lado a otro, más allá de lo que antes había sido la puerta. Comprendió que eran presidiarios. Algo los había liberado.

De repente alguien entró por el hueco. Pero no entró andando. Levitaba a varios centímetros del suelo, deslizandose suavemente por el aire. Voló hasta parar justo frente a su puerta.

-¿Eres Pete, “el rompehuesos”? –preguntó el desconocido secamente.

Pete nunca había sentido miedo. Había peleado como un animal el día que lo apresaron matando a varios agentes durante la pelea. Nunca en su vida se había sentido amedrentado por nada ni por nadie, pero en ese momento sintió una extraña congoja en presencia de ese hombre.

Asintió con la cabeza sin poder dejar de mirar al hombre.

-Entonces tú serás el elegido –le dijo el hombre.

Y los barrotes de su celda comenzaron a temblar. El desconocido no hizo ningún movimiento, se dedicaba a mirar fijamente a Pete, pero “el rompehuesos” sabía que, de alguna forma lo estaba haciendo él.

Los barrotes cedieron finalmente y cayeron sobre el frío suelo, destrozados.

-Sígueme –le ordenó el hombre. –Tenemos algo que hacer.

Pete dudó un momento. No se fiaba de ese hombre pero, por otro lado, con esos poderes, podría fulminarle solo con la mirada. Por eso decidió obedecerle. Ahora que había salido de la cárcel no iba a estropearlo muriendo.

Cuando salieron por el hueco de la puerta destrozada Pete se encontró ocn una imagen dantesca. El suelo estaba cubierto de cuerpos inertes. Todos ellos policías. Todos los reclusos habían escapado de sus celdas y estaban creando el caos en la prisión. Pete sonrió, deseando unirse a ellos y asesinar a las personas que le habían encerrado allí.

El desconocido se deslizó levitando tranquilamente entre la vorágine hasta salir al exterior. Pete lo siguió.

Una vez fuera, “el rompehuesos” observó atónito como el hombre se elevaba en el cielo hasta una altura de, al menos, ocho metros. Y entonces empezó a hablar.

-Bienvenidos al Nuevo Mundo –dijo.

No parecía estar gritando, pero aún así todos podían escucharlo claramente. Los reclusos dejaron de golpear a los maltratados policías, sobresaltados por la voz. Los pocos funcionarios que quedaban en pie corrieron a ocultarse en algún lugar para salvar su vida. Pero tampoco perdieron detalle de lo que el hombre volador les iba a decir.

-Me llamo Ryan Jones –prosiguió el hombre. –Soy el primero de una nueva raza. Un paso más en la evolución del hombre. Todos vosotros –dijo extendiendo una mano para abarcar a todos los reclusos que se reunían varios metros más abajo, alrededor de él –seréis mis sirvientes. Mi ejercito. Hemos de librarnos de la raza anterior, pobres seres atrasados. Son un virus. Un virus que está destruyendo nuestro planeta.

Pete enarcó un ceja preguntándose adonde quería ir a parar ese tal Ryan Jones.

-Debemos aniquilarlos –decía Jones. –Destruirlos, aplastarlos. Debemos curar al mundo de su enfermedad. ¡Y yo soy la cura!

Todos los reclusos que había debajo de él rompieron en gritos y vitores mientras alzaban sus manos en dirección a su salvador. Pete alzó la mirada para observar a Ryan Jones. El hombre que le había dado la libertad. A él y al resto de reclusos. Ellos eran su ejercito, y les había pedido que destruyeran a la humanidad. Todos los que estaban allí estarían encantados ante la idea de hacer lo que más les gustaba sin encontrar oposición de ningún tipo. Matar.

Se giró bruscamente cuando notó la presencia de alguien tras él. Ryan Jones le observó sonriendo. Tendría unos cuarenta años, pelo largo y algo canoso. Y una presencia imponente. Pete sintió que toda su seguridad y confianza en sí mismo desaparecía ante la presencia de ese hombre.

-Tu vendrás conmigo –le ordenó Jones. –Tengo un papel especial para ti.

Pete asintió con la cabeza sin saber qué decir ni a qué se refería el hombre, pero le siguió cuando el hombre le guió hasta el centro de la ciudad.

Conforme se acercaba a la ciudad se hacían visibles más columnas de humo. Tom aceleró su velocidad de vuelo. ¿Qué estaba pasando? Mientras más cerca estaba más escuchaba el sonido de las sirenas de los coches de policía y de los bomberos. Tenía que acudir a la ciudad cuanto antes.

Había hecho el viaje muy lentamente, pensando en todo lo que le había dicho Frankie. Caos no había sido más que el principio de un mal mayor y ese mal debía estar libre ya por la ciudad. Y Tom intuía que era el responsable del caos que reinaba en la ciudad.

Pensó en la pequeña porción de Caos que corría por sus venas. Ahora que sabía por qué tenía esos poderes, por qué su mano se volvía negra, creía que se sentiría alegre de conocer el origen de sus poderes, pero no era así. No de esa manera. Había descubierto que su padre y Frankie habían experimentado con él, como un vulgar conejillo de indias. Y eso le dolía. Habían arriesgado su vida.

Sacudió la cabeza y apartó aquellos pensamientos de su mente cuando llegó a la ciudad. La observó con los ojos abiertos de par en par sin creer lo que estaba viendo. Cientos de personas corrían de un lado a otro agrediendo a otras personas.

Estudió las calles de Raven City y comprobó que los agresores iban vestido de naranja. Soltó una maldición comprendiendo que eran reclusos de la cárcel de máxima seguridad de la ciudad.

Tom siguió con la mirada a uno de ellos. Corría directamente hacia una mujer que huía desesperada empujando un carrito de bebe. Sin pensarlo dos veces voló hacia él. Cuando el recluso estaba a punto de coger a la mujer, el muchacho lo agarró del cuello de la camisa y lo lanzó en el aire hasta estrellarlo contra un edificio cercano. Un momento después una explosión resonó en los timpanos de todos. Cuando alzó la vista vio un coche envuelto en llamas que volaba por el aire directo a un grupo de personas que se habían refugiado detrás de otro coche. Tom voló hacia allí y logró detener la caida del automóvil con su telequinesis a escasos centímetros de las victimas. Después lo lanzó para estrellarlo sobre un grupo de reclusos que acosaban a otros dos ciudadanos.

De un salto se elevó en el aire. Tenía que ir a casa de Jenny. Debía protegerla. Atravesó la ciudad a toda velocidad. Por el camino, aún tubo que proteger a varias personas y acabar con unos cuantos presidiarios. Cuando llegó ni siquiera se molestó en subir a la azotea. De todos modos, la ciudad estaba sumida en el más absoluto de los caos y dudaba que alguien se fijara en él. Además no tenía tiempo. Así que entro por la ventana.

-Jenny –la llamó, pero solo le respondió el silencio.

En la casa reinaba la calma y la oscuridad la invadía entera, pues ya se estaba haciendo de noche y las luces seguían sin funcionar. Tom sintió una extraña tranquilidad al pasar del caos de la calle al silencio de la casa, pero se obligó a reponerse. Paseó la mirada, cada vez más preocupado por el salón.

-Jenny –repitió, esta vez un poco más alto. -¿Estas ahí?

Pero Jenny no respondió. Tom caminó rapidamente hasta la habitación de la muchacha. La misma en la que él había despertado esa mañana. La chica no estaba allí. Ya estaba a punto de salir volando por la ventana para buscarla por toda la ciudad cuando algo llamó su atención. Había un papel colgado de la pared. Tom se acercó a él con cautela. Por alguna extraña razón no estaba seguro de querer saber qué ponía.

Pero lo leyó. Sus ojos repasaron las lineas, escritas de forma apresurada, varias veces hasta comprender quién podía haber escrito aquello. “Si quieres volver a verla. Ven al Puente Nuevo antes de media noche”, rezaba el papel.

«Jake», pensó Tom. La había secuestrado. Tom maldijo por lo bajo mientras saltaba hacia la ventana y salía volando al exterior en dirección al Puente Nuevo, inmerso de nuevo en la vorágine en la que se había convertido en la ciudad. ¿Por qué demonios había elegido precisamente ese momento para saldar cuentas con él?

Cuando llegó al puente había comenzado a llover. La destrucción provocada por los reclusos aún no había llegado allí y se respiraba un ambiente tranquilo y silencioso. Aunque de vez en cuando se dejaba oír una explosión a lo lejos.

Había descendido bastante antes de llegar al puente y había recorrido el camino que le quedaba a pie. No quería aparecer allí volando y descubrir ante Jake sus poderes. Si es que era él quien le había citado allí.

Justo en el centro del Puente Nuevo distinguió una figura y confirmó que era Jake. Estaba de pie, mirándole fijamente bajo la lluvia… pero estaba solo.

-¿Dónde está? –preguntó Tom secamente cuando estuvo a una distancia prudencial de Jake.

-Es romantico ¿no? –comentó Jake ignorando la pregunta de Tom. –Citarte justamente en el mismo lugar en el que deberías haber muerto.

-¿Dónde está? –insistió Tom.

-En un lugar seguro. Ahora tenemos algo que arreglar tu y yo, Tom. ¿O debería llamarte Quinox?

Tom subió la mirada y frunció el entrecejo, intentando ver los ojos de Jake. ¿Cómo demonios lo había averiguado? ¿Cómo sabía que él era Quinox? Su primer impulso fue negarlo tajantemente pero, inmediatamente, se dio cuenta de que era una tontería.

-Si sabes que soy Quinox –repuso. –No deberías enfrentarte a mi. Puedes salir malparado.

Jake soltó, de repente, una carcajada. Una carcajada cargada de ironía.

-El problema es, Tom –dijo dando un paso al frente, -que por muchos poderes que tengas, por muy alto que seas capaz de volar, yo siempre estaré por delante de ti.

Y tras decir esto, Tom vio con horror y sorpresa como los brazos de Jake se convertían en dos llamas de fuego incandescente. El rostro del muchacho, tetricamente iluminado por el fuego, había adquirido una expresión demencial que a Tom no le gustó nada.

Lanzó dos bolas de fuego con sus brazos llameantes. Tom las esquivó de un salto y se elevó en el aire, lejos de Jake. Lo observó desde lo alto, preguntándose como habría adquirido esos poderes y qué demonios estaba pasando en toda la ciudad. Una bola de fuego más pasó junto a él.

Aún tuvo que esquivar varias bolas más antes de recibir a Jake, que se elevó en el aire a gran velocidad dispuesto a golpearle. Y lo consiguió. Tom no esperaba que el muchacho tambien pudiera volar y lo pilló desprevenido. El puño ardiente de Jake se estrelló con fuerza en la cara de Tom que cayó pesadamente al suelo del Puente Nuevo.

Jake lo observó desde lo alto con aire altivo.

-¿Ves Tom? –gritó, iluminado por la luz vibrante de sus brazos. –No puedes conmigo. Por mucho que te empeñes siempre estaré sobre ti. Has logrado quitarme un tiempo a Jenny, pero eso solo ha sido suerte. A partir de ahora volverá a mi lado… para siempre.

-¿Dónde está? –preguntó Tom levantándose un poco aturdido.

Jake comenzó a descender lentamente. La lluvia empezó a apretar y Tom se dio cuenta de que eso no afectaba a las dos llamas en las que se habían convertido los brazos del muchacho.

-Eso no te importa ya. No volverás a verla –dijo aterrizando justo frente a él. –Nunca más.

Tom no vio venir la patada. Salió despedido varios metros y se estrelló contra una de las vigas del puente. Jake volvió a abalanzarse sobre él, pero esta vez sí estaba preparado y esquivó el golpe. Contraataco golpeándole con el pie.

Jake retrocedió un poco al recibir el golpe pero se recompuso pronto y volvió a atacar. Estuvieron así un rato. Uno golpeaba y el otro esquivaba. La lluvia dio paso a un autentico temporal. Comenzó a soplar un fuerte viento y el cielo se oscureció a causa de las nubes y de que se estaba haciendo de noche.

Las inclemencias del tiempo hacían más difícil luchar y Tom pronto se dio cuenta de que la batalla estaba tan igualada que podrían estar peleando toda la noche hasta morir de agotamiento y, por la expresión de Jake, adivinó que él también pensaba lo mismo.

En un momento en el que estuvieron más lejos el uno del otro, ambos se detuvieron y se observaron, mirándose fijamente a los ojos, estudiándose mutuamente. Giraron en círculos sin dejar de vigilarse, pero ninguno de los dos se atrevía a atacar. Los dos comprendieron que era inútil.

-Esto puede durar una eternidad, Jake –comentó Tom. -¿De donde has sacado estos poderes?

-¿De donde los has sacado tu? –repitió Jake dando a entender que no iba a decírselo. –De todas formas –continuó, relajándose de pronto, -tienes razón en una cosa. Esto puede alargarse demasiado tiempo y no lo tengo. Tengo una chica a la que cuidar. Así que cederé el relevo.

Tom frunció el entrecejo sin saber de que estaba hablando.

-¡Ven! –gritó Jake.

Tom miró a su alrededor intentando ver algo entre la gruesa capa de lluvia que caía del cielo. Pero fue inútil. No veía nada.

Un gruñido familiar llegó de las alturas, seguido de un golpe y de un temblor del puente. Junto a Jake se alzaba la figura oscura de Caos. Tom no se sorprendió. Frankie ya le había dicho que solo podía acabar con él destruyendo el núcleo del virus que fue la criatura hace tiempo. Y ese núcleo se encontraba en su pecho. Fijó la vista, buscándolo y sonrió al verlo. Es cierto, estaba allí. Nunca lo había visto pues cuando Caos y él se habían encontrado siempre había sido peleando y en el fragor de la batalla no se fijó en ello. Pero ahora que sabía qué tenía que buscar y donde, había sido más fácil.

Veía el núcleo en su pecho, como si de un corazón se tratara. Estaba inmóvil. Era como una gota de grasa en el interior de un vaso de agua. Pensó en su mano. En ese momento no le hormigueaba. No lo había hecho en todo el día y no sabía como iba a vencerlo sin ella. Sabía como destruir a Caos, pero volvía a estar igual que al principio, sin poder hacer nada.

-Esta criatura –dijo Jake señalando a Caos con su mano, -acabará contigo en mi lugar. Ella es más fuerte y poderosa que tú. Eso tenlo por seguro.

-A pesar de tus nuevos poderes –replicó Tom –sigues siendo un cobarde. Dejas el trabajo sucio a otros.

Jake sonrió y fulminó con la mirada a Tom.

-Puede que tengas razón –dijo. –Pero yo seguiré vivo con Jenny y tú no.

Después se elevó en el aire y se posó sobre una de las vigas que atravesaban el puente de lado a lado, dispuesto a observar la batalla.

Tom se puso en posición de combate pensando en una manera de salir de aquello. Pero por más que lo hacía no sabía como podía matar a Caos si su mano no se transformaba.

Jenny despertó lentamente. Al principio, cuando abrió los ojos, no vio nada pues estaba oscuro. Pero poco a poco sus ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad y distinguió una hilera de mesas. Sobre ellas vio formas que parecían ser probetas y utensilios de laboratorio. Pensó que estaría en el laboratorio abandonado del padre de Tom. Pero no era así. Cerró los ojos, intentado recordar qué había sucedido.

Estaba en casa, preparando una cena especial para cuando volviera Tom. Y entonces, alguien entró por la ventana. Al principio creyó que era Quinox que, de alguna forma, había averiguado donde vivía. Pero el hombre que se erguía frente a la ventana no era el héroe. O al menos eso pensaba Jenny. La muchacha apenas tuvo tiempo de preguntarle a Jake como había hecho aquello. De repente, sintió que las fuerzas la abandonaban y todo se volvió oscuro.

Y después había despertado en aquél lugar. Todo estaba en un silencio sepulcral. Notó que estaba sentada sobre una silla con las manos atadas en la espalda. Gritó pidiendo ayuda, pero suponía que nadie la iba a escuchar. No podía creer que Jake la hubiera hecho aquello. Hasta ahí llegaba su rivalidad con Tom.

Y esos poderes. ¿De donde los había sacado? ¿Era él Quinox? Que ella supiera, Quinox no había manifestado poderes de fuego. Así que, o bien los tenía pero no los usaba o Jake no era Quinox. Recordó haber pensado que conocía la voz del heroe cuando habló con él por primera vez. Tenía la sensación de que le conocía. Quizás sí que fuera él, pensó con un suspiro ¿Cómo no se había dado cuenta?

Pero ahora estaba usando sus poderes para el mal. Todo por su culpa. Ella le había dejado y ahora la había secuestrado. Y no le extrañaría lo más mínimo que tomara represalias contra Tom. “Tom”, pensó, preocupada. Esperaba que se encontrara bien. Estuviera donde estuviera. Si le pasaba algo….

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un sonido. Algo se abrió al fondo de la habitación y un torrente de luz iluminó la estancia cegando momentáneamente a Jenny.

Dos figuras entraron en la habitación. Una de ellas encendió un pequeño flexo a pilas que emitió una leve luz. Jenny no dijo nada. Se había dado cuenta de que ninguno de los dos hombres era Jake y decidió guardar silencio.

-¿Qué vas a hacer conmigo, Jones? –preguntaba uno de los hombres, más corpulento que el otro.

-Ya te lo dije antes, Pete. Tendrás un papel importante en mis planes.

-¿Y eso que significa?

-Lo sabrás a su debido tiempo. Primero debo asegurarme de que ese hombre… -Jones guardó silencio un momento, intentando recordar el nombre, -Quinox, halla muerto.

Jenny no pudo evitar un sonido de sorpresa al oír aquello. Ese hombre planeaba matar a Jake. Los dos hombres la escucharon y se giraron hacia ella. La muchacha los miró fijamente asustada.

-Vaya –exclamó el tal Jones, -me había olvidado de ti. Tu amigo te ha traído aquí mientras arregla unos asuntillos –continuó mientras se acercaba a ella. –Pronto podrás irte.

-¿Quiénes sois? –Jenny se armó de valor para formular esa pregunta.

Jones emitió un bufido que Jenny interpretó como una leve risa.

-Yo soy Ryan Jones –se presentó, -el nuevo gobernador de Raven City. Y dentro de poco, el rey del mundo.

Jenny le miró fijamente a los ojos, sin saber qué decir.

Tom se estrelló contra una de las vigas del Puente. Caos le había golpeado con uno de sus tentáculos. No había logrado golpearle ni una sola vez. Su mano seguía sin transformarse y empezaba a pensar que quizás tuviera que hacer algo para convertirla.

Dio un salto hacia un lado para esquivar un segundo tentáculo que aplastó el suelo haciendo temblar el puente. Jake seguía subido a la viga más alta observando la lucha.

Tom sabía que no podría vencerle mientras no pudiera golpearle así que se dedicó a volar sobre Caos, buscando una manera de transformar su mano. Pero Caos no estaba dispuesto a dejarle huir.

El muchacho no pudo hacer nada cuando uno de sus tentáculos se enrolló en su tobillo y lo volvió a estrellar contra el suelo.

-¿Qué te pasa, Quinox? –se mofaba Jake desde las alturas. -¿No puedes contra él? ¿No eras tan fuerte y poderoso?

Tom recibió otro golpe que lo envió muy lejos. Tenía todo el cuerpo magullado y apenas podía tenerse en pie. Era imposible. No podría derrotar ni a Caos ni a Jake, y mucho menos salvar a Jenny. Se sentía fracasado.

Había gente en Raven City que estaba muriendo y él no era capaz de ayudarlos. Jenny estaba en algún lugar. Posiblemente, asustada y dolorida y no podía ir a rescatarla. Se arrodilló dándose por vencido.

Entre la sangre que cubría su frente y que se arremolinaba frente a sus ojos vio que Caos se acercaba lentamente a él. Observó impotente como sus tentáculos se elevaban sobre la criatura y se dirigían hacia él. Cerró los ojos, esperando sentir el golpe que le mataría y acabaría con las esperanzas de los ciudadanos de Raven City y con su relación con Jenny.

Pero ese golpe nunca llegó. En vez de eso sintió que algo se movía frente a él. Escuchó los tentáculos de Caos golpear algo que había entre la criatura y él. Y luego silencio.

Cuando se atrevió a abrir los ojos, después de un momento, vio una figura oscura de pie, interponiendo su cuerpo entre él y Caos. Era negra, al igual que Caos. Con la misma textura que adquiría su mano cuando se transformaba. Con la diferencia que ocupaba el cuerpo entero. Era igual que Caos, pero tenía otra forma y carecía de tentáculos.

Cuando la figura se giró para mirarle, la textura negra retrocedió en la zona de la cabeza dejando al descubierto una cara que Tom conocía muy bien.

-Te dije que no fuiste un conejillo de indias, Tom –dijo Frankie sonriéndole tristemente.

-Frankie –susurró el muchacho.

-¿Quién demonios es ese? –gritó Jake desde las alturas.

-Ese debe ser Jake ¿no? –preguntó Frankie.

Tom asintió.

-He venido a ayudarte –continuó el hombre. –Debes transformarte para derrotar a Caos.

-¿Pero como hago eso? –preguntó Tom desesperado. Lo he intentado pero no puedo.

-Solo tienes que desearlo. Tienes… -pero no pudo continuar pues Caos volvió a atacar. Frankie saltó a un lado esquivando el tentáculo mientras su cabeza volvía a cubrirse de negro. Tom lo imitó.

Se elevó en el aire observando como Frankie luchaba contra Caos, sin duda, para darle tiempo a que se transformara como él. Intentó concentrarse, desear transformarse, pero algo le golpeó por la espalda.

-¿Pensaba que iba a darte tiempo, Tom? –preguntó Jake deteniendose en el aire bajo la lluvia.

-Jake, tú no quieres hacer esto.

Jake se rió.

-No me des clases de etica, Tom. Se muy bien lo que quiero hacer.

Jake se abalanzó sobre él y Tom esquivó el golpe. Lucharon bajo la lluvia rodando en el aire, golpeándose el uno al otro y esquivando los ataques del contrario. Un poco más abajo, sobre el puente, se libraba otra batalla. Frankie peleaba contra Caos a duras penas. El no era como Tom. No era joven y fuerte. A pesar de sus poderes y de poder controlar el virus en su interior no podría derrotar a la criatura en la que se había convertido el virus que él y el padre de Tom habían creado. Sobre todos por que ya no tenía fuerzas para cambiar su densidad, debido a la edad. Su aspecto de gelatina negra no era más que una fachada. Realmente no le servía de anda.

Había ido a buscar a Tom con la esperanza de ayudarle. No podía dejar que el muchacho creyera realmente que habían experimentado con él. Primero había sido el propio Frankie el conejillo de indias. Habían probado primero con él.

Caos lanzó uno de sus tentáculos contra él y el hombre lo esquivó a duras penas. Echó una rapida mirada al cielo y comprobó que Tom se enfrentaba contra Jake. Tenía que darle tiempo para que se transformara, así que se elevó en el aire para intentar atacar a Jake por la espalda y alejarle de Tom, pero un tentáculo se enrolló en su tobillo y lo acercó rápidamente a Caos que lo golpeó con el puño tirándolo al suelo magullado y dolorido.

FRankie se quedó un instante en el suelo, sin poder moverse. Sus fuerzas la habían abandonado. Vió como Jake golpeaba con brutalidad a Tom. Tambien vio que Caos se acercaba peligrosamente. Lo vio con sus tentáculos serpenteando sobre él, dispuestos a acabar con su vida sin miramientos.

Un torrente de lagrimas surgieron de sus ojos cuando comprendió que iba a morir. Si no lo mataba Caos moriría por los golpes recibidos. Pero no estaba dispuesto a dejar el mundo sin hacer algo por él.

Dejó que Caos se acercara a él, confiado. Observó su cuerpo de gelatina negra y los tentáculos que ya se aproximaban a su propio cuerpo. Hizo retroceder su propia capa oscura hasta dejar libre su rostro.

-¡Ven aquí, desgraciado! –gritó provocando a la criatura.

Caos se abalanzó sobre él dispuesto a matarlo. Un tentáculo se clavó en su hombro. Frankie emitió un chillido de dolor. El otro tentáculo se abalanzó sobre su pierna y la atravesó. El hombre volvió a gritar.

Entonces, Caos alzó un puño y ese fue el momento que Frankie había esperado. Extendió un brazo haciendo un esfuerzo sobrehumano para cambiar la densidad de su mano que atravesó limpiamente el pecho de Caos. Una vez dentro volvió a cambiar la densidad para poder agarrar el núcleo.

Caos lanzó un rugido, mezcla de dolor y rabia, cuando comprobó que Frankie había atacado directamente a su punto debil. El hombre apretó con fuerza el núcleo. La criatura le golpeo con fuerza para sacarselo de debajo pero era inútil. Al cambiar Frankie la mano de densidad en el interior de Caos se había fusionado con él. Ahora estaban tan unidos como un brazo a un hombro.

Finalmente, el núcleo cedió. Frankie usó la poca fuerza que le quedaba y logró destruirlo. Caos gritó de dolor mientras empezaba a derretirse lentamente. Deshaciendose como un helado al sol. Los tentáculos desaparecieron del cuarpo de Frankie que sintió que el dolor remitía. Por fin, Caos desapareció dejando tras de sí, unicamente un pequeño charco parecido al aceite.

La vista de Frankie comenzó a nublarse cuando la dirigió al cielo y vio como Tom descendía a toda velocidad hasta él.

Tom acababa de golpear a Jake en la cara cuando escuchó el primer grito de agonía de Frankie. Jake le había sonreído con maldad, disfrutando del sufrimiento del hombre. Tom intentó acudir en su ayuda pero su enemigo no le dejó. Lucharon implacablemente hasta que Caos lanzó un gruñido. Un gruñido distinto a los otros. Esa vez fue Jake quien se detuvo primero. Tom también lo hizo después y los do sobservaron como Caos iba desapareciendo lentamente sobre el cuerpo Frankie. Jake miraba aterrado y preocupado, Tom sonriendo. Pero su sonrisa se esfumó cuando vio el estado de su amigo. Rápidamente descendió hasta Frankie. Jake no le prestó atención ensimismado como estaba observando el charco en el que se había convertido Caos.

-Frankie –susurró Tom cuando llegó junto a su amigo y lo acunó entre sus brazos.

-Tom –la voz del hombre era apenas inaudible.

-Tranquilo, te vas poner bien –le tranquilizo Tom intentando levantarle.

Frankie rió a duras penas

-No te rias de mi, muchacho. Sabes que eso no es cierto.

-No puedes hacerme esto –musitó el joven, mientras las lagrimas comenzaba a invadir sus ojos. –Aún tengo que vencer a Jones. Y no puedo hacerlo sin ti.

-Sí que puedes. Puedes hacerlo todo. Sólo tienes que desearlo.

Tom sabía que se refería principalmente a la capacidad de transformarse en una criatura como Caos y poder cambiar su densidad. Pero también intuía que el consejo podía extenderse a todos los aspectos de su vida.

-Jones planea hacer algo malo –continuó a duras penas Frankie. –Y tú eres el único que puede detenerle.

Poco a poco su voz se fue haciendo más inaudible.

-Frankie –le llamó Tom intentando aferrarse a la idea de que no moriría. –NO te vayas Frankie.

-Me alegró de haberte conocido –musitó el hombre antes de que sus ojos perdieran el brillo de la vida y se dirigieran al infinito.

Tom abrazó el cuerpo inerte de de Frankie y lloró sobre su hombro. Se sentía culpable. Culpable por no haber podido transformarse y derrotar a Caos el mismo. Así, Frankie seguiría con vida.

Entonces tomó una decisión. Tomó entre sus brazos el cuerpo inmóvil de su maestro y lo levantó. Cuando se giró para dirigirse al borde del puente se encontró con la fría mirada de Jake que se había quedado en el suelo tras él, observándolo. Ninguno de los dos no dijo nada. Pero Jake se hizo a un lado para dejarle pasar.

Lentamente, Tom se acercó a la barandilla y lanzó una última mirada a los ojos sin vida de su amigo. Las lagrimad recorrían su rostro hasta caer sobre el cuerpo de Frankie. Y después lo lanzó al río. Al mismo río del que un mes antes lo había salvado el hombre de una muerte segura. Lo miró caer en el mismo lugar en el que él había caido. Y le dijo adios con la mente. Y le dio las gracias por hacerle crecer.

Lentamente se giró hasta enfrentarse a los ojos de Jake que le observaba fijamente.

-¿Dónde está? –volvió a preguntar Tom, esta vez con menos fuerza.

Jake dirigió la mirada al charco que un rato antes fue Caos y luego le miró a él. Entonces dio un par de pasos al frente acercandose a Tom. Y Tom no supo que decir.

-El secreto está aquí –decía Jones mientras buscaba entre los cajones de un escritorio. –Esto es –sacó un maletín pequeño.

Jenny lo observó a contraluz y comprobó, cuando Jones lo abrió, que tenía el interior acolchado y en su centro, descansando en un hueco que parecía hecho a medida, había una jeringuilla.

-Cuando te inyectes esto –dijo volviendose a Pete, el rompehuesos, -tendrás la habilidad de dar poderes a la gente. Sólo con tu mente.

Jenny frunció el entrecejo. Si estaba en lo cierto el mundo se convertiría en un caos. Si ese tal Pete podía suministrar a la gente poderes como los de Quinox o Jake, era de esperar que lo hiciera con asesinos, ladrones y personas de su misma calaña. No quería imaginar qué sucedería entonces.

-¿Por qué a mi? –preguntó Pete examinando con cautela la jeringuilla.

-Tu eres el peor de todos –contestó Jones mirandole fijamente. –El más loco por decirlo de alguna manera. Necesito a alguien que se haga respetar y se que tu no dudarías en matar a alguien si nos traiciona. Gobernaras bien.

-¿Y por qué no te lo has inyectado tú? –quiso saber Pete sin terminar de fiarse de Jones.

-Mi cuerpo no podría resistir tanto poder. Ya puedo volar, mover cosas con la mente, invocar al fuego y algunos más. Mi cuerpo reventaría se lo doy más.

-Entiendo.

-¿Lo haras? –Jones le acercó el pequeño maletin empujandolo con la mano sobre la mesa.

Por toda respuesta, Pete extendio un brazo y rodeó con sus dedos la jeringuilla. La levantó observando la larga aguja brillar bajo la luz del flexo a pilas. Lentamente, se arremango la manga de la camisa y acercó la jeringuilla a su brazo.

Jenny aguantó la respiración. Se sentía impotente pues sabía que, aunque no estuviera atada a la silla no podría hacer nada por evitar aquello.

Pero Pete no pudo inyectarse nada. En ese mismo momento, la puerta se abrió dejando pasar la tenue luz de la luna. Una figura se enmarcó bajo el marco de la puerta.

-Jones –dijo la voz de Jake. –Ya he terminado.

Pete separó la jeringuilla de su brazo y Jenny dio un suspiro de alivio. Mientras tanto, Jones se acercó a Jake.

-¿Has acabado con él? –preguntó. Jake asintió con la cabeza. -¿Y la criatura?

-Sufrió un contratiempo.

Ryan Jones suspiró.

-Era prescindible. Buen trabajo –le felicitó poniendo sus brazos en los hombros de Jake con gesto condescendiente. –Ahí está tu premio –dijo señalando a Jenny con la cabeza.

Jake no dijo nada. Se deshizo suavemente de los brazos de Jones y se acercó a Jenny.

-¿Cómo estás? –le preguntó.

Ella ignoró su pregunta.

-¿Dónde está Tom?

Jake tambien hizo caso omiso de sus palabras y comenzó a desatarla.

-Nos vamos –le dijo.

-¿A dónde?

-Lejos.

-No, sin Tom.

-Tom no volverá, Jenny –le dijo Jake desesperado. –Está muerto.

-¿Qué? –gritó la muchacha. –Lo has matado, desgraciado. Eres un asesino.

Jenny intentó deshacerse de Jake pero el hombre la agarraba con firmeza y la obligaba a estarse quieta. Finalmente, la chica se dio por vencida y se quedó inmóvil, sollozando, sin poder creer que su novio hubiera muerto a manos de su antiguo amor.

-Si algún día quieres unirte a mi ejército –dijo Jones tras Jake, -no tienes más que decirmelo.

Jake se volvió hacia él.

-Ya he hecho lo que me pediste –le objetó. –No creas que no he disfrutado con ello pero eso era lo único que quería hacer.

Jenny escuchaba la conversación como en un sueño. No creía que estuvieran a hablando de Tom. El muchacho no representaba ninguna amenaza para los planes de Ryan Jones.

-Nos vamos –continuaba Jake mientras cogía en brazos el cuerpo inmóvil de Jenny y se lo cargaba al hombro. –Espero que no volvamos a vernos.

Jones puso una amplia sonrisa y dijo:

-No te preocupes. Tienes mi palabra.

Jenny vio desde el hombro de Jake a Pete. A su lado, sobre la mesa, descansaba la jeringuilla y decidió que vengaría la muerte de Tom. No podía matar a Jones ni a Jake, pero si podía chafarles sus planes.

De repente, pillando a Jake completamente desprevenido, se movió bruscamente hasta caer. Una vez en el suelo y con toda la rapidez que le fue posible se abalanzó sobre Pete y le quitó la jeringuilla. Después salió corriendo de la habitación. Ninguno de los hombres reaccionaron a tiempo pues no habían esperado de ninguna manera que la chica fuera a moverse de aquella manera.

Lo último que Jenny escuchó mientras salía al aire libre fue a Jones gritando:

-Cogedla.

Un momento después, del pequeño edificio en el que Jenny había estado prisionera surgió la imponente sombra de Pete que la seguía corriendo y de Jake que volaba suavemente sobre el aire.

Jenny comprobó mientras corría que se encontraba en la central eléctrica destrozada. Atravesó toda la instalación hasta pasar bajo una valla y correr en dirección de la ciudad, que se hallaba cubierta humo por una razón que la joven desconocía. La jeringuilla estaba fuertemente apretada por su mano.

Cuando llegó a la ciudad se encontró con el caos en que se había convertido. Cientos de personas vestidas como Pete, con el uniforme de reclusos de la carcel de máxima seguridad de Raven City, destrozaban coches y escaparates de tiendas. El suelo estaba cubierto de personas muertas o agonizantes.

Jenny retrocedió un par de pasos asustada. Incluso se giró para huir de allí, pero vio cono horror como por la solitaria carretera que llevaba de vuelta a la central corría, incansable, Pete directamente hacia ella. Se lo pensó mejor y se zambulló de lleno en la vorágine de la ciudad.

Se metio por las calles más estrechas que encontró, perfectas para mantenerse oculta. Además estaba completamente solitarias, por lo que era menos probable que se encontrara con algún asesino. Corrió durante un rato hasta que tuvo que detenerse boqueando de cansancio. Se sentó en el suelo, junto a un cubo de basura que le servía de escondite, y se relajó un momento. Estaba cansada. Los musculos le ardían y apenas podía respirar.

Se acordó de Tom. Las lagrimas afloraron a sus ojos cuando comprendió que nunca volvería a verlo, que nunca volvería a escuchar su voz susurrarle palabras de amor. Y sintió odio. Odio hacia Jake, que había derrotado a Caos salvando la ciudad, pero luego había caído en el mal, asesinando a un inocente por pura envidia. Odió a Ryan Jones, a Pete, el rompehuesos. Y a Tom, por no estar con ella, Por haberse ido para siempre.

Observó la jeringuilla distorsionada a causa de sus lagrimas. Por alguna razón no la había tirado al suelo derramando su contenido, para que nadie pudiera inyectársela. Pero decidió hacerlo ahora. Así no le devolvería la vida a Tom. Pero estropearía los planes de Jones y Jake. Posiblemente ella moriría dentro de poco. Pero lo haría contenta, sabiendo que había hecho lo correcto.

De un rápido movimiento, sin pensarlo dos veces, la lanzó contra la pared. La observó describir una parábola. Pero algo la detuvo. La jeringuilla se quedó flotando en el aire a escasos centímetros de la pared. Un momento después alguien la agarraba por los pelos obligándola a levantarse.

-Ya te tenemos, niñata –dijo la voz de Pete junto a ella. -¿Creías que ibas a escapar tan fácilmente?

Jones apareció frente a ella con la jeringuilla en la mano. Junto a él estaba Jake que la observaba con preocupación.

-Tu amiga no está dando problemas –le echó en cara Jones a Jake. -¿Crees que seguirá así?

-Estoy seguro de que no –dijo Jake sin dejar de mirar a Jenny. -¿Verdad Jenny?

La muchacha no dijo nada. Sólo miró a Jake clavando en él sus ojos cargados de odio. Jones se dio por satisfecho con su silencio.

-Está bien –dijo entonces, tendiéndole la jeringuilla a Pete. –Inyéctatelo ya. Hay mucha gente que precisa de poderes. Es hora de crear un nuevo orden mundial.

El hombretón soltó por fin a Jenny que se quedó inmóvil observando impotente como agarraba la jeringuilla y la dirigía a su brazo que seguía con la manga arremangada.

Pero esta vez, tampoco pudo hacer nada. Una mano agarró su brazo con firmeza y le obligó a retrasarlo.

-Lo siento, Jones –dijo Jake. –No puedo hacerlo.

Después apretó fuertemente la mano de Pete que gritó de dolor, obligándolo a soltar la jeringuilla. Esta calló al suelo con un sonido metálico y se quedo medio sumergida en un charco de agua.

Acto seguido lo golpeó en el estomago enviandolo contra la pared para alejarlo de la jeringuilla.

Jones agarró a Jake por los hombros y le oblilgó a girarse.

-¿Qué estas haciendo, Jake? –le preguntó fulminandole con la mirada.

-No estoy de acuerdo con lo que piensas hacer, Jones –contestó con tranquilidad. –Es tan facil como eso.

Y tras decir esto empujó a Jones mientras su cuerpo se rodeaba de llamas incandescentes.

-Jenny, vete de aquí. Esto va a ser peligroso –dijo antes de atacar a Jones que se elevó en el aire para esquivar el golpe. Jake le siguió.

Jenny les observó un momento, pensando que en aquél momento, después de haber traicionado a Jones y envuelto en llamas, surcando el cielo, Jake parecía más que nunca una estrella fugaz.

Un sonido la obligó a volver en sí. Pete se estaba levantando. A duras penas, sin duda, tremendamente dolorido, pero lo estaba haciendo. Jenny se agachó para coger la jeringuilla.

Su primer impulso fue lanzarlo y destruirlo de una vez por todas. Pero, tras echar un rápido vistazo a la batalla que se desarrollaba en el aire, decidió conservarla. A lo mejor les servía de algo.

Después salió corriendo para ocultarse en algún lugar hasta que terminara la batalla.

Jake no era capaz de encajar los golpes. No podía contra Jones. Había sido él quien le había dado sus poderes con el único objetivo de destruir a Tom, a Quinox, la única persona capaz de plantarle cara y desbaratar sus planes. Era lógico que no le hubiera dado tanto poder como para derrotarle a él mismo.

Le había dado una jeringuilla igual a la qu ele había entregado a Pete. Pero él no dudo en inyectarsela, consumido por la ira y los celos. Encantado ante la perspectiva de matar a Tom. Pero, después de ver la muerte de Caos, después de ver a Tom llorar por la perdida de un amigo, se había dado cuenta de todo. Tom no era malo. El villano era él mismo. Él. Con su odio irracional, con su mentalidad posesiva había hecho sufrir a muchas personas. Entre ellas la que mas amaba en el mundo. Jenny. No había sabido cuidarla y entonces se había enamorado de otra persona. Y era normal. Por eso había decidido traicionar a Jones. Desbaratar su demente plan de conquistar el mundo.

Jones le golpeó en el rostro y Jake se estrelló contra un alto edificio, provocando que cayeran casquetes de ladrillo sobre el suelo, varias decenas de metros más abajo. Vio como Jones se abalanzaba contra él dispuesto a matarle de un golpe pero algo si interpuso entre él y Jake. Un coche golpeó al villano estrellandolo contra otro edificio un poco más bajo.

-Ya estabas tardando –se quejó Jake. -¿Dónde demonios has estado?

Tom Randall, Quinox, descendió para ponerse a la altura del muchacho.

-Tenía que asegurarme de que Jenny estaba a salvo –se disculpó. -¿Estás bien?

-He estado mejor

-¡Tú! –gritó una voz cerca de ellos.

Jones se elevaba lentamente observandolos con odio a ambos.

-Dijiste que le habías matado. –gritó acusando a Jake. – Dijiste que habías cumplido mis ordenes.

- Ehh, sí. Eso fue lo que dije –contestó Jake con indiferencia. –Pero las cosas no siempre son lo que parecen.

-Tu juego termina aquí, Jones –dijo Tom.

-Te pareces mucho a tu padre –susurró Jones, pensativo. –Posiblemente acabes como él.

Y tras decir esto se abalanzó sobre ellos. Tom y Jake se apartaron con velocidad y Jake lanzó una bola de fuego que fue a estrellarse contra Jones. El hombre se vio rodeado de llamas de repente, pero tras dar un par de vueltas en el aire logró disipar el fuego.

-Será mejor que vayas a buscar a Jenny, Jake –dijo Tom sin perder de vista a Jones. –La última vez que la vi estaba a salvo pero el hombretón ese la estaba buscando.

-¿Podrás con él tu solo?

-Debo hacerlo. Ve a por ella, Jake.

Jake se alejó volando pero Tom volvió a llamarlo. Jake se giró.

-Gracias.

El muchacho le sonrió con amabilidad.

-No, Tom, -dijo, -gracias a ti.

Y tras decir esto se alejó volando a toda velocidad hasta perderse en las caóticas calles de Raven City.

Tom dirigió su mirada a Jones. En cierto modo, disfrutaba viendo la expresión de su rostro después de que Jake le hubiera traicionado.

-¿No pensaras que podrás detenerme, verdad? –Jones parecería desesperado aunque, por otro lado, su mirada parecía tranquila.

-Sí –fue la única respuesta de Tom, antes de lanzarse al ataque.

Comenzó mandando su puño directamente al rostro de Jones, pero este lo esquivó de un rápido movimiento. Jones contraatacó con una patada y Tom lo evitó elevándose a más altura aún. Desde allí, Quinox veía el caos que los reclusos habían creado en la ciudad. No sabía como habían llegado los prisioneros a la ciudad, pero intuía que Ryan Jones tenía algo que ver.

Jones volvía al ataque. Tom le observó. Estaba a suficiente distancia. Con toda la velocidad que fue posible extendió sus manos e hizo que varias ventanas de un edificio cercano se separaran de la pared con un crujido. Las lanzó contra Jones que logró esquivar alguna, pero recibió el fuerte golpe de otras, momento que Tom aprovechó para lanzarse contra él.

Le intentó golpear pero su enemigo reaccionó bien y detuvo el golpe. Contraatacó tan rápido que Tom no pudo evitar que el puño cubierto de fuego se estrellara en su rostro. Salió despedido hasta que un edificio le detuvo.

Miró hacia arriba un poco atontado y comprobo que se encontraba junto al Raven Plaza, Un inmenso edificio de quinientos cincuenta y ocho metros de altura que culminaba con una aguja de acero que brillaba bajo la luz de la luna.

Tom maldijo por lo bajo. Jones volvía a la carga. De un rápido movimiento esquivó el golpe. La inercia provocó que Jones clavara su puño en el edificio y se quedara inmóvil, momento que Quinox aprovechó para golpearle en la espalda y hacerle descender varias decenas de metros a gran velocidad.

Con un suspiro, Tom volvió a atacarle, mientras una fina lluvia volvía a invadir los cielos de Raven City.

Jake volaba entre las calles secundarias de Raven City buscando a Jenny. Estaba orgulloso de haber cambiado de idea. Al principio había decidido unirse a Jones en sus planes de conquistar el mundo pero lo pensó mejor después de lo que sucedió en el Puente Nuevo.

Ahora se encontraba buscando a su amada para salvarle la vida y que pudiera rehacer su vida con otro hombre. Sonrió ante la ironía.

Un fugaz movimiento atrajo su atención. Alguien había entrado en un edificio por una puerta trasera. Un momento después otra figura la seguía. Esa ultima figura sí la reconoció. Era Pete, el rompehuesos. Y sólo podía estar siguiendo a una persona. Jenny. Descendió a toda velocidad y se internó en el interior del edificio en pos del hombre.

Tom esquivó el golpe retrasandose un poco. Había desistido de transformarse pues sabía que al morir Caos, al desaparcer su núcleo, su virus había quedado inútil. Así que luchaba a duras penas contra Jones, buscando una manera de matarle.

Pero era demasiado fuerte, tenía demasiados poderes. Podía invocar al fuego, rodeándose de él o lanzándole bolas ardientes. Tenía una velocidad endiablada y por mucho que le golpeara, Tom nunca lograba hacerle daño. Sin embargo, él sólo podía mover cosas con la mente y eso no era suficiente.

Giró alrededor de la parte más alta del Raven Plaza, que se estrechaba hasta terminar en la fantástica aguja que se clavaba en el cielo oscuro y lluvioso. Lo hacía para protegerse de la oleada de bolas de fuego que Jones le lanzaba. Las bolas se estrellaban en la parte opuesta del edificio haciendo que crujiera.

Jones apareció tras el edificio y se abalanzó sobre Tom, el muchacho evitó el golpe y contraatacó golpeándole con todas sus fuerzas. Jones se estrelló contra el edificio y Quinox vio su oportunidad. Podría acorralarle y golpearle hasta la muerte. No sabía si funcionaría pero debía intentarlo. Era la única oportunidad que tenía.

Haciendo acopio de unas fuerzas que no tenía se abalanzó a toda velocidad sobre Jones. Logró golpearle en el estomago y hundirle entre los ladrillos y el acero del edificio. Volvió a pegarle, pero esta vez Jones reaccionó rápido y esquivo el golpe. Con un rápido movimiento se apoyó en el edificio y se impulsó para pasar sobre Tom que quedó entre su enemigo y la pared. El golpe que recibió lo clavó en la pared en el mismo agujero que había hecho él al golpear a Jones.

Jones le agarró del cuello y lo mantuvo inmóvil. Tom intentó zafarse con todas sus fuerza, pero fue inútil. Apenas le quedaban. Llevaba toda la noche peleando. Primero con Jake. Luego con Caos, después con Jake otra vez y, finalmente con Jones. Tenía los músculos entumecidos del esfuerzo y apenas podía controlar sus poderes.

Finalmente se abandonó a su suerte. Dejó el cuerpo lacio, inmóvil No podía luchar más.

-¿Ya te rindes, Tom? –preguntó Jones con una sonrisa de júbilo. –Pensé que tendrías más aguante que tu padre… considerando que tú tienes poderes y él no los tenía, claro.

Tom abrió los ojos de par, comprendiendo lo que Jones le estaba diciendo. Soltó una maldición e intentó golpearle pero no pudo hacerlo.

-Así es, Tom –continuó Jones. –Tu padre no murió de cáncer como siempre habías pensado. Yo maté a tu padre.

Tom resopló de odio. Escuchar aquello de la boca del asesino de su padre le hizo hervir la sangre.

-Te mataré –le amenazó. –Acabaré contigo.

Jones lanzó una sonora carcajada.

-Lo dudo mucho –dijo mientras una bola de fuego aparecía en la palma de su mano a escasos centímetros del estomago de Tom. –Lo dudo mucho.

Impulsó la mano hacia delante para lanzar la bola. Tom, ayudado por la ira y el odio que sentina hacia Jones, logró apartarse en el último momento, haciendo que la bola de fuego pasará de largo y se estrellara directamente en el Raven Plaza que crujió y se tambaleo lentamente. Entonces, se partió.

La inmensa mole de piedra se dobló con la aguja hacia abajo. Tom aprovechó ese momento, en el que Jones estaba distraido, pensando en qué había pasado y le golpeó con fuerzas renovadas. Lo lanzó directamente contra el trozo de edificio que caia hacia el suelo y volvió a por él.

Lucharon girando a gran velocidad alrededor de la aguja, golpeandose mutuamente, mientras caía irremediablemente hacia el suelo.

Y entonces, Tom vió el momento. Rápidamente, calculó la distncia que los separaba del suelo y golpeó a Jones en el estomago. Se puso tras él y lo inmovilizó agarrandole por la espalda. Jones intentó librarse, pero Tom no le dejó. El suelo cada vez estaba más cerca y Tom se dejaba caer junto a la mole de piedra que un momento antes era la punta del Raven Plaza.

Con un brusco movimiento, Quinox se interpuso entre el suelo y la aguja, poniendo a Jones delante de él. Jones maldecía y se revolvía intentando librarse, pero fue inútil. Cuando la aguja estaba a punto de llegar al suelo, Tom soltó a Jones y voló lo más rápido que pudo. La gigantesca aguja se clavó en el estomago de Jones, destrozandole momentos después. Todas las personas que estaban por los alrededores, asesinos e inocentes, corrieron a protegerse de la honda expansiva que provocó que mil toneladas de ladrillo y metal cayeran con gran estruendo sobre el suelo.

Tom escapó a duras penas. Unos cuantos casquetes le golpearon y jugaron con él en el aire. Finalmente, chocó brutalmente contra una pared y cayó al suelo.

Llevaba buscando un rato entre las habitaciones de lo que parecía ser un edificio de oficinas. Jake se alumbraba con una llama de fuego en su mano. Había escuchado un sonido y se había dirigido hacia allí. El ruido le había llegado hasta la azotea. Allí se encontró con algo que no había esperado encontrar.

Jenny estaba subida en el bordillo con la jeringuilla en la mano y Pete a pocos metros de ella acercandose lentamente.

-Si te acercas más la tiraré –amenazaba Jenny.

Jake aprovechó que Pete estaba distraído para golpearle por detrás. El rompehuesos salió despedido varios metros y Jake ayudó a Jenny a bajar del bordillo.

-¿Estás bien? –le preguntó él.

Ella sintió con la cabeza. Iba a darle la jeringuilla pero algo atrajo la atención de los dos. Primero pareció una explosión pero comprobaron que no era así cuando vieron la parte más alta del Raven Plaza desprenderse del edificio. Jake abrió los ojos como platos cuando vio que la imponente aguja se dirigía hacia el suelo a gran velocidad. Le pareció ver dos figuras revolotear alrededor de la aguja.

-Dios mío –musitó Jenny.

Pete se incorporó sobresaltado por el estruendo provocado por el Raven Plaza al derrumbarse. JAke le había golpeado con fuerza, pero no con la suficiente como para dejarle fuera de combate. Se levantó observando la destrucción que se desarrollaba varios cientos de metros más adelante. Comprobó que Jake y la mujer miraban impasibles la caida de la inmensa aguja.

Sonrió. Con un poco de suerte Jones moriría ese día y, entonces, cuando consiguiera inyectarse ek virus que le daría el poder de cambiar el ADN de la gente sería el dueño y señor del mundo pues podría crear un ejercito a su imagen y semenjanza. Si Jones no moría, no pasaba nada. Siempre podría buscar la manera de matarle.

Examinó a los dos muchachos. Estaban inmoviles, observando con los ojos abiertos la nube de tierra que había provocado la caída del Raven Plaza. El suelo había temblado un poco cuando cayó, pero lo realmente destructivo era la honda expansiva. La tierra, los ladrillos y las vigas de acero que volaban a toda velocidad y que podrían matar de un golpe a una persona.

Los dos chicos se lanzaron al suelo, apretandose contra el muro en un intento de protegerse de la nube que se abalanzaba sobre ellos. Pete no lo hizo. Ni siquiera se le pasó por la cabeza ocultarse como un cobarde. Tenía un objetivo y, como siempre que tenía uno, nada le impediría cumplirlo.

Memorizo rapidamente la ubicación exacta de la chica con la jeringuilla antes de que la nube los cubriera por completo. Después, aguantando la respiración para no aspirar tierra fue hacia ella, oculto entre la nube.

Jake se había lanzado contra el muro que hacia las veces de barandilla en la azotea de aquél edificio. La nube de humo que había provocado la caida del Raven Plaza se acercaba a toda velocidad. Tiró de Jenny hacia sí y la tapo la boca con la mano para protegerla. Jake tambien aguantó la respiración.

Esperaba que Tom no se encontrara cerca de la aguja del edificio cuando cayó. Presentía que, por muchos poderes que tuviera no podría sobrevivir a aquello. De repente, algo tiró de Jenny. Jake sintió que su mano se soltaba de la de la chica y que ella se alejaba, obligada por algo.

-¡Jenny! –gritó.

Pero Jenny no contestó. En su lugar solo se escuchaban sonidos de pelea en el silencio que había en el interior de la nube de tierra. Invocó una llama de fuego en la palma de su mano, dispuesto a lanzarla contra el atacante de la muchacha. Pero no veía nada y no podía arriesgarse a darle a ella.

Escuchó golpes y una voz que no era la de Jenny. «Pete», pensó. Los escuchó rodar por el suelo. Jake se sentía totalmente impotente frente a aquella situación. NO podía hacer nada hasta que no pasase la nube de tierra. Lo único que podía hacer era limitarse a escuchar los sonidos de lucha que le llegaban. Finalmente, se escuchó un golpe fuerte, una exclamación que no habría podido decir si era de Jenny o Pete; y luego el silencio.

Jake esperó impaciente a que la nube se disipara y, cuando por fin lo hizo, soltó una exclamación de sorpresa al ver la imagen que se presentó ante él. Sus puños se agarrotaron cuando vio a Pete de pie mirando al suelo con horror. Sus ojos se perdieron en la imagen de Jenny tirada en el suelo. Con la el rostro en un rictus de dolor y la jeringuilla sobresaliendo, implacable, de su estomago.

Cuando, por fin pudo reaccionar, Jake dio un veloz salto y golpeó con todas sus fuerza a Pete que salií despedido hasta despeñarse por el alto edificio en el que estaban.

-Jenny –susurró arrodillándose junto a la chica.

-Jake –Jenny le miró con ojos inexpresivos. –Me alegro de que hayas vuelto.

-Nunca me fui –replicó él agarrándola para apoyarla sobre su regazo.

-Sabía que Quinox no podía ser malo –decía la muchacha sonriendo.

Jake también sonrió. Jenny debía pensar que él era Quinox. Dudó un momento entre decirle la verdad o no, pero decidió callárselo. No sabía si Tom querría que ella lo supiera.

De repente, la muchacha comenzó a temblar violentamente. Su cuerpo aumentó bruscamente de temperatura. Jake intentó agarrarla pero Jenny estaba totalmente fuera de control.

-¿Qué le pasa? –preguntó una voz a su espalda. Jake se giró.

Tom acababa de posarse en la azotea del edificio y se acercaba a ellos con expresión preocupada.

-¿Qué le pasa? –repitió con más firmeza tras ver las espasmos de la muchacha.

-No lo se.

Tom lo vio todo claro al percatarse de la jeringuilla clavada en el estomago de la muchacha. Lanzando una exclamación sacó la aguja de la suave piel de Jenny.

-Se ha inyectado el virus –dijo sin dejar de observar a ala chica. –Su cuerpo es demasiado débil. No puede controlar el poder.

Como si sus palabras lo hubieran invocado, los brazos de Jake se convirtieron en dos antorcha contra su voluntad. Jake soltó una exclamación y se miró las manos mientras el fuego invadía el resto de su cuerpo. Por suerte, no sentía dolor ninguno.

-¿Qué está pasando?

Tom levantó a Jenny en brazos sin mirar a Jake. Sabía que el hombre no corría peligro.

-Jenny está cambiando tu ADN inconscientemente –contestó. –Esta fuera de control.

Jake, haciendo caso omiso del fuego que cubría su cuerpo se asomo por la barandilla de cemento de la azotea, al escuchar gritos desde la calle.

-Ahí abajo también está cambiándolo –informó al ver que, muchos metros más abajo, la gente empezaba a experimentar cambios en su cuerpo. Algunos se hacían invisibles, otros estallaban en llamas como Jake. El hombre vio incluso a un muchacho que se convertía de repente en un hombre de acero. –Tenemos que hacer algo.

Tom ya se había puesto manos a la obra. Colocó a Jenny que temblaba violentamente, apoyada en el muro y se puso frente a ella.

-Jenny –la llamó. –Cariño, mírame.

La muchacha abrió los ojos como en un sueño sin poder controlar sus espasmos.

-Tienes que concentrarte –le dijo Tom. –Tienes que desear parar.

-¿Qué me está pasando? –preguntó la muchacha, tartamudeando.

-Cierra los ojos –la ordenó el joven ignorando su pregunta.

Jenny obedeció.

-Relájate.

-Tiene que darse prisa –aconsejó Jake cuando vio que los reclusos que atacaban la ciudad también estaban dando señales de poderes. –Ahí abajo se está intensificando el caos.

-Venga, Jenny –urgió Tom. –Concéntrate.

La mujer apretó los ojos, intentando concentrarse a pesar de los espasmos que invadían su delicado cuerpo. Mientras, en la ciudad, muchas personas estaban sufriendo cambios en su ADN. Algunas los recibían con terror; otros, aún sin comprender por qué les sucedía aquello, se alegraban.

El cuerpo de Tom también estaba sufriendo cambios. La capa negra que le cubría la mano cuando Caos estaba vivo volvió a aparecer, pero esta vez cubría su cuerpo entero, como Frankie. Sin duda, potenciado por el poder descontrolado de Jenny, el virus de Caos que habitaba en su interior se había reactivado. Quizás con más fuerza de antes.

Jenny seguía con los ojos fuertemente cerrados. Tom le cubrio las manos con las suyas.

-Vamos, cariño –la animaba. –Puedes hacerlo.

Detrás de ellos, Jake era presa de incendios intermitentes. Tan pronto se le incendiaba la cabeza como se le quitaba el fuego y pasaba a ocupar otras partes de su cuerpo. No le dolía pero era terriblemente incomodo.

Finalmente, todo cesó. La expresión dolorida de Jenny se suavizó. Los cambios en Tom y Jake pararon desapareciendo por completo. En las calles de Raven City, se hizo el silencio solo interrumpido por el llanto de un niño o el gemido de alguna mujer.

Jake echó una mirada sobre el muro. Todo había acabado. Había personas tiradas en las calles, otras se levantaban a duras penas. Pero los poderes no se habían ido. Aquí y allá, alguien experimentaba con ellos, intentando comprender que había pasado.

-¿Cómo está? –preguntó arrodillándose junto a Tom y Jenny.

Tom observó la dulce expresión de Jenny que yacía con los ojos cerrados, relajada por fin.

-Ha conseguido controlarlo por ahora -contestó Tom. –Pero deberá aprender a hacerlo siempre.

Jake se levantó y se acercó a la jeringuilla que descansaba sobre el frío suelo de piedra.

-Todo es culpa mía –dijo pisando la jeringuilla y haciéndola trizas. –Si yo no la hubiera secuestrado no habría pasado todo esto.

Tom se levantó dejando a Jenny descansar y puso una mano en el hombro de Jake.

-No te atormentes –le dijo. –Al final lograste enmendar tu error. Si no hubiera sido por ti, quizás todo hubiera sido peor.

-Te subestimé, Tom. Lo siento.

Tom le miró directamente a los ojos, comprendiendo que estaba realmente arrepentido.

-No pienses ahora en eso –le tranquilizó. –Ahora tenemos que cuidar de ella –dijo volviendo la mirada al cuerpo inmóvil de Jenny.

Jake asintió. Tom, sin añadir una sola palabra más se acercó a la muchacha, que dormitaba relajada por fin y la cogió en brazos. Después se elevó en el aire, seguido de Jake y llevaron a la chica hasta su casa.

Dos días después, Tom observaba la ciudad desde lo que quedaba del Raven Plaza que, aún después de haber perdido su parte más alta, seguía siendo el edificio más alto de la ciudad.

Poco a poco, Raven City había vuelto a la normalidad. Gran parte de los reclusos que Ryan Jones había liberado de la cárcel habían sido arrestados de nuevo. El resto habían huido fuera de la ciudad, asustados por los cambios en su cuerpo después de que Jenny los transformara.

Ningún ciudadano había dicho nada acerca de sus poderes. Tom sabía que no todos habían visto modificado su ADN. Por suerte, Jenny había recuperado el control pronto y no había tenido tiempo de transformarlos a todos. Aún así, el muchacho estaba convencido de que gran parte de los habitantes de la ciudad se encontraban en aquellos momentos en su casa averiguando qué podían hacer.

Algunos usarían sus poderes para el bien, ayudando a gente indefensa; otros no harían nada, limitándose a ignorar su habilidad y seguir sus vidas con normalidad. El resto intentaría usarlos para su propio beneficio. Para controlar a estos estaba él.

Tom observó su cuerpo cubierto de negro. Jenny había reactivado el virus de Caos en su interior y ahora podía transformar su cuerpo, aunque la reactivación no había dado para controlar su densidad. La transformación por sí misma no le valía de mucho, pero Tom sonrió al pensar que era una buena alternativa a un incomodo traje de malla.

Quinox echó un ultimo vistazo a la ciudad. La cuna de una nueva raza de hombres y mujeres. El inicio de una nueva era en la historia de la humanidad. Un mundo con gente con superpoderes. Muchos de ellos tendrán hijos, y esos hijos tenían grandes posibilidades de heredar los poderes de sus padres. Así, poco a poco, se irían extendiendo y, tal vez, muchos años después sería la única raza existente. Tom no sabía si eso, realmente, sería así y, la verdad es que tampoco le importaba. Al menos no en ese momento.

Como una exhalación, Quinox sobrevoló la ciudad que estaba destinado a proteger, quizás el resto de su vida. Voló entre las calles, dejándose ver sin ningún problema, pues transformado, nadie podría reconocerlo. Algunas personas alzaron la mirada y le señalaron. Otros le insultaron. Pero la mayoría no dijo nada. La ciudad, poco a poco, se iba acostumbrando a ver a un individuo completamente negro atravesar como un rayo la ciudad de Raven City. Una ciudad que precisaba un héroe. Una ciudad que aún tardaría mucho en morir.

Jenny abrió los ojos lentamente cuando una mano acaricio suavemente su mejilla. Tom estaba junto a ella, sentado en la cama en la que estaba descansando.

-¿Se ha ido? –preguntó él en voz baja.

Ella asintió con la cabeza.

-Hace un rato –susurró Jenny apenada.

Jake había decidido irse de la ciudad. No podía evitar pensar que había estado a punto de convertirla en la capital de un nuevo orden mundial de terror y de dolor. Tom había intentado persuadirlo, pero fue inútil. Al final había decidido respetar su decisión. Con la condición de que algún día volviera.

-¿Cómo estas? –Tom se acercó un poco más para hablarle directamente al oído.

-Ahora que mi héroe está aquí, mejor –Jenny rodeo su cuello con sus brazos y le besó dulcemente. -¿Está la ciudad a salvo, Quinox?

-Por ahora, parece que sí.

Ella sonrió. El la imitó y esta vez fue él quien la besó a ella.

La ciudad de Raven City permaneció en paz aquella noche. Y la noche siguiente también. Aún pasaría un tiempo antes de que la gente aprendiera a usar sus poderes y Quinox tuviera que dedicarse a proteger a los ciudadanos de las personas que los usarían para su propio beneficio.

Tal vez, algún día los poderes desaparecían, tal vez se quedaran igual; o a lo mejor crecían. Eso nadie lo sabía, pero mientras sucedía una cosa u otra, Quinox estaría allí, rompiendo el aire y velando por la seguridad de sus vecinos.


FIN


Publicado en www.tierrasdeacero.com en formato Cuaderno Tierras de Acero en abril de 2008


Quinox II: Transformación

jueves 16 de abril de 2009

Su mano estaba negra. Tom la observaba asustado mientras gruesas gotas de sudor corrían por su frente ¿Qué le estaba pasando? El hormigueo se estaba extendiendo poco a poco por su brazo mientras su piel se oscurecía lentamente. Cerró los ojos esperando no encontrar nada al abrirlos pero su piel seguía volviéndose negra. Entonces sonó el timbre.

Tom maldijo en silencio. Debía ser Jenny. Habría visto la luz de su casa encendida y habría ido a saludarle. No podía abrirla así, con la mano negra. Aunque quería verla… necesitaba verla. Sin pensarlo dos veces corrió a la puerta y la abrió, escondiendo su mano tras la espalda.

-¡Tom! –Jenny le rodeó con sus brazos sin que el muchacho pudiera hacer nada. El la abrazó a su vez, aunque con una sola mano.

-Hola, Jenny –contestó en voz baja.

El hormigueo seguía extendiéndose y ya lo notaba casi en el hombro.

-Estaba muy preocupada –le dijo ella poniéndose seria de repente. -¿Dónde has estado todo este tiempo?

Tom dudo un momento antes de contestar. Finalmente le dijo lo primero que le vino a la cabeza:

-He estado visitando a unos familiares. Lo siento mucho.

La muchacha sonrió y Tom bebió de esa sonrisa como si fuera agua en un desierto.

-No pasa nada –dijo. –Te he echado de menos ¿sabes? –continuó en un susurró.

Tom sintió como su cara enrojecía de repente, al mismo tiempo que el hormigueo seguía avanzando. No se atrevía a moverse apenas. La chica notó su tensión.

-¿Te pasa algo, Tom? –le preguntó observándole fijamente.

Tom puso la sonrisa más ridícula que podía haber puesto.

-No… quiero decir, sí –tartamudeó. –Es que…

En ese momento alguien apareció por la puerta del ascensor.

-Jenny –preguntó Jake. -¿Qué haces…?

Pero su voz se apagó al ver a Tom. Sus miradas se cruzaron un momento. Jake, atónito ante la presencia de Tom se quedó sin habla. Tom, a su vez, mantuvo su rostro impasible, como si no hubiera sucedido nada, aunque en el fondo deseaba saltar sobre él y vengarse de lo que le había hecho. Pero eso no sería justo para Jenny. Ni siquiera sabía si quería que la chica lo supiera. El hormigueo seguía avanzando.

-Hola, Jake –saludó, intentando sonreír. -¿Cómo estás?

-Ehh, bien – tartamudeó Jake sin dar crédito a sus ojos -¿Dónde has estado? Te hemos echado de menos por aquí.

Tom lo miró fijamente sin poder creer la hipocresía del muchacho.

-He ido a visitar a unos parientes ¿Hoy no has quedado con tus amigos? –le preguntó Tom con ironía.

Jake agarró a Jenny de la cintura en un intento de recuperar la normalidad y fingir que él no tenía nada que ver con la ausencia de Tom.

-No –contestó besando a Jenny en la mejilla con tranquilidad. –Prefiero venir a ver a mi chica.

Tom sonrió al ver como el rostro de Jake se había ido perlando de sudor lentamente. Debía estar nervioso y eso le alegraba. Le gustaba la idea de ver como el hombre que había intentado matarle temblaba sutilmente. No pudo evitar recordar cuando Frankie le dijo que le gustaría estar allí cuando Jake descubriera que seguía vivo. Tom también deseó que fuera así. Se habrían reído mucho juntos.

-Bueno, nena -continuó Jake empujando suavemente a Jenny hacia su casa. -Vamos dentro. Tom tendrá que poner su casa en orden ¿no?

Tom sonrió, incomodo. El hormigueo ya iba por su hombro. Se lo intentó mirar con disimulo pero no vio nada extraño.

-Sí. Gracias por venir, Jenny –se despidió bruscamente, impaciente por mirarse el brazo por comprobar qué le estaba sucediendo.

En cuanto la puerta estuvo cerrada se quito la camiseta a toda velocidad y se miró en el espejo. Estaba empapado en sudor, pero aparte de eso no había nada. La oscuridad había desaparecido y su piel volvía a tener el color de siempre.

Con un suspiro se apoyó en la pared y se dejó caer hasta el suelo. Allí sentado, lloró. Lloró por sus padres a quienes les gustaría poder ver. Ellos podrían ayudarle, podrían aconsejarle sobre qué hacer. Lloró por su soledad y por la maldición que había caído sobre él.

Por la noche, Jake salió del portal dando un portazo con la puerta. No podía creer que Tom siguiera vivo. Esa caída debía haberle matado. Y sin embargo estaba allí. Pero ese no era el problema. Ahora que había vuelto, su relación con Jenny estaba en peligro. ¿Qué ocurriría si Tom decidía contarle lo que había sucedido en el Puente Nuevo? A ella o a cualquier persona. Jake sacudió la cabeza intentado apartar aquellos pensamientos de su mente. Se apoyó en el capó de su coche para tranquilizarse. Eso no podía suceder. Y él mismo se encargaría de callar a ese desgraciado.

A la mañana siguiente, Tom bebió un largo trago de café. La luz del nuevo día se filtraba por las rejillas de la persiana, completamente bajada. En el exterior ya se escuchaba el sonido de la gente al ir a sus lugares de trabajo. El ajetreo había comenzado en la ciudad. Pero él se sentó en un sillón a esperar.

La radio sonaba en el otro lado de la habitación. Había estado toda la noche escuchándola, esperando alguna noticia de Caos. Sabía que, posiblemente, la criatura estaría en el edificio abandonado en el que encontró a Jenny, pero había decidido no ir a por él. No mientras no encontrara una forma de derrotarle. No tenía sentido enfrentarse a él una y otra vez sin conseguir nada. Prefirió esperar a que el monstruo apareciera e ir a salvar a la gente a la que atacara.

Había estado dándole vueltas al tema toda la noche. Buscando una manera de derrotarle. Pero ¿cómo podía hacerlo si incluso un coche lo atravesaba? Intentó buscar una explicación a aquello y, finalmente, llegó a la conclusión de que, de alguna forma, Caos era capaz de modificar su densidad para lograr que los objetos le atravesaran. Cuando quería golpear aumentaba su densidad y, si quería que algo no le hiciera daño la disminuía para conseguir que pasara a traves de él. De la misma manera que un ser humano era capaz de atravesar el agua con la mano. Era la única explicación lógica que había encontrado. Intento también averiguar como podía Caos tener aquél poder y de donde había salido, pero desistió cuando se dio cuenta de que ni siquiera sabía cómo tenía él mismo sus propios poderes.

Se sirvió otra taza de café y se lo bebió de un solo trago. Se observó un momento en el espejo. Tenía los ojos demacrados por la falta de sueño y su pelo aparecía alborotado. Estaba cansado. Tenía que encontrar la forma de averiguar qué estaba pasando. Si no, no sabía como iba a acabar.

En ese momento, sonó el timbre. Tom sonrió esperando que fuera Jenny y, tras peinarse apresuradamente fue a abrir. Sus esperanzas se hicieron realidad cuando encontró a la chica de pie frente a su puerta. Estaba preciosa. Tom la miró sin saber qué decir.

-¿Puedo pasar? –preguntó ella sonriendo.

-Claro –Tom se hizo a un lado sin poder dejar de mirarla.

-Tengo un regalo para ti –le anunció ella escondiendo algo tras su espalda.

Tom enarcó las cejas, extrañado. ¿Qué podría traerle ella?

Cuando Jenny se lo enseñó, Tom se encontró con un libro marrón. Recordaba haber visto que la chica tenía el mismo libro en las manos la noche en que la salvó de las garras de Caos, pero no imaginaba qué podía ser. No sabía que podía haber en aquél edificio abandonado que pudiera regalarle a él. Intrigado, abrió el libro y comprobó que se trataba de un álbum de fotos casi vacío. Pero lo que más le sorprendió fue encontrar una imagen de su padre.

Estaba sentado en una silla, frente a una mesa de oficina. Con su eterno cigarrillo entre los dedos. Su barba, perfectamente recortada y cubierta por una capa de canas ocultaba gran parte de su piel morena. Tom examinó la foto y comprobó, sorprendido, que su padre estaba en el mismo laboratorio que era la guarida de Caos. En la foto estaba bastante más ordenado y limpio, pero era el mismo edificio. Estaba seguro.

-¿Dónde has encontrado esto? –le preguntó a Jenny.

-Ordenando mi casa –mintió la chica. –Lo encontré entre los antiguos libros de mi padre. A lo mejor el tuyo se lo dejó en mi casa y no volvió a recuperarlo.

Tom sonrió comprendiendo. Lógicamente, Jenny no le iba a decir que lo había cogido de la guarida de una extraña criatura asesina.

-Gracias –susurró el muchacho.

La chica bajó la mirada, tímida.

-No a sido nada. Escucha –dijo, -tengo que decirte algo. Llevo mucho tiempo queriendo hacerlo, pero como te has ido…

Se interrumpió cuando Tom posó una mano en su barbilla y le levantó la cabeza.

-No hace falta que digas nada –le dijo Tom suavemente. –Yo también.

Sus labios se acercaron lentamente. Tom sintió el aliento de la chica en su cara y acaricio su cabello.

«La extraña criatura llamada Caos ha vuelto a atacar», dijo de repente el comentarista de la radio. Los dos chicos se separaron bruscamente y dirigieron su mirada al aparato.

«En estos momentos», continuó el hombre, «se encuentra en la central eléctrica de la ciudad. En varios sectores ya han sufrido apagones debido a…»

Tom se puso nervioso de repente. Debía ir a ayudar a la gente de la central. Jenny también se volvió inquieta. Tom comprendió que quería volver al laboratorio aprovechando que Caos estaba fuera. Ojala pudiera impedírselo de alguna manera, pero no podía dar a entender que sabía las intenciones de la chica. Por lo menos, mientras él estuviera con Caos, Jenny estaría a salvo.

-Tengo que irme –susurró ella, nerviosa. –He de hacer unas cosas y…

-No te preocupes –contestó. –Lo entiendo.

-Gracias –dijo Jenny antes de salir por la puerta. Tom escuchó que bajaba por las escaleras, apresurada.

Suspiró, maldiciendo por lo bajo. Caos realmente era muy inoportuno. Sintió un pequeño acceso de alegría al recordar lo cerca que había estado de sus labios, pero inmediatamente se recompuso. Salió de la casa rápidamente y subió hasta la azotea. Tenía que darse prisa o Caos mataría a alguien.

El montacargas tembló violentamente. Algo estaba atacando la central en el exterior y sacudía los cimientos del edificio. David intentó tranquilizar a sus hombres que gritaban pidiendo auxilio, desesperados.

-¡Tranquilos, chicos! –gritaba. -¡Alguien vendrá en nuestra ayuda!

-¿Y quién nos salvará de eso? –preguntó uno de los hombres señalando algo en el exterior del montacargas.

David se giró. Y comprobó con horror como una criatura destruía los condensadores de electricidad. Esa era la criatura de la que hablaban en los informativos. Hasta entonces, David había pensado que todo era una mentira. Pero ahora lo tenía delante. Y aunque le costara pensar en ello, sería la razón de su muerte. La suya y la de sus compañeros de trabajo.

La criatura lanzó un grito. David retrocedió asustado. El montacargas recibió otro golpe y se tambaleo bruscamente. El hombre se lanzó sobre el panel de mandos y pulsó el botón rojo desesperadamente, rezando para que el sistema respondiera y el montacargas descendiera hasta el suelo para que todos pudieran huir. Pero eso no sucedió.

En vez de eso, el montacargas volvió a temblar tras una nueva embestida de la criatura. Uno de los cables que aguantaban el elevador se soltó. El ascensor descendió bruscamente por uno de sus lados, haciendo que todos los ocupantes cayeran al suelo, enredados unos con otros. David intentó ponerse en pie pero el movimiento brusco de sus compañeros le impedía moverse. Ese movimiento hizo que el montacargas comenzara a balancearse.

-¡Estaos quietos! –grito, intentando hacerse oír entre el sonido de las explosiones que provocaba la criatura. -¡Esto se va a caer!

No pudo evitar echar una mirada abajo. Estarían como a unos veinte metros. No podrían sobrevivir a una caída así. Miró a la criatura causante de todo aquello. Estaba destrozando todas las instalaciones exteriores de la central. A esas alturas mas de una sección de la ciudad debía estar sin luz.

Y entonces, el único cable que sostenía el montacargas se soltó. El elevador cayó a toda velocidad. Los hombres gritaban, llenos de rabia y miedo. David cerró los ojos, esperando sentir el golpe que le aplastaría contra el suelo. Pero ese golpe nunca llego. Al contrario, el montacargas descendió suavemente hasta posarse lentamente en el suelo.

David abrió entonces los ojos pensando que estaba muerto, pero comprobó con alivio que aún se encontraba en la central, escuchando el ensordecedor sonido de la destrucción que provocaba la criatura. Buscó con la mirada el origen de su salvación, mientras sus hombres se apresuraban a salir, entre empujones, del montacargas. Y vio a lo lejos, una figura. Parecía ser un hombre ¿Podía ser que ese hombre hubiera detenido de alguna manera la caída del montacargas? A pesar de estar cansado y aún un poco asustado, decidió ir averiguar quien era esa persona. Sin perder de vista la figura, lo siguió a través de la destruida central eléctrica.

Tom buscó con la mirada a Caos. Escuchaba el sonido de su destrucción pero no podía verle. Aún no sabía si iba a enfrentarse a él. Sólo quería comprobar que no hacia daño a más personas. Hacia un momento había salvado a un grupo de trabajadores de la central que habían quedado atrapados en un montacargas. No sabía cuantas personas más podrían quedar.

Entonces, una pared que se encontraba junto a él se rompió en pedazos y, de ella, surgió una figura oscura. Tom saltó a un lado para esquivar a Caos y aterrizó a varios metros. Se puso en posición de combate, dispuesto a volver a evitar el ataque del monstruo, pero para su sorpresa, Caos se giró y se dirigió a otro lugar.

Tom enarcó una ceja, extrañado. ¿Por qué no le había atacado? Lentamente, se elevó en al aire y se dispuso a seguirlo.

David, miraba perplejo la figura que acababa de elevarse en el aire y seguía a la extraña criatura negra. No podía creer que una persona pudiera volar. Aunque, por otro lado, un monstruo negro estaba destruyendo la central eléctrica en la que trabajaba. De una cosa sí estaba seguro: ese hombre no era peligroso. Le había salvado a él y sus compañeros de una muerte segura, así que sus intenciones debían ser buenas.

Con paso rápido, salió de detrás del montón de escombros en el que se había escondido y corrió en pos del hombre volador.

Tom notó algo extraño en el comportamiento de Caos. Iba de aquí para allá sin orden ni concierto. Saltaba sobre un montón de escombros y lo desperdigaba en un momento para, acto seguido dirigirse a otro y hacer lo mismo. Daba la sensación de estar buscando algo.

El muchacho distinguió algo que se movía entre la vorágine que estaba creando Caos. Una mujer corría de un lado a otro, intentando esquivar los escombros que llovían sobre ella. Si no la rescataba pronto, moriría aplastada.

Tom se abalanzó sobre ella, pero un tentáculo negro como la noche se interpuso entre él y la mujer. Recibió un golpe en el estomago que lo lanzó por el aire y lo estrello contra una pared cercana. Ahora Caos sí se fijó en él. Tuvo que saltar para esquivar un nuevo tentáculo que se estrelló contra la pared. Voló alrededor de la criatura, buscando a la mujer que estaba atrapada y la localizó corriendo aterrada, buscando un sitio en el que esconderse.

Finalmente la agarró y la elevó en el aire, llevándola a un lugar seguro.

-¿Quién eres? –preguntó la mujer cuando volvió a estar en tierra firme. Mientras miraba fijamente a Tom.

El muchacho maldijo por lo bajo. Le había visto la cara y eso era precisamente lo que él no quería. Pero ya no podía arreglarlo así que contestó. Respondió lo mismo que había contestado un día antes cuando Jenny le había preguntado exactamente eso.

-Me llamo Quinox. Y ahora deberías irte. Este lugar es peligroso –y sin decir una palabra más se elevó en el aire y se dirigió hacia Caos.

La criatura se hallaba destruyendo lo poco que quedaba de la central sin ningún orden. Tom, harto de rodearle y observarle, se lanzó contra él. Caos le recibió con los tentáculos en alto. El chico los esquivó e intentó golpearle pero fue inútil. Luego le lanzó varios montones de escombros con su telequinesia pero le atravesaban. Tom maldijo enfadado. Era como si fuera invisible.

Entonces el hormigueo volvió a su mano. «No», pensó, «ahora no». Se alejó de Caos volando, elevándose en el aire, para ponerse a salvo y observó su mano derecha. Empezaba a volverse negra otra vez. No sabía que demonios podía ser aquello, pero le asustaba. Incluso más que Caos.

De repente, la criatura apareció frente a él. Un tentáculo le golpeó y lo lanzó contra él suelo. Tom logró estabilizarse a duras penas y cayó de pie, pero el otro tentáculo ya se abalanzaba sobre él. De un salto lo esquivo e, instintivamente se lanzó sobre Caos. Intentó estrellar su puño contra la criatura… y lo consiguió. Caos salió despedido en el aire, pero logró estabilizarse y aterrizó en el suelo, hundiendo sus pie en él.

La criatura observó al joven, entre asombrado y curioso. De la misma manera que Tom observaba ahora su mano derecha. Se estaba cubriendo poco a poco de negro y le daba la sensación de que, precisamente por eso, había podido golpear al monstruo. Empezó a pensar que, tal vez, no fuera tan malo.

Con un grito de triunfo se abalanzó sobre Caos golpeándole con fuerza. La criatura salió despedida atravesando una pared y cayendo fuera de la central. Tom sonrió y se observó la mano, la movió frente a su cara. Ya pensaría más adelante por qué le sucedía aquello. Ahora tenía la oportunidad de derrotar a Caos e iba a aprovecharla.

David corrió hacia donde estaba Sue. El hombre volador la había salvado de una muerte segura y la mujer se encontraba escondida tras un montón de ladrillos.

-Sue –dijo cuando estuvo cerca de ella. -¿Estas bien?

Sue no contestó. En vez de eso se asomó por encima del montón de escombros y observó al joven que acababa de salvarle la vida.

-Puede volar –susurró.

-¿Cómo es? –preguntó David intrigado.

-Es… joven.

-¿Pudiste verle la cara?

Sue afirmó con la cabeza y volvió su mirada a hombre.

-Habrá que informar de esto –dijo David dirigiendo su mirada a la batalla que se desencadenaba en el exterior de la central.

Tom lanzó una roca contra el tentáculo que se abalanzaba contra él, ayudado por su telequinesia. Voló alrededor de Caos y se lanzó hacia él. Se golpearon mutuamente y aguantaron los embistes del otro mientras rodaban en el aire.

Caos no podía volar, pero sus saltos eran de gran altura y tenía una gran agilidad lo que le permitía moverse con facilidad mientras estaba en el aire.

Otro tentáculo cayó sobre él. Tom lo agarró con su mano oscura y tiró de él, estrellando a Caos contra el suelo. Pero la criatura se puso de pie al instante y volvió a atacar. Su puño se estrello contra el rostro del muchacho que salio despedido, pero se recompuso pronto y volvió a atacar. No había pensado que le costara tanto vencer a Caos una vez que averiguara la manera, pero comprobó que la criatura era más fuerte y peligrosa de lo que parecía.

La batalla les llevó a la gran llanura que había en el exterior de la central. Allí no había nada, tan solo un río que partía la llanura en dos. El cielo empezó a nublarse, como si presagiara lo peor y, pronto comenzó a llover.

Tom esquivaba los golpes de su enemigo con gran velocidad. Los tentáculos le atacaban por todos lados y se defendía a duras penas. Hasta que, finalmente vio la oportunidad. Golpeó con todas sus fuerzas el rostro de Caos; luego impulsó su puño hasta el estomago. La criatura dobló su cuerpo, dolorida y Tom descargó su puño oscuro sobre su espalda, con toda la fuerza que tenía.

Caos lanzó un grito de agonía mientras caía directamente al río, provocando que salpicara agua por todas partes. Aún después de hundirse se escuchó durante un breve instante un grito de odio. Y entonces, la voz de Caos se apagó.

Tom descendió hasta posarse en el suelo y se dobló apoyando sus manos en las rodillas, cansado. Esperó un rato, pero Caos no salió del río. Sonrió. Por fin le había vencido. Había derrotado a Caos y había salvado la ciudad. Observó su mano. El color negro estaba remitiendo ya y su mano volvía ser normal. Volvió a sonreír, alegre. No sabía por qué le sucedía aquello, pero había resultado ser una ayuda más que una amenaza.

Pero aún seguía la incógnita de por qué le sucedía aquello. ¿Por qué tenía telequinesis y fuerza sobrehumana? Empezaba a tener una ligera idea de donde podría encontrar alguna respuesta. Y Jenny se encontraba en ese lugar.

Jenny estaba revolviendo entre los papeles que había encontrado en el interior de un cajón, en una antigua mesa. En muchos de ellos aparecía el nombre de Jhon Randall, el padre de Tom. Eso le parecía bastante extraño pues no podía imaginar que tipo de conexión podían tener Caos y él. Había encontrado otro álbum de fotos. En él había imágenes de Jhon con otras personas. Lo había guardado para dárselo a Tom. Seguro que le gustaría tener más recuerdos de su padre. Aunque, por otro lado, no le gustaba la idea de ocultarle de donde los había sacado. Él tenía derecho a saberlo.

Un sonido interrumpió sus pensamientos. Jenny se giró bruscamente, asustada, pero se relajó al ver una figura humana entrecortada con la luz que provenía de la ventana.

-Veo que no me hiciste caso –comentó Quinox, manteniéndose lo suficientemente alejado de ella para que no pudiera reconocerle.

-Tenía que venir a recoger algunas cosas. Tú también has vuelto –observó ella.

Quinox lanzó una pequeña risa.

-Sí. Caos ya no es un problema. Acabo de matarlo.

El mundo se le vino debajo de repente a Jenny. Si Caos ya no estaba no tendría sentido averiguar de donde había salido. La gente lo olvidaría pronto y pasaría a ser poco más que una leyenda en la larga historia de Raven City.

-Vaya –susurró desanimada.

-¿No te alegras?

-Sí, claro. Es que… tengo que irme –dijo de repente.

-Ten cuidado –le aconsejó Quinox. –Lo único peligroso no era Caos. Hay otras cosas.

Jenny sonrió, observando a la figura oscura. Su voz le sonaba de algo, pero no era capaz de reconocerla.

-Gracias –dijo dispuesta a marcharse pero se giró bruscamente. –Quinox –le llamó, -¿qué harás ahora que Caos no está?

-No lo se –la voz del desconocido se tornó un tanto melancólica de repente. –Tengo algunas cosas que hacer.

-¿Seguiremos disfrutando de tu protección en Raven City?

-No voy a ponerme una malla y los calzoncillos por fuera, si es a lo que te refieres –rió él.

-No, claro que no –Jenny miró la figura y entonces, se marchó. Atravesó el laboratorio derruido hasta salir al aire libre con el firme presentimiento de que volvería a ver a Quinox.

Tom se quedó solo en el laboratorio que fue de su padre. Observó las paredes sucias y el suelo cubierto de papeles y polvo. En ese lugar había trabajado su padre. Apenas tenia cuatro años cuando murió, pero su recuerdo seguía vivo en su mente. Aunque nunca supo donde trabajaba. Hasta ahora.

Recorrió toda la estancia, investigando todos los cajones y montones de papel que veía pero no encontró nada. Entonces recordó que Jenny tenía un libro en la mano cuando la encontró allí. Era posible que hubiera encontrado algo de utilidad. Algo que, tal vez, le daría a él. Pero no podía arriesgarse a que no se lo diera. Si era algo que no le incumbía a él, era normal que se lo quedara. Decidió que buscaría la forma de averiguar qué había en ese libro.

Por la tarde, Tom escuchó un portazo. Preocupado se asomó por la mirilla de la puerta y comprobó que Jake salía enfadado de la casa de Jenny. A lo mejor habían discutido, pensó con una sonrisa.

Se apartó de la puerta y recorrió lentamente el pasillo hasta llegar a la ventana. Observó la ciudad. El sol ya estaba cayendo y la oscuridad se cernía sobre ella. Como Caos había destruido la central eléctrica no había luz en ningún sitio. La gente caminaba apresurada para llegar pronto a casa y que no le sorprendiera la noche. Se sintió orgulloso de haber salvado la ciudad. Por desgracia, nadie sabría que había sido él, quien había vencido a Caos. Pensó en la pregunta que le había hecho Jenny en el laboratorio. Sonrió al imaginarse a sí mismo, como un superhéroe. Aunque, por otro lado, le fastidiaba no poder usar sus poderes para ayudar a otros.

Sacudió la cabeza apartando esos pensamientos de su mente. Tenía que centrarse en lo más importante. Averiguar qué había en el libro que Jenny se había llevado del laboratorio. Se le ocurrió una idea un tanto descabellada. Quizás no era lo mejor que podía hacer, pero era lo único que se le ocurría.

Lentamente abrió la ventana y observó la calle, vigilando que no hubiera nadie que pudiera verle. Y entonces saltó al exterior, levitó pegado a la pared y se dirigió a la ventana de Jenny, que estaba tras la esquina del edificio.

Cuando llegó echó una mirada rápida. La ventana estaba abierta y por ella escuchaba el sonido de la ducha. Esperaba que Jenny acabara de entrar, así tendría tiempo para encontrar el libro. Con cuidado de no hacer ruido, se coló en la casa.

Pensó que era mejor empezar a buscar por su habitación. Allí se encontró con algo que no había esperado. Colgado en un cartel de corcho había montones de artículos y noticias recortadas de periódicos sobre Caos. En la mesa, había una libreta con algo escrito en la cubierta. «Caos: el origen», rezaba. Le daba la sensación de que Jenny estaba haciendo algún tipo de estudio sobre la criatura. Ahora comprendía por qué había parecido decepcionada cuando le había dicho que Caos estaba muerto; y por qué arriesgaba su vida yendo al laboratorio abandonado cuando Caos no estaba.

Buscó el libro en los cajones de su escritorio, bajo el colchón de la cama pero fue inútil, no lo encontraba. De repente, el sonido de la ducha se apagó. Tom se incorporó de golpe. Escuchó a Jenny salir de la ducha. Pero también escuchó algo más. Sollozos. Extrañado y arriesgándose a ser descubierto se acercó a la puerta y escuchó. Jenny estaba llorando.

Se sintió de pronto culpable. Culpable por estar allí espiando entre las cosas de la chica y también por lo que estaba pasando entre los dos. Tenía la sensación de que lloraba por su culpa y no le gustaba.

Entonces se fue. No había encontrado el libro, pero no quería arriesgarse a que Jenny le encontrara en su casa. Momentos después llamaba a su puerta, preocupado por ella.

La chica abrió, aun vestida con una bata y con el cabello húmedo. Tenía los ojos irritados de haber llorado.

-Hola –dijo con una sonrisa, intentando disimular el hinchazón de sus ojos.

-¿Estas bien? –preguntó Tom fingiendo no saber nada.

-Si, es que… -no pudo terminar la frase pues, de repente se derrumbó y las lagrimas acudieron a sus ojos.

Tom se apresuró a abrazarla para ofrecerle consuelo aunque, en realidad, no sabía qué podía hacer.

-Tranquila –susurró, mientras acariciaba su cabello. –Ya está.

-Lo he dejado, Tom –dijo la chica entonces sin poder reprimir el llanto.

Tom no sabía a que se refería.

-¿Qué has dejado qué?

-A Jake.

El muchacho cerró los ojos. Sintió un torbellino de emociones en su interior. Por un lado, se alegraba, pero por otro, no se sentía bien, pues Jenny lo estaba pasando mal.

-¿Por qué? –le preguntó aunque, tal vez, esa no era la pregunta que debía hacer. -¿Qué ha pasado?

-Tú –susurró ella mirándole directamente a los ojos. –Tú eres lo que ha pasado, Tom. Lo que ha pasado es que te quiero.

Tom observó su mirada, tan limpia como un manantial de agua clara y supo que decía la verdad. Supo que, realmente, la chica estaba enamorada de él. Y que, por fin, a pesar de todo lo que estaba sucediendo en su vida. Que entre la maraña de sufrimientos y peligros en los que se veía envuelto últimamente, una luz de esperanza y felicidad se abría hueco.

Y entonces, la besó. Esta vez nada los interrumpió cuando sus labios se unieron por fin y la cogió en brazos, llevándola lentamente al interior de la casa, a través de las velas que la muchacha había encendido para iluminarse.

Fuera, Raven City se oscurecía, privado de luz electrica, a medida que el sol se escondía tras las montañas.

Jake tiró el cigarro al suelo y lo aplastó con el pie, con rabia. Había pasado toda la tarde caminando por la ciudad y sus pasos le habían llevado al Puente Nuevo, el mismo en el que había atacado a Tom un mes antes.

Debía haber muerto. Ese maldito niñato, debía haber desaparecido después de aquello. Pero no fue así. Jenny no le había dicho nada cuando cortó su relación, un par de horas antes, pero Jake sabía perfectamente que el culpable era Tom Randall. Sabía que había algo entre ellos. No podía comprenderlo, por supuesto. No sabía qué podía ver Jenny en ese estúpido. Pero lo cierto era que le había dejado por él. Y eso había herido su orgullo.

Observó el río que fluía lentamente bajo el puente. Miró el lugar exacto en el que Tom cayó. El lugar en el que debía haber muerto. Sonrió. No había muerto en aquella ocasión, pero eso no cambiaba nada. Con Jenny o sin ella, Tom Randall recibiría su castigo. Por humillarlo de aquella manera. Simplemente por existir.

-Hola, Jake –susurró una voz tras él.

El muchacho se giró bruscamente, sobresaltado, pero no había nadie tras él.

-Buscas venganza ¿No es cierto? –habló de nuevo la voz.

-¿Quién eres? –preguntó Jake buscando el origen.

-Me llamo Ryan Jones –la voz sonó de nuevo tras él.

Jake volvió a girarse y, esta vez, se encontró con un rostro. Tenía el pelo largo y algo canoso. Y parecía tener unos cuarenta años.

-Y he venido a ayudarte –continuó el hombre.

Jake retrocedió un par de pasos, desconfiado.

Pero no se fue.

En las afueras de Raven City, cerca de la central eléctrica destruida, el agua del río se estremeció bajo el cielo nocturno. Primero surgió de ella un tentáculo, y luego otro, hasta que finalmente, Caos aplastó el suelo de tierra con sus poderoso pies.

Observó un momento la central eléctrica con sus ojos, rojos como la sangre, y los tentáculos, que parecían tener vida propia, revolviéndose tras él. Lanzó un gruñido y, después se alejó de allí, hasta perderse en la noche, sabiendo que había cumplido su misión.

Por la mañana, Tom despertó y se giró para abrazar a Jenny. Abrió los ojos al notar que ella no estaba a su lado. Fuera de la habitación escucho sonido. Sonrió. A lo mejor estaba desayunando.

Se quedo mirando el techo mientras pensaba en la noche. Sentía que su corazón por fin estaba en paz. Recordaba haber escuchado a Jenny susurrar palabras de amor que le supieron a gloria. Por fin, después de todo, había descubierto que los sueños sí podían hacerse realidad.

Iba a levantarse cuando, de pronto, Jenny apareció por la puerta con dos tazas de café y un periodico bajo el brazo. Tom la observó con cariño. Nunca la había visto tan bonita como en aquél momento. La muchacha sonrió mientras dejaba las tazas en la mesa de noche y se inclinaba para besarle.

-Buenos días –susurró él.

-Hola –sonrió ella. -¿Has dormido bien?

-Estupendamente.

Jenny se sentó a su lado y ojeó el periódico. Aún medio dormido, Tom se incorporó.

-¿Qué lees? –preguntó.

-Tenemos un héroe en la ciudad ¿sabes?

-Un ¿qué?

-Mira –dijo ella mientras plantaba frente a los ojos de Tom la portada del periódico.

Tom terminó de despertarse de golpe. «¿Quién es Quinox?» rezaba el titular. Debajo pasaba a explicar, como un extraño hombre con la capacidad de volar, una fuerza sobrehumana y telequinesia había derrotado a Caos. Por lo visto un hombre y una mujer lo habían visto en la central eléctrica. Y justo debajo de la noticia, la foto que abanderaba el periódico, era un retrato robot del supuesto héroe.

Tom suspiró aliviado cuando comprobó que no se parecía demasiado a él. De todas formas, en el futuro debería ir con más cuidado. Suponía que la mujer sería la que salvó de morir asesinada por Caos en la central, pero no sabía quien era el hombre.

-Qué cosas –comentó. -¿Crees que será cierto? ¿Un hombre que vuela?

-¿Por qué no? –replicó ella. –Al fin y al cabo había un monstruo con tentáculos que atacaba a todo el mundo. No sería raro un hombre que volara.

Tom sonrió ante la respuesta de la chica. Realmente ella conocía a Quinox. Incluso había hablado con él, que era más de lo que podían decir las personas que habían hablado con el periódico. Aún así, ella no se lo había dicho a nadie. Ni siquiera lo había comentado con él mismo y dudaba mucho que se lo hubiera dicho a Jake. Ella era más honesta que todo eso. Aquello le hizo quererla aún más. Supo que, si algún día decidía decirle la verdad sobre Quinox, guardaría celosamente su secreto.

-Claro –susurró.

La muchacha se inclinó un momento y buscó algo bajo la cama.

-¿Qué haces? –le preguntó Tom, extrañado.

-Espera –Jenny seguía buscando algo, -tengo algo para ti.

Finalmente sacó un libro. Un álbum de fotos. El mismo que llevaba la mañana anterior cuando la encontró hurgando en el laboratorio destruido de su padre y que era el refugio de Caos. El mismo que él había buscado la tarde anterior bajo el colchón de su cama, pero no bajo la cama. Sonrió ante su propia estupidez.

-¿Qué es? –fingió.

-He encontrado otro álbum de tu padre –mintió ella. –No te imaginas la de cosas que hay en mi trastero.

-Ya –dijo Tom sin poder evitarlo.

-¿Qué pasa?

-No, nada. Que.. –pero no pudo terminar la frase, pues algo había atraído su atención de forma poderosa.

La primera foto que había en el álbum mostraba a su padre sentado de nuevo en la misma silla que la otra foto. Pero esta vez, de pie junto a él, se apoyaba sobre la silla otro hombre. Un hombre que él conocía bien. Estaba más joven, su cabello era más abundante y más oscuro, pero era él. Estaba seguro.

Junto a su padre se erguía, con una amplia sonrisa en el rostro, Frankie.


Continuará...

Publicada en la web www.tierrasdeacero.com en formato Cuadernos Tierras de acero.

Quinox I: Metamorfosis

miércoles 15 de abril de 2009

Era de noche ya en Raven City. Las calles estaban vacías y pocas luces seguían encendidas en las ventanas de los edificios a esas horas de la madrugada. Una de esas ventanas estaba entrecortada por una tenue sombra.
Sentado en una silla, un hombre escribía en un diario con sus dedos agarrotados sobre el bolígrafo. Escribía con lentitud, mientras gruesas lágrimas surgían de sus ojos. Se arrepentía. Se sentía culpable de lo que iba a pasar, aunque no lo hubiera hecho intencionadamente. Pero había tomado medidas para evitarlo. Si todo salía bien, podría arreglarlo. Si no… No, no quería pensar en ello. Lo había arreglado todo para impedirlo. Por desgracia, estaba seguro de que no viviría para verlo.
Con un suspiro dejó el bolígrafo sobre la mesa y se pasó las manos por el rostro, cansado. Después guardó el diario en un cajón, mientras aún retumbaban en su mente las últimas líneas que había escrito: «Por fin he ocultado mi equivocación. Ya está todo preparado».

16 años después…
El almacén estaba a rebosar. Los trabajadores iban de aquí para allá preparando pedidos mientras un enorme camión entraba ruidosamente marcha atrás en el aparcamiento. Había bastantes clientes que caminaban de un lado a otro, buscando algo para comprar. Entre todas estas personas, un joven solitario preparaba un pedido en una esquina.
Tom Randall no tenía amigos. Desde que su padre murió de cáncer y, varios años después, su madre en un accidente de coche, apenas había tenido vida. Hacía ya dos años de lo de su madre, cuando él tenía 18, pero la echaba de menos como si fuera el primer día. Desde entonces se encerró en la casa que le habían dejado de herencia y no hacia vida social. Y no era porque no quisiera. Le costaba trabajo hacer amigos.
Había escogido aquél trabajo con la esperanza de conocer gente. Se sentía solo y necesitaba compañía, pero las cosas no habían salido como creía. Se sentía diferente y no era capaz de mantener con ellos una conversación de más de dos palabras.
Pensaba en estas cosas cuando por fin encontró el bote de pintura que estaba buscando. Lo observo un momento. No llegaba a alcanzarlo. Estaba demasiado lejos. Después de estirarse un momento logró agarrarlo. Con una sonrisa bajó de la escalera en la que estaba subido y se dirigió a la furgoneta para cargarla.
Lo que Tom no había notado es que el bote de pintura se había acercado a su mano. Solo.

Cuando, por la tarde, llegó a su casa, Jenny McMurphy le esperaba en la puerta.
—Hola, Tom –le saludó ella con alegría.
Tom le devolvió el saludo y observó su pelo rubio y sus ojos verdes. Se conocían desde pequeños y él siempre había estado enamorado de ella. Pero era una historia imposible. Ella era la gran chica preciosa y popular y él… ¿Qué era él? Un pobre hombre sin familia ni amigos que pasaba las horas en un almacén de pintura cargando furgonetas. Eso era él, un pobre solitario.
—¿Cómo te ha ido el día? –le preguntaba ella.
—Bien –Tom empezó a buscar las llaves en su bolsillo, pero al sacarlas cayeron al suelo.
Soltando una maldición Tom se agachó para recogerlas, pero Jenny fue más rápida y las cogió antes. De repente, sus manos se encontraron en lo que ha Tom le pareció un momento delicioso. Jenny pasó sus dedos por su mano y le miró a los ojos.
—No quiero que estés tan solo, Tom –le dijo con dulzura.
—¿Te doy pena? –replicó él con una sonrisa.
La chica sonrió con amargura.
—No… No es eso –añadió sacudiendo la cabeza. —Es…
Tom la miró a los ojos esperando a que continuara pero, en vez de eso, la chica acerco su rostro al de él. Tom cerró los ojos… Y entonces, un sonido los interrumpió. Ambos se alejaron de golpe y fingieron que no había sucedido nada. Jake Turner, el novio de Jenny, acababa de aparecer por el ascensor.
—Hola, Jenny –saludó mirándola fijamente. –Tom –añadió simplemente. Tom no dijo nada
—Hola, Jake –contestó Jenny. Después de eso entraron en casa de la chica sin decir ni una palabra. Pero Tom pudo ver como en el último momento, mientras Jenny cerraba la puerta, ella le miraba y él comprendió lo que sucedía.
Ella, quizás sentía algo por él, pensó Tom mientras entraba en su casa y soltaba las llaves sobre la mesa. No entendía por qué. El no tenía nada que pudiera interesarla. Era flacucho y débil. Nada extrovertido. No veía en qué podía gustarle. Y además teniendo a Jake a su lado… Fuerte y simpático. Definitivamente, con él estaba mejor. Y sin embargo esa mirada…
Con un suspiro se sentó en sillón, cansado.

“Ese estupido de Tom Randall”, pensaba Jake cuando salía de casa de Jenny. Se estaba metiendo donde no debía. Jenny era suya y solamente suya.
Atravesó la calle hasta llegar a su descapotable rojo. Con rabia abrió la puerta. Llamaría a sus amigos. Juntos le darían un escarmiento y así, ese enclenque, ese niñato, sabría lo que podía y no podía hacer. Y precisamente, acercarse a Jenny, era una de las cosas que no debía hacer.

—¡Randall! Prepara este pedido —Joseph, el jefe, se acercó a Tom con un papel en la mano. –E intenta no tirar ningún bote esta vez –añadió.
Tom suspiró contrariado. Era cierto que alguna vez se le había caído algún bote, pero podía decirlo de otra manera. Con fastidio fue a coger la escalera. Se le antojo inusualmente liviana, lo que le extraño mucho pues esa noche no había dormido demasiado bien.
Miró el papel. Bien, eso estaba en la tercera balda de la estantería. Subió con cuidado en la escalera. Siempre había tenido miedo de las alturas, aunque solo fuera el cuarto escalón de una escalera de mano. Buscó el artículo entre todos los botes de pintura y, al fin, lo encontró. Pero estaba lejos, así que se estiró para alcanzarlo mientras se agarraba con fuerza a la escalera. Sus dedos rozaban ya la tapa del bote cuando la escalera tembló. Tom movió el brazo instintivamente para agarrarse, con tan mala suerte que golpeó un bote. El bote se deslizó por la pulida superficie de la estantería.
Todo sucedió como a cámara lenta. Vio el bote detenerse en el borde de la estantería en situación precaria. Bailó una, dos veces. Y, finalmente, cayó. Tom intentó agarrarla al vuelo, pero fue inútil. Cerró los ojos esperando oír el golpe y los gritos de su jefe. Pero no sucedió nada.
Cuando abrió los ojos la boca se le secó, no podía articular palabra. Observaba, sorprendido, como la lata flotaba en el aire, cerca de su mano extendida. Y entonces, asustado, apartó la mano y la lata siguió su camino hasta estrellarse contra el suelo. La pintura saltó por todos lados, salpicando de color verde todo lo que había cerca.
Segundos después se escuchó la voz de Joseph.
—¡Randall! –gritaba —¿Qué demonios ha pasado?
Tom sacudió la cabeza, impresionado aún.
—No lo se, Joseph –intentó excusarse. –Yo…
—No quiero excusas, Tom –Joseph se pasó una mano por la cara, nervioso. –Esto no puede seguir así.
—Pero, Joseph, yo…
—Lo siento, Tom –le interrumpió el hombre. –Estas despedido.
Tom guardó silencio entonces. Miró a Joseph, miró el bote de pintura y miró a sus compañeros, que observaban la escena sonriendo. Y entonces lo comprendió todo. El nunca encajaría allí. Quizás no encajaba en ningún sitio. No era como ellos.
Con la mirada perdida en el suelo, derrotado, Tom se marchó. Cuando salió de la nave y el sol golpeó sus ojos, se miró las manos ¿Qué había pasado ahí dentro? ¿Había flotado realmente el bote de pintura o habían sido imaginaciones suyas? Y si lo había hecho ¿por qué?
De repente, el mundo se le vino abajo. Su amor por Jenny le corroía por dentro, había perdido su trabajo y, por si eso fuera poco, algo le estaba sucediendo.
Se apoyó en una pared desesperado. Ojala sus padres estuvieran vivos. Ellos sabrían qué hacer. Agobiado, dolido y preocupado se fue. Necesitaba pensar en todo ello.

La Calle Mayor de Raven City estaba a rebosar esa noche. Tom caminaba entre la gente como un zombi. Ausente, lo observaba todo, pero en realidad no veía nada. De vez en cuando echaba una tímida mirada a sus manos, recordando lo sucedido con el bote de pintura.
Había estado caminando por la ciudad toda la tarde. Poco a poco, su relación con Jenny y su despido habían pasado a un segundo plano. Ahora, lo que le importaba era saber qué había pasado esa mañana.
Se detuvo un instante en mirad de la acera. Sintió la gente pasar cerca de él. Algunos le miraron extrañados. Cerró los ojos intentando concentrarse ¿Qué había sucedido?
Entonces, el rugido de un coche inundó la calle. Tom abrió los ojos, sobresaltado. Cuando se giró para ver qué pasaba, comprobó que un coche atravesaba a toda velocidad la carretera. Cerca de él, a un niño se le escapó una pelota.
Todo sucedió muy rápido. Corrió hacia el niño, que no había visto el coche. Lo agarró, pero el coche ya se abalanzaba sobre ellos, fuera de control. Tom extendió las manos intentando proteger al niño… y detuvo el coche. Fue apenas un momento, pero sus manos se hundieron en el metal mientras las ruedas chirriaban, intentando continuar su camino. Finalmente las ruedas se detuvieron.
La multitud se había quedado quieta, observando a Tom. El muchacho no supo que hacer. El niño al que había salvado retrocedió un paso, asustado.
Y entonces Tom salió corriendo. Cruzó la Calle Mayor bajo la mirada de los viandantes. Algo le estaba sucediendo. Y algo grave.
Atravesó la ciudad, sin dejar de correr, hasta que llegó al Puente Nuevo, que unía las dos islas que formaban Raven City. Era un puente de metal sostenido por grandes cuerdas de acero. En él podían circular, tanto personas como vehículos. En una de las aceras que flanqueaban el puente, Tom se detuvo, apoyado en la barandilla.
Ya no le importaba su trabajo. Ni siquiera le importaba ya su situación con Jenny. Por la mañana, una lata había flotado frente a él y un momento antes había detenido un coche solo con sus manos. Se las observó un momento, intentando encontrar una respuesta en ellas. Pero fue inútil. No tenían nada de especial. Eran unas manos normales y corrientes. Pero aún así…
A su lado había una papelera. La miró un momento dubitativo. Sin saber muy bien por qué extendió una mano hacia ella. Pero no sucedió nada. La papelera estaba inmóvil. Y entonces recordó que cuando la lata flotó fue porque había tratado de agarrarla. En aquellos momentos no había existido nada. Sólo la lata.
Volvió a mirar la papelera. Extendió su mano y se concentró en ella. Lo expulsó todo de su mundo. Sólo la papelera existía para él. Y entonces se movió con un sonido metálico. Tom hubiera deseado con todo su corazón que no lo hubiera hecho. Así, por lo menos, habría sido una persona normal… Pero lo había hecho. Y ahora Tom no sabía lo que era, pero seguro que no era normal.
—Buenas noches, Tom –le saludó de pronto una voz a su espalda. —¿En qué piensas?
Tom suspiró. Conocía esa voz.
—Hola, Jake –dijo cuando se giró. Por la actitud del muchacho Tom comprendió que no había visto lo que había hecho la papelera. Eso le tranquilizó un poco.
—Quiero que sepas una cosa, amigo –Jake se acercó lentamente a Tom, rodeándolo. Detrás de él, Tom vio varias sombras. Aquello no le gustaba nada. –Jenny –continuó –es solo mía.
Tom no dijo nada. Solo lo observó, esperando a ver como se desarrollaban los acontecimientos. Las sombras que estaban tras Jake se acercaban lentamente. El muchacho contó cuatro hombres, aparte de Jake.
—Ayer note algo –Jake seguía acercándose con tranquilidad. —¿Estás enamorado de ella, Tom?
—Eso no es asunto tuyo –contestó el chico, desafiante. No tenía miedo. Si podía parar un coche con las manos podría librarse de aquellos tíos.
Sin previo aviso, Jake saltó sobre él. Tom le agarró con sus manos, confiado… pero no pudo con él. Jake le empujó y el muchacho tropezó con la barandilla del puente. Se miro las manos, confundido. ¿Por qué no había podido con él?
El primer puñetazo se estrelló en su estomago. Cuando se recuperó, Tom intentó escapar arrastrándose por el suelo, pero alguien le agarró y le obligo a levantarse. Comprobó que era uno de los amigos de Jake.
Su enemigo se acercó a él y le golpeó en la cara. Su nariz comenzó a sangrar.
—Déjame que te diga una cosa, Tom –Jake le agarró de los pelos y le obligó a alzar la cabeza. –Nunca volverás a ver a Jenny.
—Eres un cobarde –escupió Tom. —¿Por qué no peleas tu solo?
Jake sonrió.
—Porque no vale la pena malgastar energía con un desgraciado como tú –contestó.
Luego se giró a sus amigos y movió la cabeza en dirección a Tom. Los tres hombres se acercaron a él y empezaron a pegarle. Tom intentó librarse del abrazo al que le tenían sometido, pero no podía. «¿Por qué no puedo usar ahora mi fuerza?», pensaba mientras le llovían golpes por todo el cuerpo. «¿Qué está pasando?».
Por fin, todo acabó. El hombre que le tenía agarrado le soltó y Tom cayó con un sonoro golpe en el suelo. No veía, pero sintió que sus agresores se alejaban un poco de él. Pero no se fueron.
Apenas tenía fuerzas para moverse, así que se quedó quieto. Y entonces escuchó las palabras de Jake.
—Tiradle.
Notó que le levantaban por debajo de los brazos y por los pies. Sintió la barandilla del puente en su espalda cuando le apoyaron en ella y el grave susurro del mar. Y, de repente, cayó. No sería capaz de decir cuanto tiempo, pero cuando golpeó el mar con fuerza, todo se volvió negro y perdió el conocimiento entre la oscuridad.

Jenny estaba sentada en la escalera, frente a la puerta de Tom. Había dejado de trabajar en su tesis para la carrera de biología para esperarle. Tenía que hablar con él. Pero el muchacho no había llegado a la hora a la que solía hacerlo. Y Jenny se estaba preocupando. Nunca se retrasaba.
—¿Qué haces aquí, Jenny? –Jake apareció a su lado de repente.
Jenny no supo que decir en ese momento. Miró a su novio. Tiempo atrás lo habría dado todo por él. Pero últimamente las cosas habían cambiado. Tom lo había cambiado todo.
—Estoy esperando a Tom –admitió entonces. –Hace un rato que tendría que haber llegado.
La expresión de Jake cambió. Jenny lo atribuyó a que Tom no le caía bien pero decidió no preguntar.
—No te preocupes –dijo Jake extendiendo una mano para que se la cogiera. –Seguro que ha salido por ahí. Estará bien.
—Supongo que tienes razón —Jenny se levantó y le besó en la mejilla.
—Claro que si –sonrió él. –Vamos dentro.
La muchacha se dejó llevar al interior de su casa. Pero antes de entrar echó un último vistazo a la escalera, con la esperanza de ver a Tom. Pero no llegó.

El Parque de los Héroes estaba casi vacío a esas horas. Era un parque dedicado a las victimas de un atentado que había sucedido algunos años atrás. Antes, en aquel lugar no había nada. Pero ahora estaba lleno de árboles, fuentes y columpios para los niños.
Solo una pareja caminaba por los caminos de tierra. Andaban cogidos de la mano comentando las anécdotas de aquél día. Y entonces notaron el temblor.
Primero sintieron curiosidad e intentaron averiguar su origen. Y luego, solo sintieron terror cuando vieron que la tierra se resquebrajaba lentamente bajo sus pies. La pareja se alejó, asustada, dispuesta a irse, pero quedaron inmóviles al ver como de las grietas comenzaba a fluir un espeso líquido negro. Poco a poco la sustancia fue tomando forma. La forma de un ser humano, pero aterrador. La criatura tenía ojos. Rojos como la sangre. Los mismos que miraron a la pareja y provocaron un grito de horror en la mujer. El hombre dio un paso atrás cuando vió dos largas figuras tras la criatura. Dos tentáculos negros y grasientos. Uno de ellos atacó a la mujer.
El tentáculo la agarró por la cintura y la levantó en el aire. El otro hizo lo mismo con el hombre. La pareja gritó aterrorizada, mientras los tentáculos los balanceaban de un lado a otro.
Y entonces, todo acabó. Los tentáculos estrellaron a sus presas aplastándolas contra el suelo. La criatura se quedó inmóvil un momento, mirando al cielo, como si buscara algo. De repente, dio un enorme salto, para posarse en la azotea de un edificio cercano con un sonoro golpe. Y después se marchó ocultándose en la oscuridad, saltando de azotea en azotea.

Tom despertó lentamente y parpadeó varias veces intentando averiguar donde estaba. Se encontraba en una habitación pobremente adornada en la que, a través de las ventanas enmarcadas por cortinas blancas que se contoneaban empujadas por una suave brisa, se veían gran cantidad de árboles. Debía estar en un bosque.
Intentó recordar algo, pero lo último que le venía a la mente era que los compinches de Jake le habían tirado por el puente. De ahí en adelante todo estaba en blanco.
Se levanto con cuidado, esperando tener alguna parte del cuerpo dolorida, pero sonrió al no sentir nada. Solo notó un molesto hormigueo en la mano derecha. La sacudió un momento, hasta que desapareció. Cuando salió de la habitación después de vestirse se encontró con un salón sin apenas muebles. Sólo un sillón y alguna mesa adornaban el lugar.
Escuchó golpes en el exterior de la casa. Tom buscó con la mirada la puerta y se dirigió a ella. Al salir el sol golpeó sus ojos y se vio obligado a cerrarlos para protegerse del resplandor. Los golpes seguían escuchándose.
Cuando recuperó de nuevo la visibilidad descendió los tres escalones que le separaban del campo abierto. Giró sobre sí mismo buscando el origen de los golpes y los localizó en la parte trasera de la pequeña casa de piedra.
Cuando llegó allí encontró un hombre que partía leña con un hacha sobre una caja de madera. De repente, el desconocido se giró como si hubiera detectado de alguna manera a Tom.
—¡Buenos días! –saludó con alegría. –Veo que te has recuperado.
—Eh, sí –contestó Tom con timidez. –Eh, ¿Quién es usted?
El hombre se echó una mano a la cabeza, asombrado.
—Oh, perdona –dijo acercándose lentamente. Tom pudo verlo mejor. Era casi calvo, solo unos pequeños matojos de pelo blanco adornaban sus sienes. El muchacho calculó que tendría unos cincuenta años. –Me llamo Frank, pero puedes llamarme Frankie.
—Encantado –balbuceó Tom. —¿Dónde estoy?
—No te preocupes. Estas cerca de la ciudad, en un bosquecillo en las afueras. Esa de ahí –dijo señalando la casita –es mi casa. Por suerte, pude sacarte del agua antes de que te ahogaras.
El chico se puso alerta de repente.
—¿Vio lo que sucedió? –preguntó con cautela.
Los labios de Frankie se ensancharon con una sonrisa.
—Si –contestó. –Me encantaría ver la cara del tipo que te tiró por el puente cuando vuelva a verte. Será divertido –añadió entre risas.
Tom rió con él, más tranquilo.
—Sí –dijo. –Muchas gracias por salvarme.
—No tiene importancia. Eres un chico muy especial, Tom.
Tom tensó los músculos entonces y miró con los ojos entrecerrados a Frankie. El no le había dicho su nombre.
—¿Cómo sabe como me llamo? –preguntó.
—Bueno, mire tu carné de identidad. Espero que no importe.
Tom volvió a relajarse.
—Sí, claro. No importa –dijo avergonzado. —¿Y por qué dice que soy especial?
Frankie le miró entonces fijamente, más serio.
—No solo vi que como te tiraban por el puente, Tom –declaró. –También vi lo que hiciste con la papelera.
Tom se quedó sin habla y observó al hombre asustado y sorprendido, sin saber que hacer.

Jenny apartó la mirada de los libros que estaba consultado. Tom no había vuelto esa noche y empezaba a preocuparse ¿Y si le había pasado algo?
Se levantó la silla decidiendo olvidar su tesis por el momento. Estaba demasiado preocupada. Además, aún no tenía claro sobre qué la iba a hacer. Sólo estaba buscando ideas.
Se acercó a la radio y la conectó para escucharla mientras se tomaba una taza de café. Estaban dando las noticias. Cuando se sentó en el sillón la radio atrajo su atención.
«…una extraña criatura –decía el presentador —en el centro de la ciudad ha atacado a varias personas. La Polilcía…».
“¿Criatura? ¿De que estaban hablando?”, se preguntó Jenny mientras se levantaba a encender la televisión. Lo que vio en ella la dejo sin habla.
La pantalla le mostraba la Plaza Alta. La misma en la que Jake y ella habían salido más de una noche a tomar algo. Siempre le había parecido una plaza muy bonita, con estatuas con forma de personas y animales, y una preciosa fuente adornándola. Pero esa vez la plaza aparecía destruida. Las columnas yacían tiradas en el suelo, partidas en diversos trozos y la fuente estaba destrozada. Y, en medio de todo aquél caos una figura oscura y aterradora de forma humana atacaba a la policía que intentaba detenerla. Era negra y, a primera vista, parecía hecha de una extraña gelatina negra. Las balas atravesaban su cuerpo como si no existiera y unos largos tentáculos surgían de su espalda y atacaban a los ciudadanos de Raven City. Se movía con una velocidad y agilidad asombrosa para su tamaño, saltando de un lugar a otro provocando destrucción a su paso.
—¿Qué demonios es eso? –se preguntó en un susurro mientras se sentaba en el sillón sin apartar la mirada de la pantalla del televisor.
«Según nuestros datos –informaba el comentarista –la criatura ha matado ya a tres personas. La policía no puede hacer nada por detenerla…».
De repente, una luz se encendió en la mente de Jenny. Rápidamente cogió una chaqueta y salio de su casa en dirección a la Plaza Alta. Ya había encontrado un tema para su tesis.

Tom se sentó frente a Frankie. Ya era de noche y el hombre había preparado la cena. Se había quedado porque Frankie se lo había pedido, y también para convencerle de que guardara el secreto de sus habilidades, aunque el hombre le había prometido que guardaría silencio.
—Escúchame, Tom –dijo el hombre mientras se servía un poco de ensalada, —no pienso decir nada de tu poder, pero me gustaría pedirte algo.
Tom lo miró con curiosidad.
—¿El qué?
—Quédate aquí. Puedo ayudarte a desarrollar esa habilidad tuya.
—¿Acaso sabe algo sobre ella que yo no sepa? –preguntó Tom astutamente.
Frankie sonrió.
—No, claro que no –contestó sin dejar de sonreir. –Pero soy de las personas que piensan que si Dios te ha dado un don debes aprovecharlo.
—¿Me estas diciendo que me convierta en un superhéroe?
La sonrisa de Fankie se ensanchó más aún.
—No, simplemente digo que deberías desarrollarlo. Ningún don debería quedarse en el tintero, Tom. En mi juventud fui luchador de artes marciales y…
Tom soltó una carcajada.
—¿De verdad piensas que pudiendo mover cosas con la mente –preguntó –necesito aprender artes marciales?
—No exactamente. Pero puedes complementarlas con tu habilidad.
—¿Qué te hace pensar que quiero mejorar tu habilidad?
Frankie se echó hacia delante y miró directamente a los ojos de Tom.
—Estoy convencido de que quieres averiguar por qué tienes estos poderes –dijo. Tom asintió en silencio. –Pues para eso tendrás que saber exactamente qué poderes tienes ¿no? Deberás aprender a usarlos.
El muchacho intentó buscar una manera de rebatir a Frankie, pero se dio por vencido. Tenía razón. Además, en Raven City ya no tenía nada que lo atara. No se atrevía a volver después de lo que había pasado con Jake. Aún no. Por otro lado, Frankie le caía bien y no le desagradaba la idea de quedarse allí una temporada.
Finalmente, asintió con la cabeza.
—Está bien –dijo. –Me quedaré.

Jenny se detuvo tras un árbol y observó a la criatura entrar en un edificio abandonado. Nadie la había seguido. De hecho nadie había quedado en condiciones de hacerlo después de su ataque.
Ella se escondió hasta que la criatura salió de la Plaza Alta,. Después la siguió hasta allí y decidió que volvería a casa. No se atrevía a entrar con la criatura dentro. Pero estaría pendiente a la próxima vez que apareciera. Tenía que averiguar qué era esa cosa. Ese iba a ser el tema de sus tesis.

A la mañana siguiente comenzó el entrenamiento. Frankie enseño a Tom algunos movimientos de Judo y Karate. El muchacho comprendió que no se le daba del todo mal y puso todo su empeño en aprender. Aprendió también a evitar objetos con su poder de telequinesia. Frankie le lanzaba cosas y él las desviaba con la mente. Poco a poco fue adquiriendo más habilidad hasta que pudo mover varios objetos de distinto tamaño al mismo tiempo. Aprendió a usar su entorno como arma. Cualquier cosa que pudiera ser lanzada le servía para defenderse y atacar.
Tom empezó a comprender entonces el alcance de su poder. Y cada día se preguntaba a sí mismo con más insistencia por qué tenía esos poderes. Qué le había pasado. Intentaba repasar los días previos a la aparición de la telequinesia, pero no encontraba nada fuera de lo común. También pensaba que había llegado al límite de su poder. Creía haber aprendido todo pero un día sucedió algo.
Esa mañana Frankie le había despertado gritando y con el rostro lleno de jubilo y excitación.
—¡Tom! –gritaba. —¡Despierta! Se me ha ocurrido algo. ¡Vamos fuera!
Tom le siguió al exterior aún dormido y pasándose las manos por la cara, somnoliento.
—¿Qué pasa, Frankie? –preguntó cuando estuvo al aire libre, un poco más espabilado.
—Hasta ahora –explicó el hombre con los ojos brillantes –has movido piedras, troncos, botellas ¡de todo! –hizo una pausa, como queriendo añadir tensión a la situación. —¿Pero se te ha ocurrido pensar que sucedería si te movieras a ti mismo?
Tom abrió los ojos de golpe, sorprendido. No había pensado en esa posibilidad, pero si pudiera hacerlo…
No contestó. Solo miró a Frankie antes de cerrar los ojos y concentrarse en sí mismo. Hizo lo mismo que hacía con los objetos que Frankie le tiraba. Lo expulsó todo de su mente. El exterior se volvió oscuro y solo era consciente de su propio cuerpo.
Empezaba a pensar que había fallado cuando escuchó una exclamación de sorpresa de Frankie. Abrió los ojos.
Y vio al hombre mirándolo con los ojos muy abiertos desde el suelo y él… flotando a un par de metros de altura. De repente, Tom explotó en carcajadas y se elevó un poco más. Se atrevió a moverse de un lado a otro igual que hacía con cualquier objeto. Estaba volando.
Nada podía parecerse a la sensación de volar. Se elevó y descendió haciendo piruetas en el aire mientras gritaba lleno de emociones. Comprobó que no era difícil mantenerse en el aire. Finalmente aterrizó frente a Frankie. El hombre le miró con una amplia sonrisa en los labios.
—Bueno –dijo, —ya tenemos algo más que perfeccionar.

Estuvo un mes en casa de Frankie. En ese tiempo se convirtió en un autentico maestro luchando. Aprendió a combinar las artes marciales con su telequinesia, su fuerza sobrehumana y su capacidad de volar. Podía saltar mientras giraba sobre sí mismo y a moverse a gran velocidad ayudado por su telequinesis. Finalmente, una noche, Tom sintió que ya era hora de volver a la ciudad.
—Como tú quieras, Tom –contestó Frankie cuando se lo dijo, aunque el muchacho pudo apreciar un deje de desilusión en su voz. –Ya sabes que aquí tienes una casa y un hogar.
—Gracias –Tom abrazó al hombre que en ese tiempo se había convertido en su amigo. Su único amigo. –Volveré a verte. Te lo prometo.
A la mañana siguiente, Tom se marchó. Se fue andando, pues no quería llamar la atención si iba volando. Y mientras caminaba a un lado de una solitaria carretera, hacia su anterior vida, comprobó que lo hacía de forma decidida, más seguro de sí mismo. Y en aquél instante, supo que nada volvería a ser igual.

Por la noche, Jenny dejó la taza de café encima de la mesa al escuchar la noticia en la radio. La criatura había vuelto a atacar. «Hoy es el día», pensó la muchacha. Había seguido al monstruo en cada una de sus apariciones durante el último mes y siempre volvía al mismo lugar. A aquél edificio abandonado. Jenny tenía pensado inspeccionar el lugar mientras el ser estaba fuera.
Jenny sonrió al escuchar el nombre que la gente le había puesto a la criatura: Caos. Le gustaba. Sonaba a villano de comic. Y ella sería la heroína que averiguaría de donde había salido.

Tom se levantó de la silla de golpe al escuchar la explosión. Había llegado a Raven City un par de horas antes pero no había ido a su casa aún. Prefirió tomar un refresco en algún bar. Pero su tranquilidad había durado poco.
Saltó a un lado ayudado de su telequinesia para esquivar un coche que iba a caer justo encima de él. Cayó de pie, a varios metros, después de dar una voltereta en el aire. «¿Qué demonios pasa?» pensó mientras movía los dedos de la mano derecha. Volvía a tener ese extraño hormigueo.
Una marabunta de gente surgió entonces de la calle en la que se había escuchado la explosión. Los ciudadanos corrían y gritaban asustados. Y entonces la criatura apareció.
Surgió de repente entre el humo, saltando. Y aterrizó a pocos metros de Tom. Su piel era translucida, de forma que Tom podía ver lo que había tras el monstruo. Era grande. Por lo menos dos cabezas más alto que el muchacho. Pero lo que más impresiono a Tom fueron sus ojos. Rojos y penetrantes. Sintió un débil acceso de miedo pero se repuso pronto.
—¡Es Caos! –gritó un hombre aterrorizado.
Tom miró a la criatura con curiosidad.
—¿Caos? –se preguntó. —¿Y eso qué es?
La criatura arqueó su espalda, de repente, y de ella surgieron dos tentáculos que parecías ser de gelatina negra. «Que asco,» pensó Tom. Los tentáculos barrieron a toda velocidad el suelo arrastrando con ellos todas las mesas y las sillas que había cerca. Tom dio un salto hacia atrás y esquivó el golpe. «Alguien debe parar a este bicho. Podría hacerle daño a alguien» pensó cuando aterrizó lejos de Caos. Volvió a sacudir la mano. El hormigueo no cesaba.
Miró a ambos lados para asegurarse de que no había nadie y entonces extendió una mano hacia un coche, que se levantó en el aire. Lo lanzó con todas sus fuerzas contra Caos.
No pudo evitar una maldición cuando vio que el coche colisionaba contra la criatura… pero la atravesaba como si no existiera. «No puede ser», pensó. La criatura se fijó en él y le atacó con sus tentáculos. Tom logró esquivar uno pero el segundo se enredó en su cintura y lo lanzó por los aires hasta estrellarlo contra un edificio. Algunos ladrillos cayeron sobre él pero el muchacho se levantó sin problema. «Vaya», pensó sorprendido. «Parece que también tengo resistencia».
—Ah –gritó de repente mientras se agarraba la mano derecha. Sentía un lacerante dolor. —¿Qué demonios me está pasando?
Caos se acercaba lentamente a él hundiendo sus pies en el asfalto y provocando que el suelo temblara. Tom tuvo que dejar de observarse la mano para esquivar de nuevo un tentáculo. Voló en el aire hasta aterrizar en la azotea de un edificio. Caos lanzó un alarido de rabia. Y entonces, saltó y se puso a la misma altura que Tom, que no pudo esquivar el puñetazo que le propinó y salió despedido en el aire. Pero pudo controlarse y se estabilizó. Flotó en el aire y, de repente, ataco a la criatura con sus puños… pero la atravesó y apareció por su espalda. Caos contraatacó golpeándole y Tom se estrelló contra el suelo.
«Maldita sea» pensó mientras se levantaba dolorido. «Nada puede hacerle daño». Miró fijamente al monstruo que saltó del edificio para aterrizar en el suelo provocando un destrozo en el asfalto. La mano seguía doliéndole. Pero no tenía tiempo de preocuparse por ello. Se puso en la posición de combate que le había enseñado Frankie y se preparó para recibir el golpe. Pero no llegó. Caos lo miró fijamente con los ojos rojos fijos en él. Y entonces, saltó. Aterrizo sobre un edificio, y de este saltó a otro, para ir alejándose poco a poco
Tom miró a su alrededor y comprobó que la gente se estaba arremolinando alrededor de él. Aún estaban lejos así que se elevó en el aire ante la atónita mirada de los ciudadanos y se alejó de allí. No podía dejar que la gente le reconociera.
Desde las alturas observó la ciudad y encontró a Caos saltando de edificio en edificio. Sentía curiosidad por esa criatura ¿Por qué le había mirado tan fijamente? ¿Qué demonios era? Decidió seguirlo para intentar averiguar algo más. La mano seguía doliéndole pero se obligó a pensar en ello más adelante.
Se impulsó entonces a gran velocidad para surcar los cielos de Raven City en pos de Caos.
Mientras tanto, en el edificio abandonado que era el escondite de Caos, una figura trepaba para colarse por una oxidada ventana. Ajena a la cercanía de la criatura, Jenny investigó el lugar para averiguar el origen del monstruo.
Estaba oscuro y sus ojos tardaron un momento en acostumbrarse, pero cuando lo hicieron, Jenny comprobó que se encontraba en un antiguo laboratorio. El suelo estaba cubierto de cristales rotos y utensilios de metal. Sobre una mesa vio un montón de libros. Se acercó para inspeccionarlo. En su mayoría eran libros técnicos de biología y genética, pero entre ellos hubo uno que le llamo la atención. Tenía la tapa marrón sin ningún titulo. Cuando lo abrió, Jenny comprobó que se trataba de un álbum de fotos. Entrecerró los ojos, extrañada, al ver la primera foto. Desde luego, no esperaba encontrar aquello allí. Quiso seguir mirando pero un golpe atrajo su atención asustándola.
Rápidamente, corrió para esconderse tras unos muebles cuando comprobó que Caos había vuelto. Aterrada se acurrucó bajo una mesa, pero un pudo evitar echar una ojeada. La criatura había aterrizado ya en el suelo y se había quedado inmóvil, observándolo todo con sus ojos rojos atentos ¿Podría estar buscándola?
De pronto, los tentáculos levantaron la mesa en la que se escondía, dejándola al descubierto. Jenny gritó aterrada. Intentó escapar, arrastrándose por el suelo, pero en el fondo sabía que no podría huir. Cerró los ojos, esperando sentir los tentáculos rodear su cuerpo. Pero en vez de eso sintió que algo la levantaba en el aire a gran velocidad pero suavemente. No se atrevió a abrir los ojos hasta que escuchó el rugido de rabia de Caos y sus pies se posaron en una superficie sólida.
Se encontraba fuera del edificio, a una distancia segura, en un pequeño parque rodeado de árboles. Estaba oscuro y apenas podía ver, pero a varios metros de ella distinguió una figura oscura bajo la luz de la luna.
—No deberías haber entrado allí –le dijo una voz que le sonaba de algo pero que no fue capaz de reconocer. –Esa criatura es peligrosa.
—Necesitaba averiguar de donde ha salido –replicó ella acercándose un poco para intentar ver el rostro del hombre que permanecía oculto con la oscuridad. —¿Me has salvado tú?
La figura se elevó un poco en el aire entonces y retrocedió varios metros. Jenny se quedó petrificada cuando le vio volar.
—Sí –contestó la figura. —Espero que no vuelvas a meterte en problemas.
Jenny no avanzó más, se dio cuenta de que fuera quien fuera no quería que le viera la cara. Decidió respetarlo.
—Muchas gracias –dijo. –Me llamo Jenny.
—Encantado, Jenny.
—Y tú… ¿Quién eres?
El desconocido guardó silencio un instante, como si no supiera que contestar exactamente. Al fin lo hizo:
—Soy Quinox –dijo con firmeza.
Jenny frunció el entrecejo. ¿Quinox? ¿Acaso estaba frente a un superhéroe?
—Tengo que irme –continuó Quinox. –Vuelve a casa… y no te metas en más líos.
Después de eso, el hombre se elevó en el aire y se perdió en la noche ante la atónita mirada de Jenny que se quedo sola en el parque preguntándose quien demonios era ese tal Quinox. En su mano aún estaba el álbum de fotos que había encontrado en el laboratorio. Después de echarle un último vistazo, Jenny se alejó de la guarida de Caos, directa a su casa.
Tom entró en su casa. Había llegado volando hasta la azotea de su edificio y había bajado hasta su piso. Esperaba que nadie le hubiera visto.
Encendió la luz y observó su casa. Estaba tal y como la había dejado un mes atrás. Un poco más sucia, pero igual. Se sentó en su sillón y sonrió. Lo había echado de menos.
De repente, empezó a reír. «¿Quinox?», pensó. ¿Por qué le había dicho a Jenny que se llamaba así? El no era un superhéroe. Sólo era… Entonces guardó silencio y perdió su mirada en la pared, pensativo.
No. No era una persona normal y corriente. Por mucho que se lo dijera a sí mismo. Tenía una fuerza sobrehumana, podía mover cosas con la mente, incluso a sí mismo. Una persona normal no podía hacer esas cosas.
Y también estaba Caos. No podía evitar preguntarse qué era esa criatura, de donde había salido. Y además, de alguna manera se sentía responsable. Esa criatura seguiría atacando y matando, y él tenía la capacidad de derrotarle. O por lo menos eso creía. Sintió un escalofrío al recordar como sus puños e incluso un coche lo había atravesado sin provocarle el más mínimo daño.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos de repente. Volvía a sentir el hormigueo en su mano. La sacudió un momento, pero el hormigueo crecía y se acentuaba. Y entonces se miró la mano.
El corazón se le aceleró y su respiración se detuvo un momento. Esta vez no le dolía. Solo sentía el hormigueo que se extendía poco a poco por su brazo. Pero tuvo que ahogar un grito de terror cuando vio que su piel estaba cambiando lentamente. Volviéndose negra.


Continuará…


Publicada en la web www.tierrasdeacero.com en formato Cuadernos Tierras de acero.

Deseos

lunes 13 de abril de 2009

Ariel dio un nuevo golpe sobre el metal al rojo que poco a poco iba tomando la forma de una bonita y eficaz espada. Con una sonrisa irónica, el muchacho deseó que el que la empuñara supiera quien la había fabricado a costa del sudor de su frente. Volvió a sonreír. Deseaba muchas cosas. Para empezar, una vida nueva. Estaba harto de pasar los días triste y solo encerrado en su choza, excepto para ir a la forja, para dar vida a objetos que él nunca pensaría siquiera en usar. Quería viajar, conocer mundo y vivir aventuras en tierras lejanas. Alzó una mirada melancólica a las nubes y lanzó una plegaria al cielo pidiendo que sus deseos se hicieran realidad.

Y, de repente todo cambió. El poblado tomó la forma de una playa de aguas transparentes. Las suaves olas lamían la orilla, atrapando en un suave abrazo las conchas que descansaban sobre la arena. En el cielo, el sol brillaba con fuerza, pero Ariel tuvo que frotarse los brazos desnudos a causa de la brisa helada que arrastraba con delicadeza los pequeños granitos de arena.

«¿Dónde estoy?», pensó extrañado mientras paseaba la mirada por la hermosa y eterna playa. «¿Qué ha pasado con el poblado? »

A lo lejos, sobre la orilla, distinguió un movimiento. Ariel entornó los ojos para poder ver mejor y distinguió la silueta de una mujer. Estaba tumbada sobre la arena apoyada en los codos con la cabeza echada hacia atrás. Su cabello, rojo como el fuego, descansaba sobre el suelo y se balanceaba suavemente, cuando una ola lo empujaba. Vestía un traje negro de tirantes que se acababa poco antes de llegar a las rodillas dejando ver unas piernas morenas y delicadas.

Esa visión sonrojó el rostro de Ariel pero, aún así, avanzó tímidamente sobre la arena en dirección a la mujer. Después de todo ¿qué otra cosa podía hacer? Cuando llegó ante ella, pudo advertir la enorme belleza que desprendía su rostro. Tenía la piel oscura y unos grandes ojos azules, que contrastaban maravillosamente con su cabello de fuego, le observaron con inocencia cuando ella alzó la cabeza para mirarle.

—¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendida al tiempo que se levantaba bruscamente y se alejaba un par de pasos de Ariel.

—¡Tranquila¡ —el muchacho levantó las manos en un gesto tranquilizador—. No he venido a hacerte daño… De hecho, ni siquiera se donde estoy.

La muchacha clavó sus ojos del color del mar en él y le examinó con detenimiento.

—¿Eres uno de ellos? —preguntó con cautela.

—¿Uno de quienes?

—De ellos —repitió la muchacha—. Los hombres que vienen a buscarme.

—No he venido a buscarte —respondió Ariel—. He llegado aquí sin querer. Estaba en una forja y, de repente, mi poblado se convirtió en esta playa… —titubeó un momento— y aquí estoy.

La mujer pareció comprender, pero no dijo nada. Ariel dedujo que no se fiaba demasiado de él.

—Esos hombres… —preguntó el muchacho tímidamente—. ¿Qué es lo que quieren de ti?

—Mi esencia —la chica volvió a sentarse sobre la arena, un poco más tranquila, y Ariel la imitó—. Quieren mis sueños.

Ariel la miró extrañado y observó la expresión triste de la muchacha. Sintió compasión por ella. No entendía qué era lo que le pasaba, pero sí comprendía que lo estaba pasando mal, que sufría.

—¿Tus sueños? —inquirió sin estar seguro de lo que la muchacha quería decir—. ¿Por qué piensan que puedes darles tus sueños?

Ella le miró y sonrió con tristeza.

—Porque puedo —confirmó la muchacha mirándole con sus penetrantes ojos azules—. Soy una nube.

—¿Una nube?

Ella alzó su mirada hacia el cielo azul, donde algunas nubes solitarias flotaban dulcemente.

—Esos hombres me atrajeron a la tierra mediante magia —explicó—. Me encerraron en esta playa y, desde entonces vienen cada cierto tiempo a obligarme a cumplir sus sueños.

—¡Pero eso es horroroso! —exclamó indignado Ariel que había escuchado leyendas sobre las Nubes y sabía lo doloroso que era para ellas cumplir sueños si no lo deseaban—. ¿No puedes salir de aquí? ¿No puedes escapar de alguna manera?

—Esta playa es infinita. Y además, vaya donde vaya siempre me encuentran.

Ariel recordó entonces algo que había escuchado una noche alrededor de una hoguera.

—Si alguien te da un sueño a ti —inquirió—, serías liberada ¿no es así?

La muchacha le sonría con tristeza y le miró haciendo una mueca de cariño.

—Sí –confirmó—. Pero ¿quién podría cumplir el sueño de una nube cuya cualidad es la de cumplir sueños? Puedo realizar los sueños de los demás, pero nunca el mío.

Ariel apretó los labios ante la triste vida de una nube. Siempre se las habían relacionado con la alegría y la felicidad. Pero nadie había pensado en la dicha de ellas.

En ese momento un silbido sonó tras ellos y, al volver la cabeza, Ariel pudo ver como, a lo lejos se abría una especie de aro azulado. A través de él aparecieron tres hombres.

—¡No! —exclamó la Nube asustada y levantándose rápidamente de la arena—. Son ellos. Por favor, vete.

—No puedo irme —se negó Ariel—. No puedo dejarte aquí e irme sin hacer nada.

—Pero es que no puedes hacer nada —insistió ella—. Por favor.

Esta última petición, susurrada como una suplica obligó al muchacho a girarse e internarse a toda velocidad en la jungla que se extendía tras la hermosa playa. Cuando estuvo entre los árboles se negó a sí mismo a mirar a la Nube, que sería brutalmente obligada a cumplir sueños. No quería ser testigo de una escena tan horrible.

Al momento llegó a sus oídos el sonido de la lucha. La chica gritaba desesperada, mientras uno de los hombres recitaba las palabras mágicas que desatarían el poder de la Nube. Escuchó también el sonido que hacía la arena al ser sacudida por el esbelto y hermoso cuerpo de la muchacha.

—¡Noo! —suplicaba ella entre lágrimas—. ¡Por favor!

El tono triste y desgarrado de la voz sacudió el corazón de Ariel. Comenzó a sufrir y tuvo que tragarse unas cuantas lágrimas. Pero finalmente no pudo retrasarlo por más tiempo y comenzó a llorar. Lloró por la Nube, lloró por su inocencia perdida y por la pura maldad de aquellos hombres. Deseaba girarse y enfrentarse a aquellos desalmados, rodear el cuerpo de la muchacha entre sus brazos y besar sus heridas. Se arrodilló sobre la fina hierba, aterrorizado, incapaz de mantenerse en pie ante el terrible acto que estaba teniendo lugar tras él.

Y entonces el sonido cesó. Todo quedó en un silencio más aterrador aún. Ya no escuchaba las suplicas de la Nube, ni el conjuro de los hombres que la forzaban. Solo quedó el silencio.

A pesar de lo que la Nube le había pedido, Ariel se giró lentamente y observó la playa.

No había rastro de los tres hombres y la chica había desaparecido. ¿Dónde estaban? De un salto salió de la jungla y examinó la playa. No había nadie allí. “¿Qué han hecho con ella?”, pensó apretando los puños en un gesto de impotencia.

Y entonces, una luz apreció frente a él y de ella surgió la Nube. Estaba sonriente y su rostro resplandecía como el propio sol.

—Gracias —susurró.

Ariel se arrodilló sobre la arena agradecido de poder verla de nuevo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó cuando las lagrimas de alegría surcaban su rostro.

—Tú me has salvado.

—¿Yo? Yo no he hecho nada.

—Sí —contestó ella con una amplia sonrisa—. Has cumplido mi sueño.

—¿Tu sueño?

—Desde que estoy en esta playa solo deseo una cosa —explicó la Nube—. Que alguien llorara por mí. Que alguien supiera por lo que estoy pasando. Tú has sido lo suficientemente bondadoso como para ponerte en mi lugar y sufrir con mi sufrimiento. Tú me has salvado —repitió.

—Yo… —intentó decir Ariel, pero se detuvo en seco cuando se quedó sin palabras—. No se que decir.

—No digas nada —ella posó un dedo de piel suave sobre los labios de él—. Sólo desea.

Y él deseó. No deseó aventuras como desde pequeño había deseado. Ni siquiera quiso que el trabajo de un herrero fuera reconocido por las personas que empuñaban las armas que ellos fabricaban. Sólo deseó que esa dulce criatura nunca volviera a sufrir, deseó volver a estar en casa. Pero deseó con más fuerza aún volver a verla.

De pronto la playa desapareció y volvió su poblado. Ariel paseó la mirada por él y comprobó que todo estaba exactamente como antes. Excepto por una cosa. Una mujer se acercaba a él. Iba vestida a la manera de los Xani, pero no había olvidado ese rostro, con esos cabellos rojos que enmarcaban los ojos azules más bonitos que había visto en su vida. Ella detuvo sus labios a pocos centímetros de los de él.

—Me llamo Siriel –susurró.



Publicado en Febrero de 2008 en Historias Asombrosas Online

Dos horas

miércoles 4 de marzo de 2009

El día que entré en el despacho de mi profesor de física no pensé que estaba a punto de embarcarme en la mayor aventura que jamás había vivido. En ese despacho, que más que un despacho parecía un laboratorio, había de todo. Desde revistas apiladas en cada esquina hasta probetas con extraños líquidos burbujeando en su interior. En una esquina una sabana ocultaba algo a mi vista. En la pared, un reloj marcaba la hora y a su lado un calendario señalaba que estábamos a día dos de marzo.

Tras la mesa, unos ojos pequeños enmarcados con unas pobladas cejas, me observaron atentamente. Mi profesor no era solo mi profesor. Lo conocía desde antes de entrar en la universidad porque era conocido de mis padres. Nos hicimos amigos y me gustaba pasar el tiempo con él en su despacho hablando de su gran sueño: viajar en el tiempo. De ahí que yo le llamara Doc, como el personaje de la película Regreso al futuro. Además, su pelo largo, canoso y alborotado ayudaba a que le llamara de esa manera.

—¡David!—dijo después de observarme mientras se levantaba del sillón y me daba un abrazo. En su mesa vi varios folios con dibujos de lo que parecía ser una especie de reloj de pulsera.

—Hola, Doc ¿Como lo llevas? —pregunté.

—Bien —me contestó con alegría. Había un brillo en sus ojos: felicidad, entusiasmo... Al parecer estaba contento —Iba a llamarte ahora. Quiero que veas algo.

—¿El que?

Doc se acerco a la parte delantera de su mesa y saco dos relojes digitales de un cajón.

—Esto —dijo alzándolos como si de la antorcha olímpica se tratara.

—Que bien — conteste sin saber muy bien que decir —¿Que pasa con ellos?

—No son dos relojes normales y corrientes, chico. Estas delante del invento más importante de la historia.

Lo mire atónito, pensando que se había vuelto loco.

—¿Dos relojes? —pregunté sin comprender nada.

—¡No! —exclamó él. Entonces se acercó hacia el gran objeto que tapaba la sabana y lo destapo —El invento... es este. —Y cuando destapo el objeto apareció ante mis ojos una pequeña caja de metal, del tamaño de una torre de ordenador, con un botón rojo en el centro. Dos pequeñas pantallas digitales ocupaban la parte superior. Conectado a la maquina había un teclado de ordenador que descansaba sobre una mesilla —La Máquina del tiempo.

Impresionado, me acerque a ella y pose mis manos sobre la fría superficie metálica ¿De verdad lo había conseguido? Después de tantos años y quebraderos de cabeza ¿lo había logrado? ¿Era posible viajar en el tiempo? Y si era así ¿como se hacia? Lo que yo no imaginaba era que jamás llegaría a saberlo.

—¿Y para que sirven los relojes? —pregunte sin apartar la mirada de la maquina.

—Los relojes —contesto él —son simples enlaces. Sirven para volver a tu tiempo en el momento en que desees. Los he programado con las coordenadas exactas de mi despacho. O sea, que siempre apareceremos en el despacho. Estemos donde estemos. ¿Quieres hacer una prueba?

Yo asentí con la cabeza, aunque sin mucho entusiasmo. Doc se acercó al teclado y pulso alguna teclas. Después me acerco uno de los relojes. El reloj parecía un reloj normal, con la diferencia que solo marcaba la fecha y las coordenadas en la parte superior.

—Ven. Acércate a mí —me pidió mi amigo. —Así. No te muevas.

—¿Donde vamos?

—¡Cuando vamos! —me corrigió él. —Di mejor cuando vamos.

En sus ojos seguía viendo ese brillo y algo me decía que todo esto iba muy en serio.

—Vamos a hacer un viaje corto —explicó él. —Viajaremos diez minutos en el pasado. Justo antes de que yo llegara aquí.

—Espera un momento —le advertí —¿Que pasaría si nos encontramos con nosotros mismos?

—No te preocupes por eso —contestó con despreocupación —Nos esconderemos en el servicio. Podremos volver cuando queramos. Solo tenemos que pulsar el botón de la luz del reloj ¿Estas preparado?

Con un suspiro asentí y cerré los ojos. Entonces sentí que mi cuerpo se desintegraba. No tenía piernas, no tenía brazos. Aunque abriera los ojos, no podía ver. El suelo desapareció bajo mis pies y, entonces, volvió a aparecer. Abrí los ojos y volvía a estar en el despacho, pero el reloj de pared señalaba 10 minutos antes.

Cuando mire a Doc, una amplia sonrisa se dibujo en su rostro. El brillo en sus ojos se hizo más intenso aún.

—¡Funciona! —gritó lleno de jubilo —¡Funciona! ¿Sabes lo que significa esto? —me preguntó agarrándome por los hombros.

Yo lo miraba sin saber que decir, impresionado aun por la experiencia vivida. Todo estaba exactamente igual, excepto por el reloj y la máquina del tiempo, que ahora volvía a estar cubierta por la sabana.

— Significa — continuó mi profesor — que todo el esfuerzo, todas las desilusiones y todos los sacrificios de mi vida han servido de algo.

Entonces lo comprendí.

—Un momento, Doc —le dije —¿No sabias si la maquina funcionaba?

—No, claro que no ¿Porque?

—Pero...

De pronto se escuchó un sonido en la puerta. La expresión de Doc cambio totalmente. De alegría a pánico. Ví como el picaporte comenzaba a girar y entonces Doc tiró de mí y me empujo al interior del cuarto de baño. Lentamente, para no hacer ruido, cerro la puerta y hecho el pestillo.

Al otro lado escuchamos como las llaves caían sobre la mesa y el tarareo de una canción. Si. No había duda. Era la voz de Doc. Comprendiendo por fin la inmensidad del asunto mire a mi amigo asustado e ilusionado al mismo tiempo. Doc respondió a mi mirada con una sonrisa tranquila.

Volví a centrar mi atención en los sonidos del despacho. Una silla se movía. El Doc del otro lado debía de haberse sentado. Escuche el sonido de la puerta al abrirse.

— ¡David¡ — dijo el Doc del pasado.

—Hola, Doc. ¿Como lo llevas? —le contestó mi voz.

Era exactamente la misma conversación que habíamos mantenido un rato antes. O un rato después. Ya empezaba a hacerme un lío. Entonces, Doc me tiro de la manga y con señas me dijo que pulsara el botón del reloj. Con las manos temblorosas a causa del miedo apreté el botón. Mi cuerpo volvió a desintegrarse. Y entonces volví a aparecer en el despacho. El reloj volvía a marcar la misma hora que cuando nos fuimos. Doc, a mi lado, sonreía como un niño con zapatos nuevos. Mi estomago daba vueltas y me entraron ganas de vomitar. Corrí hacia el cuarto de baño pero la puerta estaba cerrada y vomite en el suelo. Doc se apresuro a darme un pañuelo para que me limpiara la boca y me ayudo a llegar hasta una silla. Asustado, me senté. La cabeza me daba vueltas.

—¿Pero que coño ha sido eso? —pregunte enfadado —¿Como se te ocurre mandarnos allí sin haberla probado antes? ¿Y porque demonios tienes cerrada la puerta del cuarto de baño?

—Nuestro viaje ha sido la prueba, chico —contestó intentando tranquilizarme —y la puerta del cuarto de baño esta cerrada porque nosotros la cerramos.

Un poco más tranquilo me incorpore en la silla.

—Podías haber hecho la prueba con una rata —replique.

—Una rata no podría haber vuelto. No pueden pulsar el botón del reloj.

—Oye, Doc —le dije más tranquilo. —Por favor, ten cuidado con esto. Ya sabes que viajar en el tiempo puede resultar peligroso.

—No te preocupes —contesto él con tono jovial —No voy a ir al pasado y cambiar el rumbo de la historia.

—Vale —le creí yo, aunque me había dado cuenta que su mirada se ensombrecía. —Pero ten cuidado, hagas lo que hagas.

—No te preocupes —repitió.

—Tengo que irme —le anuncie de repente. Estaba cansado y necesitaba reposar un rato. Ese día ya no habría más clase. Lentamente, atravesé la habitación y me despedí de Doc con la mano.

Un día después mis temores se vieron confirmados. «He ido a por ella» ponía en la hoja de papel que había encima de su escritorio, escrita de su puño y letra. Ella era su mujer. Había muerto hacia siete años en un aparatoso accidente de tráfico. Doc había continuado sus investigaciones gracias al dinero que ella le dejo de herencia.

Yo no sabia mucho de los viajes en el tiempo, pero si conocía sus efectos. Doc me había hablado mucho de ello. Cambiar el rumbo de la historia podida traer desastrosas consecuencias. Pensando en esto me senté en el sillón y entonces un fugaz pensamiento atravesó mi mente. Si Doc evitaba la muerte de su esposa, ella nunca le dejaría el dinero, por lo que nunca llegaría a culminar la invención de la maquina. Esto crearía una paradoja. No sabia cuales eran los efectos de una paradoja, pero estaba seguro es que no seria nada bueno. Para empezar, Doc se quedaría atrapado en el año 1988.

Rápidamente, empecé a buscar entre sus cajones los relojes de pulsera. Encontré solo uno. El otro debía tenerlo él. Entonces me acerque a la maquina sin creer lo que estaba a punto de hacer. Pulse las teclas correctas en el teclado: veintiséis de octubre de 1998 y los números aparecieron en las pantallas digitales. Faltaban dos pantallas por encenderse. Supuse que seria la hora. Ella murió a las diez de la mañana. Las ocho en punto estaría bien. Sabía donde buscarle.

Ya estaba todo preparado. O eso pensaba yo. No había visto a Doc manejar la máquina pero esperaba que funcionara así.

Aguantando la respiración pulse el botón que ocupaba el centro de la caja metálica. Mi cuerpo se desintegró y volví a volar. Entonces reaparecí en el despacho. En el reloj, las ocho en punto. El almanaque señalaba el mes de octubre de 1998. Todo estaba mucho más ordenado y la máquina del tiempo había desaparecido. Todo había salido bien. Había viajado al pasado.

Ahora debía encontrar a Doc y evitar que cometiera una locura. Pero ¿Como lo haría? Ya sabía que mi amigo iría a su casa para impedir que su mujer fuera al trabajo, lo que evitaría el catastrófico accidente que acabaría con su vida. ¿Pero como convencería a Doc de que dejara a su mujer morir? Yo, en su lugar no atendería a razones e intentaría salvarla por todos los medios.

Cuando pensaba en todo esto un sonido de llaves interrumpió mis tribulaciones. Alguien iba a entrar en el cuarto. Rápidamente me escondí en le mismo cuarto de baño en el que Doc y yo nos ocultaríamos ocho años después.

La puerta se cerró y unas llaves cayeron sobre una mesa. Ruido de papeles. El sonido de un teléfono móvil. Doc respondió.

—¡Hola cariño!... Sí, podemos quedar para comer ¿A las tres? Vale. Allí estaré. Te quiero. Un beso.

Había quedado para comer con ella. Lo que no sabía era que esa mañana acabaría yendo al tanatorio a identificar el cadáver de su mujer.

Entonces Doc se fue. Habría llegado la hora de dar clase. Lentamente salí del servicio y observe la habitación. Bien. No había moros en la costa. No tenia tiempo que perder. No sabia cuanto tiempo llevaba Doc en este año. Ni siquiera sabía si había evitado ya la muerte de su mujer. Ese pensamiento me produjo un escalofrío. Si lo había hecho, la paradoja se habría producido ya y, en ese caso, la máquina habría desaparecido... Y tanto Doc, como yo estaríamos atrapados en el año 1998.

Con cuidado me asome al pasillo y ví que estaba vacío. Las clases ya habían empezado. Recorrí toda la universidad en dirección a la salida. La casa de Doc estaba varias calles más abajo. Las 8:20. Me había retrasado. Debía darme prisa. No sabía cuanto tiempo me llevaría encontrar y convencer a Doc.

Las calles habían cambiado mucho. La iglesia que ocho años después se alzaría frente a la universidad no estaba. En su lugar se extendía solo un terreno de piedra y tierra. Decidí dejar de observarlo todo y centrarme en buscar a Doc, que era lo que me ocupaba ahora.

Cuando llegue a la pequeña urbanización me costo encontrar la casa adosada en la que vivía Doc, ya que todo estaba muy cambiado. Una vez allí busque por los alrededores pero no encontré a mi amigo. ¿Donde estaba? ¿Estaba aun allí? Lo busque por todas partes y, al cabo de un rato, rendido, me senté en un banco frente a su hogar, dispuesto a hacer guardia.

Mis pensamientos volaban en esos momentos en los que la incertidumbre, el miedo y el desanimo tomaban posesión de mi alma y me sentí derrotado. Una niña corría tras su madre jugando al pilla pilla, un grupo de jóvenes con mochilas andaban rápido en dirección a la universidad, un hombre mayor con el pelo alborotado paseaba tranquilamente por la acera, un perro...

¿Un hombre con el pelo alborotado? Rápidamente me fije en el individuo. Sí, no cabía duda. Era Doc. Se acerco disimuladamente a un coche que había aparcado. Mientras miraba a su alrededor sacó algo de sus bolsillos y, lentamente se fue agachando. No podía creer lo que estaba viendo ¿Iba a pinchar las ruedas? Entonces comprendí que ese era el coche de su mujer.

Rápidamente, me acerque a él llamándolo por su nombre. Doc se giró y sus ojos se clavaron en mí. Sus ojos reflejaban una confusión que jama había visto en nadie. Sus manos volvieron a guardar el objeto, que supuse que era una navaja, en el bolsillo y se incorporó.

—¿Que demonios haces aquí? —me pregunto, enfadado.

—¡No! ¿Que demonios haces tú aquí? —le recrimine. —Quieres evitar su muerte ¿No?

—Ya sabes que sí. Te lo escribí en la nota que te deje en la mesa. —De pronto pareció triste. —Pero nunca imagine que vendrías.

—¿Has pensado en las consecuencias? —le pregunte más tranquilo.

—Este no es un sitio para hablar de esto, muchacho —me advirtió señalando con la cabeza a un grupo de personas que estaba por allí. Acto seguido me agarró del brazo y me arrastro a un lugar seguro.

—Claro que he pensado en las consecuencias —me contestó cuando comprobó que no había nadie alrededor.

—Entonces ¿Como piensas volver? Escucha, no se que repercusiones tendrá esto en la humanidad, pero si se en lo que nos afectara a nosotros. Si evitas su muerte quedaremos encerrados en este tiempo.

La mirada de Doc se ensombreció y unas lágrimas resbalaron por sus mejillas.

—Conocía esa posibilidad —anuncio con la voz entrecortada —pero me negaba a aceptarla.

Yo me acerque a él y le abrace, consolándole como consolaría a un niño.

—Lo siento, amigo —acerté a decir.

Doc se derrumbó entre mis brazos y rompió a llorar.

—La quiero —sollozaba. —Quiero que vuelva a mi lado.

—Escúchame —dije separándole un poco de mi, para mirarle a los ojos. —No lo puedes hacer. No, a menos que...

Entonces se encendió una luz en mi cerebro. Una idea corrió desde mi subconsciente a mi mente y lo vi todo claro.

—A menos que... —dije intentando atar cabos. —A menos que obtengas el dinero de otra manera.

Doc me miró con la cara empapada de lágrimas intentando comprender. Entonces, un brillo se encendió en sus ojos y una luz de esperanza ilumino su rostro.

—Pero ¿como conseguir el dinero? —preguntó.

—No lo se. ¿Alguna idea?

—No se me ocurre nada —contestó desanimado de nuevo.

De repente se me ocurrió una nueva idea. Claro que sí. Y esta sí era posible. Modificaría el tiempo, sí. Pero si lo hacíamos bien solo lo cambiaría lo justo como para que la mujer de Doc siguiera con vida y la máquina siguiera existiendo.

—Escucha, Doc —dije mirándole a los ojos, decidido en lo que iba a hacer. —Tu mujer vivirá.

La primera fase del plan consistía en evitar que Marta cogiera el coche, o por lo menos, retrasar su salida. Pero de eso me encargaría yo. Doc debía hacer otra cosa.

—Escucha, Doc. ¿Podrías escribir en un folio el diseño de la maquina?

Doc me miro en silencio y asintió con la cabeza. Le note nervioso. Yo también lo estaría ante la posibilidad de salvar a mi mujer muerta años atrás.

—Pues consigue unos folios —le pedí —y empieza a hacerlo —mire mi reloj. —Son las nueve menos veinte. Tenemos algo más de una hora.

—¿Y tú que vas a hacer?

—Voy a impedir que tu mujer muera —conteste con tono resuelto.

—¿Como?

—Dame la navaja que guardas en el bolsillo —le pedí tendiéndole la mano.

Cuando me la dio me di la vuelta para recorrer el espacio que había entre el coche y yo, pero la mano de Doc me agarro del brazo. Lo mire por encima del hombro y, de pronto, le vi pálido y envejecido. Sus ojos, llorosos, me miraron con franca amistad y agradecimiento. «Demasiadas sensaciones en un momento», pensé.

—Gracias —me dijo de la forma más sincera de la que nadie me había hablado jamás. Con una sonrisa le hice entender que no tenía por qué darme las gracias.

—Haz lo que tienes que hacer, amigo —le dije. —Nos veremos aquí en media hora. —Doc asintió y se fue. Lo observe andar muy rápido calle abajo, pensando en que ojalá mi idea funcionara. Cuando se perdió tras una esquina me volví y camine hacia el coche navaja en mano.

Cuando llegue a él, un Subaru Legaci rojo, mire a mí alrededor. Nadie debía verme pinchar las ruedas del coche. Me incline hacia delante e impulse mi brazo, y con él, la navaja, pero la puerta de la casa se abrió. Detuve mi brazo antes de que llegara a la rueda.

La mujer cruzó la puerta y me miró. Nuestros ojos se encontraron. Lentamente, escondí la navaja en mi bolsillo y disimule que buscaba algo bajo el coche.

—¿Busca algo? —me preguntó. Bien, había colado.

—Eh, sí. Se me ha caído el anillo bajo el coche —improvise diciendo lo primero que me vino a la cabeza.

Ella se acercó a mí y pude verla mejor. Su pelo rubio caía en mechones sobre sus hombros y, aunque ya no era joven, sus rasgos seguían teniendo la belleza de la juventud. Yo no la conocí en vida, así que no había problema en tener un encuentro con ella. En esta época, ni siquiera conocía a Doc. Ella abrió la puerta del coche.

—Espera, voy a apartar el coche —me avisó. —Así lo buscaras mejor.

Cuando movió el coche volvió a bajarse y se puso a escrutar el suelo.

—¿No lo ves? —me preguntó.

Yo negué con la cabeza.

—¿Que hora es? —quise saber.

—Las nueve y diez.

—Vaya, tengo que irme — me disculpe. —Gracias por haber movido el coche. No se preocupe por el anillo. No era de los buenos — y dicho esto me volví dejándola sola.

Bien. Había logrado que se retrasara en su salida. Así, ella no estaría presente cuando aquel borracho se saltó el semáforo en rojo, lo que provocaría el accidente que acabaría con su vida. No lo había hecho como tenia pensado, pero serviría.

Volví al lugar donde había quedado con Doc a esperarle. Ojalá no se retrasara. La segunda parte de mi plan era, quizás, la más complicada, pero confiaba en que Doc fuera un hombre de palabra. Todo dependía de eso.

—Ya esta hecho —Doc apareció entre los árboles con un fajo de folios entre las manos. Cuando miro hacia su casa se percato de que el coche había desaparecido. —¿Se he ido? —me preguntó con tristeza.

—No te preocupes —le tranquilicé, —estará bien. Ahora espérame aquí —extendí mi mano para que me diera el diseño y él me lo dio. Les eche una rápida ojeada. Dibujos y palabras que a mi ni me sonaban. —Doc ¿eres un hombre de palabra?

—Sabes que sí ¿Porque lo dices?

—Curiosidad —contesté. —Son las nueve y media. A las diez estaré aquí y entonces nos iremos.

Sin prisas ya me dirigí a la universidad. La primera clase habría acabado y el Doc del pasado ya estaría en su despacho. Ande con cuidado por la universidad, ya que había muchos jóvenes y no quería encontrarme con nadie conocido. Debía intervenir lo menos posible en el pasado. Cuando llegue a la puerta me dispuse a llamar y entonces me asaltó la duda. ¿Funcionaría? ¿Que podría suceder si todo salía mal? Aún no podía creer que hubiera viajado al pasado para evitar que Doc cometiera una locura y al final acabara haciéndola yo. Aunque estaba convencido que funcionaría. Debía funcionar.

Golpee dos veces la puerta con los nudillos. Nada. Nadie abría. La habitación debía estar vacía. ¿Donde estaba Doc? De pronto, la puerta se abrió sola. Debía haber estado abierta todo el rato. Entré en la habitación deslumbrándome por la luz que de ella salía. Las persianas estaban subidas. El sol de la mañana se filtraba por las ventanas. Me acerque a la mesa y deposite sobre ella el montoncito de folios.

——¿Puedo ayudarte en algo? —dijo una voz detras de mi.

Doc estaba de pie en la puerta. Su cara era la misma que ocho años después con la excepción de que tenía menos arrugas y el cabello solo tenía algunas canas.

—A decir verdad, soy yo quien viene a ayudarte a ti —dije armándome de valor. Doc me miro con estupefacción. —Encima de la mesa te he dejado algunos folios que quizás te interesen.

—¿De que se trata? —preguntó él acercándose al escritorio.

—Antes de verlo debes prometerme algo —le advertí poniendo la palma de mi mano sobre los folios. —No se lo digas a nadie. El mundo depende de eso. Muchas cosas dependen de eso.

Doc me miró. Luego miró los folios y debió ver la preocupación en mis ojos y creerme, porque inmediatamente asintió con la cabeza. Yo aparte la mano del diseño y me gire.

—Ahora debo irme —le anuncié. Debía cortar cuanto antes esta conversación. No podía tentar a la suerte. —Recuerda: no se lo digas a nadie.

Y dicho esto me dirigí a la puerta. A mi espalda escuche como Doc cogía el fajo de folios y se sentaba en su sillón. Cuando llegué al parque Doc estaba sentado en un banco. Con las piernas estiradas, descansaba de lo que había sido un día muy duro. Cuando estuve frente a él se levantó, nervioso.

—¿Que has hecho? —me preguntó.

—No creo que sea buena idea que lo sepas —le contesté. —Ahora debemos irnos. Ya hemos hecho lo que teníamos que hacer —Doc asintió con la cabeza. Sus ojos estaban llorosos. Había vuelto a llorar. Ojala todo hubiera salido bien. Pero solo había una manera de averiguarlo. Conteniendo la respiración pulse el botón del reloj que llevaba en la muñeca. Mi cuerpo volvió a desintegrarse por cuarta vez y volví a aparecer en el despacho. Un instante después apareció Doc que cayó automáticamente al suelo presa de violentos temblores.

Asustado, le agarre para que no se golpeara. Algo había salido mal. Mi conversación con el Doc del pasado debía haber alterado algo. Mi profesor temblaba entre mis brazos mientras yo intentaba reanimarle. Y entonces, el temblor cesó. Doc se quedo inconsciente y yo lo cogí en brazos. Lo lleve hasta el sillón y lo senté. Sus ojos estaban cerrados y no se movía, pero respiraba. Estaba vivo. De pronto sus ojos se abrieron de par en par y me miraron sin expresión.

—Te recuerdo —dijo. Yo lo mire extrañado. —Entré en la habitación y tú estabas frente a la mesa. Y me diste unos folios.

Entonces comprendí. Al modificar el pasado, su cerebro había realizado algunos reajustes. Todos esos recuerdos que antes no tenía habían salido ahora a flote. Por eso me recordaba a mi cuando fui a su despacho ocho años atrás. Supuse que también recordaría ocho años con su mujer.

—Gracias a esos folios —continuó —pude construir la máquina.

Dirigí mi mirada hacia la esquina donde descansaba la máquina del tiempo... pero no estaba allí. Alarmado, observe mejor la habitación y me di cuenta que había cambiado. Todo estaba mucho más ordenado y, además, tenía una habitación de más.

Doc se levantó del sillón y se dirigió a la puerta que accedía a la habitación nueva. Yo le seguí. Cuando abrió la puerta me atacó un olor a humedad y a cerrado. La habitación estaba oscura y vacía. Sólo la máquina reposaba en el centro. Cubierta de polvo y telarañas parecía vieja. Debía llevar, al menos, ocho años allí encerrada.

—¿Que más recuerdas, Doc?

—Recuerdo a Marta. Recuerdo muchos momentos con Marta. Tengo ocho años de recuerdos con ella, David. Y también tengo otros recuerdos. Más confusos.

Me imagine que esos recuerdos confusos serían los ocho años sin Marta. Tal vez iría olvidándolos poco a poco.

—Recuerdo vagamente cuando te conocí –continuó, —también... — Un toque en la puerta lo interrumpió. Doc la abrió.

Allí, en el pasillo estaba Marta. Mayor, con más arrugas en la cara. Pero era Marta. Habíamos logrado salvarla. Doc se lanzó sobre ella y, literalmente, se la comió a besos.

—¡Ey! —exclamo ella —¿Que te pasa?

—Hace demasiado tiempo que no te veo —contestó él sin dejar de mirarla a los ojos. —Ven aquí. —Dijo al tiempo que la cogía de la mano y la guiaba al centro de la habitación. —Este es David, —me presentó —David, esta es Marta.

—Encantada —dijo mientras me daba la mano. Entonces me miró con atención, como si recordara algo —Me suenas. ¿Nos hemos visto antes?

Yo sonreí sabiendo por que lo decía. Ella y yo nos habíamos conocido hacia un rato ¿O fue hacia ocho años?

—Lo dudo mucho.

Doc había sacado algo de un cajón de su mesa y me lo tendió. Era un fajo de folios antiguos.

—Toma. ¿Me harías el favor de deshacerte de esto?

Yo le sonreí comprendiendo y acepte.

—Claro que si —dije al tiempo que ojeaba los folios. Eran los folios que yo le había dado ocho años antes. Pero había algo distinto. Allí, entre dos de las hojas había un cupón de lotería del día veintisiete de noviembre de 1998. Entonces comprendí como había conseguido Doc el dinero para construir la máquina. Cuando le pedí que escribiera el diseño viajo un día en el futuro, averiguo que numero saldría ganador y regreso al día veintiseis Una vez allí compró el cupón y lo depositó entre los folios. El Doc de ese tiempo lo encontraría cuando lo leyó. Más adelante construyó la máquina y, siendo fiel a su palabra, la escondió en la habitación nueva del despacho para no volver a usarla nunca más.

—Bueno, debería irme —anuncié. Quería dejar que Doc disfrutara de su mujer recién recuperada. Tenía los recuerdos, pero no los había vivido.

—Gracias, David —dijo Doc antes de que saliera de la habitación.

—No ha sido nada, amigo.

—Acabaré con ello pronto.

Yo asentí conforme con su decisión. Sabía que hablaba de destruir la máquina.

—Será lo mejor –contesté. —Que no se te eche el tiempo encima.

Cuando salí de la habitación, dejándolos solos por fin, me asaltó una duda. ¿Quien demonios había inventado la máquina del tiempo? El Doc de 1998 no había sido porque el diseño se lo di yo, pero el Doc actual no existía aún, así que él tampoco. Pensando en estas cosas deje atrás la facultad y me dispuse a pasar un día tranquilo. Sin clases, sin estudios, sin mujeres que resucitar...

Publicado en la web www.tierrasdeacero.com en formato Cuaderno Tierras de Acero

El orco mórfico

sábado 7 de febrero de 2009

La ciudad de Rawa hervía de actividad. Los soldados, componentes de uno de los ejércitos más poderosos de Loreana, corrían a toda velocidad para incorporarse a sus pelotones. Delfos observó desde la torre más alta del castillo el enorme ejército que se extendía a varios kilómetros de la ciudad amurallada. Hoy era el día. El día en el que Rawa debería luchar por la supervivencia.

Pero la verdad es que no tenía demasiadas esperanzas en la victoria. El ejército de orcos, los Dragones Rojos, era demasiado grande. Muriel, la Reina de la Oscuridad, no había reparado en hombres. Sólo les quedaba una oportunidad de sobrevivir. Y esa oportunidad estaba en aquellos momentos al sur de Loreana, posiblemente acercándose a la Torre de Zordrak donde la Reina de la Oscuridad esperaba su momento para salir al mundo. Era Dareth, el príncipe de Aredia, la oportunidad que esperaban. El debía salvarlos. Si fracasaba…

—¡Delfos! —una voz grave le sacó de sus pensamientos y el hombre bajó la cabeza para mirar a Gáleron, un enano de doscientos cincuenta años, de larga barba y cejas pobladas que miraba el mundo a través de unos grandes ojos azules—. ¡Maldita sea, Delfos! ¿Por qué no dejas de mirar y actúas de una maldita vez?

Delfos sonrió y se arrodilló para ponerse cara a cara con el enano. Lo consideraba un amigo… su mejor amigo. Habían luchado juntos durante un año, cuando acompañaban en parte de su largo camino al príncipe Dareth. Por desgracia, habían tenido que separarse y Gáleron y él habían ido a Rawa para realizar cierta tarea; mientras que Dareth y la elfa maga Kimara habían seguido su camino hacia la Torre de Zordrak.

—Lo siento, Gáleron —se disculpó posando una mano en el hombro del enano—. Estaba pensando.

—Pues deja de pensar que luego no rindes en batalla —gruño Gáleron. Luego giró la cabeza y miró a las largas y estrechas escaleras que bajaban hasta el suelo—. Nuestro amigo Jinzi ha encontrado algo. Cree saber dónde está.

—¿De verdad? —Delfos frunció el entrecejo y se giró—. Entonces será mejor que vayamos y acabemos con esto cuanto antes —añadió, mientras se dirigía rápidamente a las escaleras.

—¡Espera, humano desgraciado! —protestó Gáleron mientras intentaba ponerse a la altura de Delfos—. Yo no soy un patilargo como tú.

Poco rato después, caminaban entre la gente que corría a esconderse en sus casa para proteger a su familia de la inminente batalla. Delfos y Gáleron iban en sentido contrario y el hombre se sintió extraño al alejarse de una guerra, en vez de acercarse, como habría deseado hacer. Pero la misión que les había llevado allí era tan importante como luchar contra los Dragones Rojos. Debían encontrar a alguien que les ayudaría a derrotar a Muriel en caso de que ésta resucitara.

—Aquí está Jinzi —anunció Gáleron cuando llegaron frente a la puerta de una posada que estaba vacía, pues sus clientes habían corrido a refugiarse. Poco a poco, las calles de Rawa se iban vaciando cada vez más y Delfos tuvo la sensación de encontrarse en una ciudad fantasma.

—Hola, amigos —saludó una voz alegre. Delfos observó a su compañero. Era un elfo que, a pesar de ser cien años mayor que Delfos, no parecía tener más de veinte—. Orrocur está en la ciudad —anunció sin perder un instante su tono desenfadado.

—¿Cómo lo sabes? —inquirió Delfos.

—En las posadas se habla mucho, Delfos —explicó el elfo—. Está en aquél edificio.

Delfos siguió la dirección que indicaba el dedo extendido de Jinzi y lanzó un suspiro.

—¿En la Iglesia de Shera? —preguntó incrédulo—. Ahí solo hay novicias y Altas Adeptas. ¿Cómo puede un orco pasar desapercibido allí?

Abrió los ojos de par en par al encontrar él mismo la respuesta. Jinzi sonrió y asintió con la cabeza.

—Exacto, amigo —confirmó dando uno golpecitos amistoso en el hombro de Delfos—. Estamos hablando de un orco mórfico.

Gáleron refunfuñó y lanzó una maldición. No había esperado que Orrocur fuera un orco mórfico.

—¿Y cómo, en el nombre de los Dioses, vamos a encontrar a un orco mórfico en  un lugar lleno de personas? —preguntó, más para sí mismo que para los demás—. Seguro que se ha transformado en una hermosa novicia, por la cuál nuestro estúpido y enamoradizo amigo Jinzi, caerá terriblemente enamorado.

Delfos sonrió ante la ocurrencia del enano.

—No creo que suceda eso, Gáleron —luego miró al elfo y sonrió—. Por que Jinzi ya sabe quién es ¿verdad?

Jinzi hizo un movimiento con la cabeza dando a entender que agradecía el voto de confianza del humano y asintió.

—Hace una semana llegó a la Iglesia una Alta Adepta de las lejanas tierras de Maia —explicó—. Solicitó tener una habitación para ella sola y un sótano en el que pudiera guardar algo que había traído. Lo interesante es que, desde que llegó esa mujer, se escuchan extraños ruidos en su sótano… como si hubiera alguien allí.

—Yamira —susurró Delfos al recordar a la hermosa mujer que habían ido a rescatar. No lo hacía solo por que el príncipe Dareth se lo hubiera pedido, porque la mujer fuera importante o porque ella era la única que podría destruir a Muriel si conseguía recuperar su poder. También lo hacía porque la amaba. Y no deseaba perderla.

Sintió el apretón alentador de Gáleron en la mano y movió la cabeza intentando recuperar la compostura.

—Está bien —dijo al fin—. Vayamos allí y encontrémosla de una vez.

 

Cuando llegaron a la Iglesia de Shera atravesaron lentamente los hermosos patios adornados por grandes y bonitas fuentes que expulsaban agua graciosamente. A pesar de la belleza del lugar, Delfos lo veía como un infierno. El orco al que iban a enfrentarse no era un orco normal. Era un mago mucho más poderoso que muchos humanos y, por si eso fuera poco, podía transformarse en otras personas. No, decididamente, aquél lugar no era el paraíso exactamente.

Subieron unas escaleras brillantes y pulidas y el humano golpeó la puerta de madera con los nudillos. No esperaba que le abrieran inmediatamente, pues aquél no era un día normal. La ciudad estaba a punto de ser invadida y todas las novicias y adeptas estarían escondidas. Para su sorpresa a los pocos momentos de llamar comenzó a escucharse el sonido de los cerrojos y cadenas y, finalmente, se abrió la puerta.

Una mujer mayor asomó una cabeza blanca y cubierta por un mantón azul de Adepta y, al ver a los tres amigos armados y vestidos para la batalla preguntó:

—¿Qué hacen aquí? La batalla está fuera de la ciudad.

Delfos sonrió y dio un paso al frente.

—No somos soldados, señora —le dijo—. Venimos buscando a… —y entonces se detuvo al recordar que no sabía el nombre de la Alta Adepta que buscaban. Se volvió y movió la mano para pedirle a Jinzi que le ayudara.

—Adelaine —reaccionó el elfo—. La Alta Adepta Adelaine. Tenemos un mensaje muy importante para ella.

La mujer les miró un momento sin fiarse del todo, pero finalmente abrió la puerta de par en par y los dejó pasar.

—Debe ser muy importante ese mensaje para venir aquí en mitad de una batalla —refunfuñó—. No podían esperar a que pasara la tempestad —siguió protestando mientras los guiaba a través de los largos pasillos—. Nooo. Tenían que venir aquí a molestar.

—Como no se calle le corto la cabeza a la vieja —gruñó Gáleron en voz baja.

Delfos sonrió al comprender que, realmente, esa mujer y el enano harían muy buenas migas.

—Aquí está la habitación de la Alta Adepta Adelaine —anuncio la Adepta de mala gana—. Espero que no molesten más.

Y se marchó refunfuñando palabras ininteligibles hasta que se perdió en el pasillo.

—¿Llamamos? —preguntó Jinzi examinando la puerta de madera con detenimiento.

—¡Maldito elfo cobarde! —explotó de pronto Gáleron—. Llamar a la puerta de un orco que ha secuestrado a la princesa de Aredia… ¡Habrase visto ocurrencia más tonta! ¡Esto se hace así!

Y con la rapidez de un rayo, desenvaino su hacha y la descargó violentamente contra la puerta, que se quebró lanzando trozos de madera por todas partes, sin que Delfos ni Jimzi pudieran hacer nada.

La puerta cayó de sus goznes y la habitación quedó a la vista de los tres. El primero en entrar con decisión fue Delfos. Después le siguieron sus dos amigos. La habitación estaba pulcramente ordenada y la poca luz que entraba por la ventana cubierta por unas gruesas cortinas, daba a la estancia un aspecto un tanto siniestro.

Pero lo que más les sorprendió fue la mujer semidesnuda que estaba apoyada en la pared. El miedo se reflejaba en un rostro moreno enmarcado por una ondulante cabellera rubia. Sus ojos, verdes como el follaje de un hermoso bosque, miraban de uno a uno a los compañeros.

—Por los Dioses —Jimzi no podía apartar la mirada de la hermosa mujer—. Es preciosa.

—Te lo dije —susurró Gáleron a Delfos.

—¿Quiénes sois? —preguntó la Alta Adepta con voz dulce—. ¿Qué queréis de mí?

Delfos se recompuso haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad para dejar de mirar a la mujer como un ser humano normal.

—Déjate de truquitos, Orrocur —le dijo con firmeza—. ¿Dónde está Yamira?

—¿Yamira? ¿Quién es?

—¡Maldición! —explotó de repente el humano. Llevaba demasiado tiempo buscando a la princesa y se había hartado de aquella estúpida persecución—. ¡¿Dónde está?!

Y entonces se abalanzó sobre la mujer y la empujó contra el suelo, al mismo tiempo que desenvainaba su espada y posaba la punta de la hoja sobre el suave cuello de la Alta Adepta.

—Te he dicho que me digas donde está Yamira —le ordenó el hombre fulminándola con los ojos.

Y entonces, la Alta Adepta comenzó a llorar. Delfos se vio, de repente, observando el maravilloso rostro de la mujer, con las lagrimas surcando unas suaves y morenas mejillas y se dijo a sí mismo que aquella preciosa criatura no podía ser un orco. No era posible. Sus lágrimas eran reales. Las palabras que pronunciaba, a duras penas, presa del terror eran sinceras.

En aquél momento deseó abrazar aquél tibio cuerpo y limpiar sus lágrimas con los dedos. Aflojó lentamente su presa, deseando no  haberla empujado nunca.

—Yo no se nada —susurró la mujer acercando sensualmente sus carnosos labios a los de él—. No se quién es Yamira… ni Orrocur.

Sus labios se acercaron más y más y Delfos no pudo evitar la tentación de besarlos, de beber de su esencia. Se inclinó, vencido por el deseo.

Y de pronto, algo le empujó hacia atrás y le estrelló contra la pared.

—¡Maldita sea, Delfos! —escuchó que gritaba Gáleron—. Al final vas a ser tú más estúpido que Jimzi.

Delfos vio desde el suelo como Gáleron se abalanzaba sobre la mujer con el hacha en alto, dispuesto a matarla. El hombre se levantó para detener a su amigo con la firme convicción de que la Alta Adepta era inocente. Pero se detuvo de golpe al ver como la muchacha se levantaba con velocidad, esquivando el hacha del enano, que se clavó violentamente en el suelo esparciendo piedra a su alrededor. Del rostro de la mujer desapareció todo vestigio de dulzura y Delfos supo que se había equivocado, que había caído en las redes y en las sucias artimañas de un orco mórfico.

Mientras tanto, Jimzi juntó las manos frente a su pecho y comenzó a pronunciar palabras en el idioma arcano. La mujer reaccionó al escuchar esas palabras y emitió un agudo y aterrador grito. Delfos tuvo que taparse los oídos para aguantar semejante sonido. Era el sonido de la locura. Las palabras de Jimzi estaban produciendo el efecto deseado. La Alta Adepta comenzó a temblar violentamente y su cuerpo fue cambiando.

El hermoso rostro moreno y el suave y ondulado cabello rubio fueron sustituidos por una horripilante cabeza calva de la textura de las serpientes. Los profundos ojos verdes se tornaron del color de la sangre; y el esbelto cuerpo se convirtió en la horrorosa silueta de un orco vestido con una túnica negra como la noche.

Jimzi había logrado anular el hechizo de transformación y, con ello, evitar que ninguno de los tres volviera a caer en sus juegos de falsa seducción. Entonces Orrocur, con su imagen real, desenvainó una espada larga y negra y habló.

—Nunca encontrareis a la princesa —en sus voz ya no había el más leve atisbo de dulzura. Más bien sonaba como el sonido de la propia muerte—. Estáis locos si pensáis que podéis derrotarme, humanos desgraciados.

—¡No me llames humano! —explotó Gáleron de repente alzando su hacha—. ¡Sucia babosa salida de los infiernos!

Pero el hacha nunca llegó a su destino. Gáleron salió despedido, sin esperarlo, hacia el fondo de la habitación y se estrelló contra un mueble de madera, destrozándolo completamente. Orrocur no había hecho ningún movimiento. Había lanzado al enano por los aires solo con desearlo. Delfos no sabía como podría derrotarle… pero debía hacerlo. Yamira debía estar en algún lugar encerrada y sufriendo. No podía dejar que siguiera así.

Orrocur alzó la mirada y clavó sus ojos rojos en ellos.

—Ahora moriréis —dijo. Y empezó a caminar hacia ellos, lenta pero inexorablemente.

Entonces Delfos sintió  una presión en su brazo. Jimzi estaba a su lado con la mirada fija en el orco mórfico que se acercaba dispuesto a matarle.

—Mira en su cuello, Delfos —dijo el elfo sin desviar la cabeza.

El hombre obedeció y vio que el orco tenía algo colgado de su cuello, a modo de collar. Era una especia de cajita de forma cilíndrica adornada con bonitos motivos de colores.

—¿Qué es? —preguntó levantando el arma y poniéndose en posición de combate.

—Una Lámpara de Jade —explicó el elfo—. Se usa para encerrar a personas o cosas allí.

Delfos frunció el entrecejo y desvió la mirada del orco para fijarla en su amigo.

—¿Yamira?                

Jimzi asintió con la cabeza.

—Es posible.

—Hay que acabar con él —dijo Delfos volviendo a enfrentarse a Orrocur—. Y hay que hacerlo ya.

Y entonces, comenzó la batalla. Al mismo tiempo que, en el exterior de la ciudad, la muralla de Rawa era bombardeada por enormes rocas provenientes de catapultas; al mismo tiempo que los soldados de la ciudad se enfrentaban a sus propios orcos y horrores, Delfos se abalanzó sobre Orrocur, dispuesto a acabar con su vida.

El orco detuvo el primer golpe con facilidad y contraatacó. El humano pudo saltar a un lado y dar una vuelta sobre sí mismo, para encontrar un ángulo y volver a lanzar su espada. Pero era inútil, el orco se movía con gran rapidez y, las pocas veces que Delfos lograba encontrar un hueco libre para clavar su acero, Orrocur se defendía por medio de magia, haciendo que la espada de Delfos tropezara con una barrera de aire.

Mientras tanto, Jimzi y Gáleron, que había vuelto a ponerse en pie, atacaron a la criatura por detrás. Por desgracia, Orrocur se había dado cuenta y la barrera de aire volvió a aparecer, haciendo inútiles los esfuerzos de los amigos. Y entonces, de un rápido movimiento, Orrocur se giró con la espada en alto y alcanzó a Jimzy que cayó violentamente al suelo con una herida en el hombro de la que surgían gruesos chorros de sangre. Gáleron volvió a salir despedido contra la pared y se quedó inmóvil en el suelo.

—¡No! —gritó Delfos desesperado. Lo que temía estaba a punto de suceder y no podía hacer nada por evitarlo. Orrocur era demasiado fuerte, demasiado poderoso.

El orco mórfico se acercó entonces a él. Delfos se dispuso a esperar el ataque que le daría muerte, pues ya había perdido toda esperanza de rescatar a Yamira. Orrocur lanzó un hechizo que hizo que Delfos volara hasta estrellarse contra una pared. Su espada se escapó de sus manos y cayó en el suelo con un sonido metálico, lejos de él. El orco avanzó hasta él y sonrió.

—Habéis sido muy obstinados —susurró mostrando sus horrorosos dientes—. Eso es lo que os ha matado.

Entonces sucedió lo impensable. Un sonido aterrador surgió desde fuera y, justo cuando Orrocur alzó el brazo para dar el golpe de gracia que mataría a Delfos, el orco se echó hacia atrás lanzando un grito de dolor. Delfos también retrocedió, arrastrándose penosamente sobre el sucio suelo, sobresaltado por el súbito alarido de Orrocur.

Con los ojos muy abiertos observó como el orco empezaba a emitir una brillante luz blanca. Su cuerpo pareció resquebrajarse mientras moría lentamente. Finalmente, explotó en un millón de haces de luz en medio de un desgarrador y agudo grito.

—Ha sido Dareth —susurró la quejumbrosa voz de Jimzy junto al humano. Se había levantado y, agarrándose el dolorido y sangrante hombro, se agachó junto a Delfos—. Ha matado a Muriel ¡Lo ha logrado!

Delfos comprendió entonces y sin esperar siquiera a que Jimzi lo acompañara se levantó, corrió hasta la ventana y, de un rápido movimiento, abrió las cortinas. La luz del sol penetró en la habitación como si anunciara un nuevo día, una nueva era en la larga historia de Loreana. Delfos sintió a Jimzi pararse junto a él.

Los dos, elfo y humano, observaron con los ojos muy abiertos la escena que se desarrollaba en el exterior. A lo lejos, en la inmensa llanura que se extendía frente a Rawa, los cientos o miles de orcos que atacaban la ciudad y, cuyas catapultas ya habían destrozado parte de la muralla que rodeaba a urbe, se retorcían, presos del dolor que les provocaba la explosión de luz que surgió de su interior. Poco a poco, todos los enemigos de Loreana, fueron desapareciendo en la súbita descarga.

            Tras ellos, una pequeña figura se acercó cojeando.

—Estoy bien ¿eh? —se quejó Gáleron mientras se frotaba el costado, dolorido tras el golpe que había recibido—. No os preocupéis, sobreviviré. ¡Malditos y estúpidos hijos del infierno!

La voz del enano sacó de su ensimismamiento a Delfos que se giró rápidamente y buscó con la mirada la Lámpara de Jade que Orrocur había tenido momentos antes colgada del cuello. En el interior de aquél pequeño recipiente se encontraba Yamira. La princesa de Aredia, la hermana del hombre que había salvado Loreana de las garras de La Reina de la Oscuridad; pero sobre todo era la mujer a la que él amaba. Con manos temblorosas agarró la Lámpara, que había encontrado bajo la túnica, ahora inútil, del orco mórfico. Entonces la abrió.

Del interior surgió una nube de humo blanco que fue a posarse inmediatamente en el suelo y se transformó en una mujer rubia de aspecto frágil. Estaba vestida con la misma ropa que cuando fue secuestrada, cuando se la quitaron a él mismo de sus propias manos, sin que pudiera hacer nada. Delfos corrió hacia ella y la levantó en brazos. Respiraba. Observó su hermoso rostro blanco como el marfil y sus profundos ojos azules, y dio gracias por volver a tenerla junto a él.

A su lado, Jimzi y Gáleron sonreían. Ese era un gesto poco acostumbrado en el enano, pero la situación lo merecía. Dareth y Kimara habían derrotado a Muriel; la ciudad se encontraba a salvo y habían rescatado a la princesa de Aredia ¿Qué más podían pedir?

 

Publicado en el número 75 de Aurora Bitzine (octubre de 2008)

Ojos de sangre

Shenris oteó el firmamento. El ejercitó de Rawa estaba tomando posiciones frente a la ciudad. La humana la observó. Era una ciudad muy bonita con altas y esbeltas torres blancas. Una suave brisa alborotó su larga cabellera blanca. Con una sonrisa acarició la empuñadura de su espada.

Shenris era la capitana de un ejército de orcos elegida directamente por Muriel, la Reina de la Oscuridad, que esperaba en la Torre de Zordrak, al sur, su resurgir. Había sido asignada como jefa del ejército destinado al norte de Loreana, los Dragones Rojos.
            Frunció el entrecejo cuando pasó una catapulta, empujada por varios orcos, junto a ella. Les había dejado bien claro que no quería destrucción en la ciudad, era demasiado bonita. Y mucho menos deseaba la muerte de civiles. Solo eran personas inocentes inmersas en una guerra en la que no tenían nada que ver.
            —¡Soldados! —llamó con voz autoritaria. Los orcos se detuvieron y se volvieron a ella—. Les dije que no quería catapultas. Lucharemos solo con nuestras armas. No queremos más muertes de las necesarias. Solo conquistar Rawa.
            —Lo sabemos, señora —contestó uno de los orcos—, pero el general Tamil nos ha ordenado que pongamos las catapultas en primera línea.

 Shenris chasqueó la lengua. Tamil. Siempre estaba llevándole la contraria. No confiaba en él.

 —Olvidad su orden —ordenó—. Llevad las catapultas atrás. Y vigilad que nadie las use.

Acto seguido comenzó a andar. Atravesó el campamento entre los orcos que se movían de un lado a otro, preparándose para la batalla, hasta llegar a la tienda de Tamil. Lo encontró colocándose la armadura con ayuda de unos soldados humanos. Cuando Shenris entró, el hombre alzó la mirada y la miró fijamente. Siempre la habían impresionado sus ojos. Eran de color rojo como la sangre. La misma sangre que  teñía el acero de su espada. Siempre había sido un hombre violento. Su ambición y crueldad no  conocía límites.  Por eso la Reina de la Oscuridad lo había relegado al puesto de general. Ella no quería destruir Loreana, solo conquistarla. No le convenía que un hombre como Tamil mandara sus ejércitos. Por eso Shenris no confiaba en él.

 —Hola, capitana —saludó él con un deje de ironía en la voz.

 En lugar de contestar, ella ordenó a los soldados que los dejaran solos. Después se acercó al hombre hasta encararse con él.

 —¿Por qué demonios has ordenado que pongan las catapultas en primera línea? —preguntó mirándole fijamente a los ojos. Esos ojos que tanto la intimidaban.

 El dio un paso atrás, despreocupado.

—Pensé que nos ayudarían a ganar la batalla.

 —Las catapultas —replicó ella— producen muertes innecesarias y nuestra Reina no desea eso.

 —¡Intentamos conquistar Loreana, Shenris!

—¡Conquistar! —ella dio un paso al frente—. No destruir.

 —Te estás equivocando, y lo sabes.

 —Me equivoque o no, yo soy la capitana de los Dragones Rojos. No vuelvas a llevarme la contraria.

—¿Y qué harás si la Reina falta? No olvides que el príncipe de Aredia ha ido a la Torre de Zordrack con la misión de destruirla ¿Qué harás si lo consigue? ¿Seguirás obedeciendo sus órdenes?

—Si ella falta —Shenris habló en un susurro— ya nada importará. Nuestros orcos desaparecerán y no podremos hacer nada. Así que, como capitana, te ordeno que cumplas mis órdenes ¡o atente a las consecuencias!

 Con un ligero movimiento se giró y salió de la habitación. Pero antes de salir pudo escuchar que Tamil susurraba:

 —Los orcos no desean esto.

 Esas palabras preocuparon a Shenris. Era cierto que los orcos eran criaturas violentas, pero acataban las órdenes de su Reina. Aunque la capitana no pudo evitar preguntarse si sus ansias de violencia no serían más fuertes que su lealtad.

 Mientras caminaba entre las hordas de orcos se dio cuenta de que la batalla estaba a punto de comenzar. Ando con paso ligero hasta su puesto, en primera línea, como correspondía a la capitana de un ejército.

 Los orcos rugían y gritaban con su gutural acento, ansiosos de entrar en batalla, cuando ella llegó. El ejército de Rawa había terminado de posicionarse frente a la ciudad. Shenris sonrió comprendiendo. Ella también defendería hasta la muerte una ciudad como Rawa. Por desgracia, muchos de aquellos valientes soldados morirían en aquella batalla.

 Observó su propio ejército. Había llegado el momento. Desenvainó su espada con un sonido metálico y la sostuvo en alto. De pronto, el rugido  de los orcos cesó y todos guardaron silencio. Sólo dos palabras desataron la vorágine de la batalla. Sólo dos palabras fueron las causantes de lo que iba a suceder a continuación.

 —¡Al ataque! —gritó Shenris con todo el poder de su garganta.

 Entonces, todos los orcos atravesaron a gran velocidad la llanura con sus armas en alto, dispuestos a conquistar Rawa. Shenris observó la gran mole de orcos estrellarse contra el ejercito humano y sin pensarlo se unió a ellos.

 Cuando llegó al centro de la batalla, un soldado de Rawa la atacó. La mujer esquivó la espada y hundió la suya en el estomago de su atacante con un limpio movimiento. A este le siguió otro. Y luego otro más.

 Y entonces, cuando el fragor de la batalla la había poseído por completo, todo cambió. Empezó a observar algo extraño en la actitud de su ejército. Estaban avanzando. Hacia la ciudad.

 Maldijo por lo bajo. Había ordenado que no entraran en la ciudad. Solo debían acabar con el ejército.

 —¿Qué hacéis? —preguntó gritando—. ¡Volved atrás!

 Pero los orcos la ignoraron. Y, de repente, una roca cayó del cielo. Se estrello justo encima de varios soldados humanos matándolos al instante. Cuando se giró para ver qué había pasado lo vio todo claro.

 Varias catapultas se habían adelantado y estaban lanzando sus letales proyectiles. Junto a ellas estaba Tamil, con su reluciente armadura y sus ojos de sangre observándolo todo, con una siniestra sonrisa en los labios.

 Shenris gritó, ordenando a los orcos que detuvieran la marcha, pero no solo la ignoraron, sino que dos orcos se abalanzaron sobre ella, dispuestos a matarla. Acabó con los dos de un solo movimiento.

 Entendió entonces lo que había sucedido. Tamil había embaucado a los orcos para que cumplieran sus órdenes y no las de Shenris.

 Corrió a través de los orcos que asesinaban con violencia a los soldados humanos. Varios de ellos la atacaron por el camino, pero se deshizo de ellos sin problemas. Aquello no podía seguir así. La Reina de la Oscuridad había ordenado que no se hicieran derramamientos de sangre innecesarios.

 Llegó frente a Tamil. El general la esperaba ya con su espada desenvainada y esos ojos rojos fijos en ella.

 —¿Qué has hecho, Tamil? —le espetó Shenris.

 Tamil lanzó una siniestra sonrisa.

 —No te imaginas —dijo— lo fácil que ha sido convencer a tu ejército de que te traicionase. Sólo he tenido que prometerles sangre.

 La Reina te castigará por esto y…

 —¡No! —la interrumpió él mientras daba un paso al frente, acercándose un poco más a ella—. Me recompensará. Le serviré la ciudad de Rawa a sus pies. Algo que tú no podrías hacer con tus métodos.

 La batalla seguía su curso alrededor de ellos. Daba la sensación de que los demás soldados, tanto humanos como orcos, se habían olvidado de ellos.

 —Mis métodos son las ordenes de Muriel —replicó ella, haciéndose oír sobre el fragor de la batalla.

 Tamil alzó la espada apuntando con ella a la mujer.

 —¿Y cómo se yo que son realmente sus ordenes? —preguntó—. ¿Cómo se que no me has engañado?

 Shenris no podía creer lo que oía.

 —Te has vuelto loco, Tamil —gritó—. Tu codicia y tu maldad te han hecho perder la cabeza.

 Y tras decir esto, Shenris atacó. Las espadas entrechocaron  una y otra vez mientras se atacaban y defendían con gráciles movimientos. Shenris tenía claro que debía acabar con la vida de ese miserable. De todas formas, si no lo hacía ella, lo haría Muriel.

Esquivó la espada de Tamil con un salto y contraatacó. El acero penetró en el hombro del general. Pero casi al mismo tiempo, Tamil lanzó un tajo a su pierna. Los dos retrocedieron unos pasos, observándose mutuamente. Giraron en círculos midiendo sus movimientos.

Shenris observó que el ejército de orcos había llegado ya a las puertas de Rawa. Una roca se estrelló sobre la imponente muralla derrumbándola parcialmente. Dentro de poco entrarían y empezarían a morir inocentes.

 Con un rápido movimiento volvió a atacar. Tamil detuvo la estocada con su espada y contraatacó. Shenris esquivó el acero.

 Y entonces sucedió. La mujer notó que el cielo se ennegrecía con rapidez, cubierto por oscuras nubes. Comenzó a soplar un fuerte viento que alborotó su melena blanca. Y se dio cuenta de que los orcos que atacaban la ciudad comenzaban a emitir un leve fulgor blanquecino.

 Los dos detuvieron sus ataques extrañados, observando como los orcos que había a su alrededor empezaban a desaparecer en explosiones de luz.

 —Muriel ha sido derrotada —dijo Tamil mirándola con sus ojos de sangre—. ¿Qué harás ahora?

 Un fuerte vendaval azotaba ya sus cuerpos. Los orcos explotaban por doquier.

—El príncipe de Aredia ha conseguido su objetivo —susurró el general.

 Y, entonces, sin previo aviso, la atacó. Shenris no tuvo tiempo de defenderse cuando el acero se clavó en su carne. Por suerte, había podido moverse lo suficiente para que la espada  entrara en su brazo. Con un rápido movimiento, y con la espada de Tamil aún clavada en su piel hundió su propia arma en el estomago del hombre. Vio como esos ojos rojos que tanto la impresionaban perdían su brillo asesino. Y entonces, Tamil murió.

 Shenris cayó al suelo agotada. Los orcos habían desaparecido ya y el viento había remitido. Solo escuchaba los gritos de júbilo que emitía los soldados de Rawa, celebrando la victoria de Dareth, el príncipe de Aredia.

 Derrotada y dolorida, Shenris se puso en pie a duras penas. Se alejó de la ciudad, apretándose con fuerza el brazo herido, para esconderse en las montañas. Desde allí observo Rawa. Había estado a punto de conquistarla pero su reina había sido derrotada. Y ahora, a ella, ya no le quedaba nada.


Publicado en el número 68 de Aurora Bitzine (marzo de 2008)